Tito Maccio Plauto

Nació en Umbría, en Sarsinia, no después del año 251 a. de C. y murió en 184. Las noticias sobre su vida son pocas y todas inciertas: después de haber trabajado, no se sabe bien en calidad de qué en el ambiente teatral, logró ahorrar una pequeña cantidad de dinero que empleó en algunas aventuras comerciales. Fracasó la tentativa y Plauto, reducido a la pobreza, hubo de emplearse como mozo en casa de un molinero; en este tiempo habría escrito las tres primeras comedias (Saturio, Addictus y una tercera cuyo título no se ha conservado), que fueron acogidas favorablemente. De las veintiuna comedias que han llegado hasta nosotros pueden fecharse con seguridad Stichus (v.), representada en 200 y Pséudolo (v.), llevada a la escena en 191, y con aproximación Miles gloriosus (v.), que alude al encarcelamiento de Ne- vio (v.) y habría sido representada, por lo tanto, después de 206. Autor muy popular, tuvo gran número de imitadores y se hi­cieron pasar por suyas comedias bastardas.

Varrón, crítico del siglo I a. de C., esco­ge veintiuna comedias indiscutiblemente auténticas de las 130 que le son atribuidas, y que son precisamente las que han llegado hasta nosotros. A diferencia de sus versá­tiles contemporáneos Ennio y Nevio, Plauto re­dujo su actividad a un solo campo, el de la comedia, y se limitó, aparentemente, a traducir la obra de la llamada «comedia nueva» griega: de Menandro derivan Cistellaria (v.), Stichus y Báquides (v.); de Filemón, Trinummo (v.) y El mercader (v.); de Difilo, Casina (v.) y Rudens (v.); de Demófilo, Asinaria (v.). No nos ha que­dado ninguno de los modelos, pero aunque no supiéramos, por las fuentes antiguas, la libertad que Plauto se tomaba al adaptar los dramas al gusto romano, bastaría la lectura de las comedias para tener una idea de su ingenio y de su cultura, que desvanece toda duda sobre su originalidad. La excelencia de la obra de Plauto reside en el lenguaje, pre­cisamente el único elemento en que no podía tener lugar la imitación; Plauto explota mejor que nadie todos los recursos del latín; su lengua es pura y rica, viva y popular, pero estilizada; y con ella logra a menudo expresar sin vulgaridad las ideas de la gente vulgar. «Las Musas hubieran usado de la lengua de Plauto — escribió un gramático — si hubieran tenido que hablar en latín.»

Es también muy notable el sentido artístico que revela Plauto en los metros y en el estilo de las canciones que alternan con las partes dialogadas. Nuestro autor nos ha legado la imagen inmarcesible de un mun­do en el que triunfa el despreocupado ci­nismo de los astutos y los bribones, sobre todo de los esclavos. Las situaciones, las tramas y los caracteres de Plauto agradaron sin embargo en todo tiempo, y reaparecen en Boccaccio como en Ariosto y en Aretino, en Shakespeare como en Molière.

F. Codino