Tirso de Molina

Seudónimo del dra­maturgo español fray Gabriel Téllez. Nació en Madrid en 1571 y murió en Soria el 12 de marzo de 1648. Estudió en la Universidad de Alcalá y en 1600, preocupado por las cuestiones re­ligiosas, lo encontramos como novicio en el convento de la orden de la Merced de Guadalajara, donde en enero del año siguiente profesaría sus votos solemnes. Muy pocos son los datos que nos han llegado acerca de la vida de Tirso, y no todos ellos dignos de crédito. Según una teoría que doña Blanca de los Ríos ha querido defender con nu­merosas pruebas, aunque ninguna de ellas definitiva, Tirso era hijo natural del duque de Osuna, lo cual justificaría la acritud con que en numerosos pasajes de su producción recrimina la liviana conducta de las gentes de la alta sociedad de su tiempo.

Aparte esta suposición, poco más sabemos de su familia, salvo una curiosa referencia que hace en Los cigarrales de Toledo a una her­mana suya residente en Madrid «harto pa­recida a él en ingenio y desdichas». Vivió en varios conventos de su Orden hasta 1616, año en que se encuentra en Sevilla donde embarca para la isla de Santo Domingo, en la que explicará tres cursos de Teología. Es su único viaje más allá del Océano, uno de los hechos más importantes y menos conocidos de su vida, que le brinda la oca­sión de entrar en contacto con gentes y cos­tumbres diversas, imbuyéndole el sentido del conocimiento social y geográfico y ha­ciéndole afirmar que «no merece el nom­bre de hombre quien permanece encerrado en su país e ignora a las demás gentes».

En 1618, de regreso del Nuevo Mundo, fija su residencia en Madrid, con frecuentes viajes a Toledo y’ a otras ciudades por asuntos de la Orden. De algunos pasajes de sus obras (La villana de la Sagra, MariHernández la gallega, El amor médico y otras) se desprende que Tirso visitó con asi­duidad Galicia y Portugal, incorporando al riquísimo caudal de su poesía algunos ele­mentos del tradicional lirismo gallego. En la capital frecuenta la Academia poética fundada por Juan Francisco de Medrano; en ella traba conocimiento personal con Lope de Vega e interviene en polémicas literarias como la del «culteranismo», que apasiona por entonces al mundillo de las letras, tomando partido contra la postura de los gongoristas.

En 1620 Lope dedica a Tirso su comedia Lo fingido verdadero, y el mismo año, Tirso responderá con calor y efu­sión a los elogios recibidos en La villana de Vallecas. En 1622, con motivo de las fiestas de la canonización de San Isidro, se convoca en Madrid un certamen literario al que concurre Tirso con unas octavas y unas décimas: no obtiene ningún premio y en adelante se abstendrá de presentarse a con­curso alguno. En 1625, en el momento más destacado de su carrera teatral, es severa­mente amonestado por el Consejo de Cas­tilla, quien encontraba poco decoroso del hábito mercedario su fecunda dedicación a la escena, acogiendo de este modo y favo­reciendo las denuncias-vengativas de algunos literatos, resentidos por la aspereza y violencia con que Tirso enjuiciaba el arte cul­terano y barroco; ello, no obstante, no le impedirá alcanzar las posiciones más ele­vadas dentro de su Orden, siendo desig­nado en 1626 comendador de Trujillo, encargado de la administración de la Casa de Barcelona entre 1632 y 1639 y nombrado cronista general de la Merced por un breve pontificio de Urbano VIII de 13 de enero de 1635, ocupación en la que sucede a fray Alonso Remón, muerto poco antes, y alcan­zando casi simultáneamente la dignidad de definidor general de la provincia de Cas­tilla.

En 1640, entregado de lleno a los es­tudios de tipo histórico como requería su condición de cronista, publica una Genea­logía de la Casa de Sástago. El 29 de sep­tiembre de 1645 es nombrado comendador del convento de Soria, y allí residirá hasta el fin de sus días ocupado en la composi­ción de su Historia de la Merced. Vastísima fue la producción literaria de fray Gabriel Téllez, iniciada en 1606. En la primera par­te de Los cigarrales declara haber com­puesto más de trescientas comedias «con que había divertido! melancolías y hones­tado ociosidades», prometiendo publicar en breve plazo las doce de la primera parte además de un volumen con doce novelas «ni hurtadas a las toscanas ni ensartadas unas tras otras como procesión de disci­plinantes, sino con su argumento que lo comprende todo».

