Thomas Wolfe

Nació en Asheville (Caro­lina del Norte) el 3 de octubre de 1900 y murió en Baltimore el 15 de septiembre de 1938. Era hijo de una familia de sencillos mon­tañeses, en cuyo misma simplicidad encontró luego elevaciones y profundidades espiri­tuales desde mucho tiempo olvidadas por las corrompidas ciudades septentrionales del llano. Sin embargo, criticó a estas pobla­ciones (Nueva York, Boston) no por su corrupción, antes bien a causa de una deso­lación y una esterilidad del espíritu que llegaba incluso a limitar la misma energía del mal. Como Eugene Gant (v.), el héroe de sus novelas, formóse entre lo que deno­minó «el oscuro romanticismo» del Sur, profundamente tradicional; y, lo mismo que su personaje, descendió de los montes en­cantados para afrontar, con un grito de an­gustia, una América llana, amorfa, sin tra­diciones, intelectualizada y sofisticada, en la cual el «conocimiento secreto» que llevaba dentro de sí — el de lo «humano» y de sus fuentes bestiales y divinas — hacíale todavía más monstruoso que sus propias dimensio­nes físicas de Gargantúa, el gigantismo de sus apetitos y aspiraciones, su fecundidad lírica y retórica, y la pura inmensidad de sus energías.

Tras los estudios en la Univer­sidad estatal de Carolina del Norte y, pos­teriormente, en Harvard, Wolfe ganóse la vida en el curso de varios años como profesor de letras en Nueva York. En la enseñanza puso el mismo indisciplinado y apocalíptico fer­vor que manifestaba al escribir, leer, hablar, comer, amar y adueñarse del mundo con la imaginación. Cuanto hacía era llevado a cabo con una especie de frenesí diabólico; las palabras surgían de él por decenas de mi­llares; además, los centenares de miles de vocablos que integraron sus novelas fueron sacados por el editor de otros millones de palabras. La primera de estas obras narra­tivas, Mira hacia casa, ángel [Look Homeward, Angel, 1929], resultó, en efecto, el primer volumen de una autobiografía exten­dida hasta las fantásticas dimensiones de cualquier fábula apocalíptica; en ella, sus progenitores y conciudadanos alcanzaron talla de dioses teutónicos.

Las aventuras del joven, consumido por el «contagio maravi­lloso del pensamiento y de la pasión» y fer­voroso explorador de América y Europa en pos del «terrible y subterráneo río de la vida», que en cierta manera debía descen­der de sus montañas nativas para fluir bajo las llanuras aparentemente áridas, prosi­guieron en El tiempo y el río [O/ Time and the River, 1935], donde el héroe aparece presentado sucesivamente cual una reen­carnación de Orestes, Jasón, Anteo, Fausto, Telémaco… En las dos novelas que integra­ron la continuación, La tela y la roca [The Web and the Rock, 1939] y No puedes ya volver a casa [You Can’t Go Home Again, 1940], Wolfe bautizó nuevamente al protago­nista George Webber, para, así (aun cuando en vano), poderse situar «fuera» de un per­sonaje al cual se hallaba tan vinculado que con frecuencia el héroe resultaba no «Él» sino «Yo». Estas dos novelas aparecieron póstumas.

El autor falleció a los treinta y ocho años en Baltimore a consecuencia de las complicaciones de una pulmonía. En cuanto rapsoda y crítico del ambiente me­tropolitano del cual se apoderó su imagi­nación con una mezcla de odio, horror y atracción insaciable, y como creador de personajes fabulosos, Wolfe no se vio superado en la literatura norteamericana; sin embar­go, su mismo genio le indujo a los excesos de un verbalismo gratuito y de una inten­sidad sostenida con tanta monotonía que el estilo acaba por perder toda eficacia.

S. Geist