Tirteo

Floreció durante la segunda mi­tad del siglo VII a. de C., en la época de la segunda guerra mesénica. Aun cuando pro­bablemente era de Mileto, vivió en Esparta, y aparece espartano en su poesía, por cuanto denomina a aquella población su ciudad, y al monarca de la misma «nuestro rey». La leyenda ática pretendió hacerle ateniense: así le consideró Platón. Mucho más tarde, el relato legendario a él referente fue em­bellecido con detalles novelescos: los espar­tanos, en desacuerdo e incapaces de vencer a Mesenia, pidieron, aconsejados por el oráculo de Delfos, un general a los atenien­ses, quienes, por ironía, les enviaron un maestro de escuela cojo, llamado Tirteo; éste, empero, restableció la concordia en Esparta y obtuvo la victoria para las hues­tes de la misma con sus cantos de guerra.

Los antiguos habían dividido la poesía de nuestro autor en cinco libros, integrados por Elegías (v.) y asimismo, posiblemente, por cantos en ritmo anapéstico. Una extensa composición elegiaca, titulada El buen go­bierno — título quizá posterior al poeta — ensalza la nueva constitución introducida en Esparta luego de la segunda guerra mesénica, la «constitución de Licurgo», Las restantes elegías aparecen mencionadas bajo el título, seguramente posterior a Licurgo, de Exhortaciones: se trata generalmente, en efecto, de arengas bélicas. En tales com­posiciones es recordado a veces el pasado heroico de Esparta; cierto fragmento evoca la primera guerra mesénica, que duró vein­te años, y la esclavitud de los habitantes de Mesenia. En cuanto a las verdaderas «ex­hortaciones», han llegado hasta nosotros tres elegías enteras o casi.

La más famosa de ellas es la primera; empieza con los versos «Bello es morir cayendo en primera fila para el hombre valeroso que lucha por su patria», y representa animadamente el con­traste entre el vencido, obligado a andar cual vagabundo y mendigo con toda su familia, y el valiente hoplita, que, firme sobre sus piernas, permanece clavado al suelo y se muerde los labios. Mayor mérito poético presenta la tercera elegía, que ante­pone el valor guerrero a todas las otras cualidades humanas: habilidad en las com­peticiones, vigor, belleza, riqueza, poder, elocuencia. Tales composiciones elegiacas eran recitadas en los banquetes con acom­pañamiento de flauta. Sin embargo, un frag­mento descubierto recientemente en un papiro de Berlín induce a creer que por lo menos algunas de ellas fueron escritas ante la inminencia de una batalla; en realidad, los cantos en anapestos eran denomi­nados «cantos de asalto».

Casi nada conser­vamos de ellos; hasta nosotros ha llegado un brevísimo pasaje cuya atribución a Tirteo no es nada segura. Fue este autor el poeta del valor guerrero. Se trata de un homérida: como Calinos, toma de Homero vocablos, frases y hemistiquios; a veces, incluso el motivo esencial de su poesía, la exhortación a la lucha, encuentra sus orígenes en las arengas de tantos héroes de la Riada. No obstante, el valor guerrero de los persona­jes de Tirteo resulta distinto del de los homé­ricos: es no ya el de carácter individual, sino el propio de toda una ciudad, que impone al ciudadano el deber de la obe­diencia y el sacrificio para el bien de la patria. Nuestro poeta habla en nombre no de un individuo sino de un pueblo: es la misma voz de la patria. Por esta razón sus versos alcanzaron una gran fortuna en el mundo griego, y fueron aprendidos de memoria en Esparta y en la ciudad rival de ésta; en la Atenas de los siglos V y VI se recitaban solemnemente en los banquetes, junto a las poesías de Solón.

Todavía hoy, los poemas de Tirteo son, por su elevado valor moral y patriótico — no por el poético —, patrimonio de la humanidad; con justicia llamaba Goethe «poesía tirtaica» a la que suscita en el espíritu humano sentimientos magnánimos de virtud y fortaleza.

G. Perrotta