En 1634, Francisco Lucas de Ávila, real o ficticio sobrino del autor, afirmaba que su tío había escrito más de cuatrocientas obras. De toda esta ingente producción que, como la de Lope, consti­tuye de por sí toda una literatura, han lle­gado hasta nosotros apenas unas setenta, en su mayor parte incluidas en las cinco co­lecciones de comedias publicadas en vida del autor. En 1627 veía la luz en Sevilla la Primera parte de las Comedias de Tirso de Molina, en la que figuran Palabras y plu­mas, cuya trama parece extraída de una novela de Boccaccio titulada Federico y el halcón; El pretendiente al revés, también conocida con el título de El rábano por las hojas; El árbol de mejor fruto; La villana de Vallecas (v.), que data de 1620, una de sus mejores pinturas de tipos populares y que presenta analogías con La entretenida de Cervantes; El melancólico, notable por el profundo estudio psicológico de su pro­tagonista; El mayor desengaño, que presa­gia ya en su desarrollo los dramáticos ras­gos de El condenado por desconfiado; El castigo del pensé-que, representada en 1613 con el subtítulo de El que fuere bobo no camine y que constituye la primera parte de la siguiente, Quien calla otorga, de 1617; Mari-Hernández la gallega (v.), de 1627; Tanto es lo de más como lo de menos, es­crita entre 1618 y 1619 y conocida también con el título de La virtud consiste en me­dio; El pródigo y rico avariento; La celosa de sí misma o Lo que puede la aprensión, y Amar por razón de estado, reelaborada posteriormente con el título de Sutilezas de amor y que sirvió de base para El secreto a voces de Calderón.

En 1634 apareció en Tortosa la Tercera parte de las Comedias de Tirso, que comprende Del enemigo el pri­mer consejo; No hay peor sordo…, imitada por Scarron en su Godellet duelliste; La mejor espigadera (o La nuera más leal y mejor espigadora) en la que se vierte toda la sutil poesía bíblica contenida en el libro de Ruth; Averigüelo Vargas; La elección por la virtud, compuesta en 1622 y que da motivo al autor para dibujar con experta ligereza la vida monástica con ocasión de la elevación de Sixto V al solio pontificio; Ventura te dé Dios hijo, que ostenta el subtítulo Que el saber poco te basta; La prudencia en la mujer (v.), uno de los mejores dramas históricos del teatro espa­ñol, admirable cuadro de las luchas intes­tinas que enturbiaron los inicios del rei­nado de Fernando IV el Emplazado y de la sabiduría desplegada por la reina madre doña María de Molina; La venganza de Tamar, en cuyo contenido lo grandioso se mezcla con lo trágico en un «crescendo» de intensidad dramática que más tarde imi­tará Calderón en Los cabellos de Absalón; La villana de la Sagra (v.); El amor y la amistad, conocida también con el título En­contrar dos imposibles: mujer leal y amigo firme; La fingida Arcadia, escrita en 1622 en homenaje a Lope, y La huerta de Juan Fernández.

Por una curiosidad bibliográ­fica, la Segunda parte no apareció sino un año después que la tercera, posiblemente porque entregado el original de ambas al mismo tiempo el impresor de Tortosa se dio más maña en concluir su trabajo que la Congregación de Mercaderes de Libros de la Corte, a quien Tirso dedicó el volumen. De las doce comedias que se incluyen en este tomo solo cuatro, según indicación expresa de Tirso, son originales suyos, añadiendo de las ocho restantes «no sé por qué infor­tunio siendo hijas de tan ilustres padres las echaron a mis puertas». Ello ha permitido numerosas especulaciones en torno a quien puede ser el autor o autores de estas obras. Amor y celos hacen discretos y Por el só­tano y el torno pertenecen con toda segu­ridad a Tirso toda vez que figura su nombre al final de cada una de ellas; Esto sí que es negociar (o La serrana de Escocia) tam­bién debe serle atribuida con certeza, toda vez que se trata de una refundición de una comedia anterior, El melancólico.

En cuan­to a la cuarta comedia de su pluma, todas las evidencias parecen indicar se trata de El condenado por desconfiado (v.), aun cuando no han faltado autores que la adju­diquen a fray Alonso Remón, a Calderón e incluso a Lope. No obstante, las ocho co­medias restantes (La reina de los reyes; Quien habló, pagó; Siempre ayuda la ver­dad; Los amantes de Teruel; Cautela contra cautela; La mujer por fuerza, en la que se explotan las situaciones cómicas que pro­voca una mujer vestida con ropas mascu­linas, tema que Tirso repetirá en bastantes ocasiones); Próspera fortuna de Don Álvaro de Luna (y.), y Adversa fortuna de Ruy López Dávalos), recuerdan en mayor o me­nor intensidad los modos de hacer de Tirso, por lo que es dable suponer que si bien no salieron totalmente de su pluma, inter­vino de alguna manera en su confección.

La Cuarta parte también vio la luz en Ma­drid en 1634, y en ella figuran Privar con­tra su gusto; Los celos con celos se curan, atribuida durante algún tiempo a Lope; La mujer que manda en casa, conocida tam­bién con el título de La impía Jezabel, mujer del infeliz Achab; Antonia García; El amor médico (v.); Doña Beatriz de Sil­va, de tema religioso que gira en torno a la fundación de la Inmaculada de Toledo; Todo es dar en una cosa, Las amazonas en la India y Lealtad contra la envidia, trilo­gía sobre los Pizarro, épica y trágica a la vez, que refleja un sentido fatalista de la historia; La peña de Francia; Santo y sas­tre, y don Gil de las calzas verdes (v.), una de las obras más ingeniosas, divertidas y características de Tirso. Al año siguiente, 1636, apareció la Quinta y última parte que incluye diez) nuevas comedias; Amar por arte mayor; Los lagos de San Vicente; Es­carmiento para el cuerdo; La república al revés; El Aquiles; Marta, la piadosa (v.) o La beata enamorada, pintura muy espa­ñola de la hipocresía femenina; Quien no cae no se levanta; La vida de Herodes; La dama de Olivar, de carácter histórico, en la que se trata de los inicios de la Orden mercedaria, y Santa Juana (v.).

A éstas deben ser añadidas otras comedias que, aun­que no comprendidas en las recopilaciones hechas por el autor, se publicaron con su nombre a medida que las componía y re­presentaban. Entre éstas figuran Los balco­nes de Madrid; Bellaco sois, Gómez; El burlador de Sevilla o El convidado de piedra (v.), que fija por vez primera la legen­daria y universal figura de Don Juan; El cobarde más valiente (v.); Desde Toledo a Madrid; La firmeza en la hermosura; La romera de Santiago, y El honroso atrevi­miento, que presenta notables analogías con la comedia de Lope El piadoso veneciano. También compuso colecciones de miscelá­neas, la primera de las cuales, Los cigarrales de Toledo (v.), data de 1621 y cons­tituye el primer libro conocido de Tirso. De estructura divertida y fragmentaria en don­de aparecen diálogos, impresiones críticas, disquisiciones artísticas, actos escénicos y líricos en un marco ocasional, figuran en ella novelas como Los tres maridos burla­dos y comedias como El vergonzoso en palacio (v.), una de sus mejores obras, compuesta entre 1610 y 1611; Cómo han de ser los amigos y El celoso prudente, publi­cada más tarde con el subtítulo de Al buen callar le llaman Sancho y que Calderón imitó en A secreto agravio, secreta ven­ganza.

La segunda miscelánea, Deleitar aprovechando (v.) fue publicada en 1635, y en ella la desordenada y errabunda jo­vialidad de Los cigarrales se ha trocado en un arte más recogido y devoto. La obra está compuesta de tres novelas de carácter ascético (El bandolero, La patrona de las musas y Los triunfos de la verdad), tres autos sacramentales magníficamente escri­tos, dos diálogos escenificados y algunas poesías líricas d^-mejor intención que re­sultado. En el prólogo de esta obra Tirso se queja con amargura del rápido olvido que sobreviene a toda creación dramática y por consiguiente a su autor. El teatro de Tirso, olvidado durante siglo y medio después de su muerte y revivificado a principios de la pasada centuria gracias principalmente a los trabajos de Dionisio Solís, Agustín Du­ran y Juan Eugenio Hartzembusch, presenta tal multitud de facetas que no puede encerrarse en una fórmula estética; en él alien­ta el gran arte de la España del Siglo de Oro que, si en el campo político languide­cía a ojos vistas y se precipitaba hacia su ocaso, en el terreno artístico y de modo especial en su vertiente dramática elabo­raba los grandes ideales universalistas, de tipo imperialista y católico, que se habían ido forjando a lo largo de reinados tan fér­tiles como los de los Reyes Católicos, Car­los I y Felipe II.

Con Lope y Calderón forma la trilogía de figuras de excepción que sobresalieron de entre la pléyade de escritores que abundaron en el siglo XVII y que sentaron de manera definitiva las características del teatro español. Diez años más joven que Lope, y a pesar de que en sus biografías encontramos experiencias y concepciones vitales antitéticas, Tirso se declara incondicionalmente discípulo suyo. «Lope de Vega — escribía en La fingida Arcadia — ha elevado la comedia a tal pun­to de perfección y sutileza que puede for­mar escuela por sí sola; y nosotros, los que nos consideramos sus discípulos, tenemos que defender su doctrina contra sus adver­sarios apasionados.» Tirso participa del mismo clima espiritual y de la misma fecundidad del maestro, que ya por entonces había ha­llado y divulgado una técnica teatral de in­agotable productividad.

Tirso llega a las fuen­tes comunes con aquella impresionante capacidad de intuir — a través de la prosa bíblica, en las páginas de las crónicas anti­guas, en la novelística medieval o en el lirismo de los romances— la dialéctica del drama y sorprender a la humanidad en ac­ción. Tirso es más lineal que Lope, más intui­tivo de cara a la realidad psicológica; gra­cias a la maestría de su lenguaje puede traducir sin sombras ni lagunas la historia de un temperamento individual. Posee ade­más el privilegio de convertir en directa y actual representación pasional lo que ini­cialmente se presenta en forma de símbolo, de tal modo que entre todos los drama­turgos españoles Tirso es el más histórico, el más concreto, el que de modo más directo siente el pálpito de la experiencia humana. Comparado con Lope, que difícilmente se entregaba al drama simbólico, Tirso posee la ventaja de haber dado concreción al teatro de ideas, sin someterse por ello a las abs­tracciones de las tesis ni a las discusiones racionales.

En este sentido se encuentra más cercano a Calderón, con quien lo her­mana un fuerte sentido de los valores con­ceptuales y una experiencia humana recogida y mesurada, inclinada a meditar sobre problemas religiosos y morales: en esto, ambos se apartan de la existencia agitada y turbulenta de Lope. Por el contrario, es precisamente a causa de esta ansia ideal por lo que Tirso ha construido uno de los dramas más poderosos del teatro universal: El condenado por desconfiado. Pero a dife­rencia de Calderón, que permanece más ligado a la finalidad simbólica y que inten­cionadamente transporta los datos de la realidad a las regiones abstractas y meta­fóricas de la vida conceptual, Tirso convierte el mito racional, representado en esta obra por el delicado problema de la predestina­ción y el libre albedrío, en una aventura totalmente íntima, sentimental, llegando a un milagro de la técnica teatral: el equi­librio absoluto entre las finalidades prag­máticas y el desarrollo gradual de la ac­ción, cuya correspondencia con la realidad psicológica se mantiene siempre uniforme.

En el Burlador, en cambio, parte de una base exclusivamente realista pero que en el desarrollo pasional del drama se trans­forma en valores de símbolo conceptual : inicialmente, la representación de Don Juan pretende poner en evidencia el predominio de la vida instintiva, agresiva, olvidada de toda norma moral y despreocupada de toda conveniencia social; pero la acción se diri­ge gradualmente hacia un significado de re­presentación sagradas, casi impregnada de un terrible misterio medieval, especialmen­te en la última escena en la que la justicia de la muerte se personifica en la estatua de una de las víctimas del Burlador. Pero no todo es trascendente en Tirso; también des­tacan en su teatro el picante desenfado de su lenguaje, su alegre despreocupación. Y si bien es cierto que en ocasiones se ad­vierten desigualdades no sólo entre obras distintas, sino incluso dentro del planteamiento y resolución de una misma obra, todo lo salva su risueña fantasía poética y su poderosa fuerza cómica que, exceptuando Molière, carece de rival en la historia del teatro.

Las comedias alegres de Tirso son un prodigio de gracia, de habilidad escénica y de estilo, dominadas casi siempre por la presencia de la mujer, gran dama enamo­rada de su galán, que juega coqueta y frí­volamente con sus sentimientos hasta en­tregarse con risas despreocupadas entre las frondas de un jardín, o campesina burla­da que persigue con saña a su vejador hasta que consigue hacerle borrar su deshonor en el altar, que tales son los dos tipos de mujer que aparecen constantemente en las comedias de Tirso. Se le ha acusado de haber descuidado o forzado la pintura de sus caracteres, pero no debe olvidarse que ha creado tipos como Don Juan «la figura más teatral que ha atravesado las tablas» según el padre Arteaga, los de Paulo y de Enrico en El condenado, el de doña María de Mo­lina en La prudencia en la mujer, el de Mar­ta la piadosa, el de El vergonzoso en pala­cio, el de La villana de Vallecas y otros muchos más. Tirso es, en definitiva, el creador del teatro español de costumbres.

R. Sampablo