Thomas Reid

Nació el 25 de abril de 1710 en Strachan, cerca de Aberdeen (Escocia), y murió en Glasgow el 7 de octubre de 1796. Hizo los estudios clásicos en Aberdeen y fue después bibliotecario de la Universidad has­ta 1736, año en que se puso en viaje para conocer Inglaterra: visitó Londres, Oxford, Cambridge y, gracias a su parentesco con David Gregory, conoció a los hombres más eminentes de su tiempo. En 1737 fue nom­brado presbítero de New Machar, y se casó en 1740. Puede explicarnos algo de sus estu­dios en esta época una memoria publicada en 1748 en las Actas filosóficas de la Roy al Society de Londres con el título Ensayo so­bre la cuantidad [An Essay on Quantity], inspirada en la Investigación sobre el ori­gen de nuestras ideas de belleza y virtud (v.) de Francis Hutcheson. En 1752 fue lla­mado al Colegio del rey para enseñar en él, según la costumbre de esta Universidad, Matemáticas, Física, Lógica y Moral. En Aberdeen, fundó Reid, con su amigo John Gregory, una sociedad literaria, una espe­cie de reunión de estudiosos, en la que los miembros se comunicaban sus ideas y se leían y discutían las obras de próxima pu­blicación. Formaban parte de ella — ade­más de Reid — Gregori, Campbell, Beattie y Gerard.

El más importante de los trabajos de Reid, leídos en esta sociedad de amigos, lleva el título de Investigaciones sobre la mente humana basadas en los principios del sentido común (1764, v.). Reid había acepta­do, en su juventud, el escepticismo de Hume sin profundizar las consecuencias que de él se derivaban; como asimismo había sido, en cierto modo, seguidor de las doctrinas, de las ideas y de todo el sistema de Berkeley; pero no encontrando razones suficientes para negar la materia y afirmar las ideas como único objeto del conocimiento renun­ció a sus primeras y apresuradas convic­ciones y trató de oponerse al escepticismo del primero y al idealismo del segundo. En efecto, la primera idea de sus Investigacio­nes data de 1739, año de la aparición del Tratado de la naturaleza humana (v.) de David Hume. La obra le costó a Reid más de veinte años de trabajo y de paciente inves­tigación. En 1764 obtuvo la cátedra de Filo­sofía moral que Adam Smith había dejado vacante en la Universidad de Glasgow, y se dedicó entonces con pasión al estudio de la Economía política, siguiendo las huellas de su ilustre predecesor.

Su enseñanza, aparte de dedicarse a la moral práctica y a las investigaciones sobre las facultades inte­lectuales, contenía también los principios generales de Derecho natural y de Política, y dedicaba tiempo aparte a lecturas de ca­rácter retórico. Aunque no fuera orador, sus lecciones eran escuchadas con mucho in­terés y seguidas por muchos oyentes; en invierno de 1772 tuvo como discípulo a Dugald Stewart (v.). En 1780 se retiró de la Universidad, no porque careciera de fuer­zas para desempeñar su misión, sino para dedicarse a sus estudios con más tiempo y atención. En efecto, en el período de su retiro escribió el Ensayo sobre las faculta­des intelectuales (1785, v.) y el Ensayo so­bre las facultades prácticas [Essay on the Active Powers, 1788], que, junto con las Investigaciones, constituyen su principal producción. El método de observación y de análisis, cuyo límite es la experiencia, es típico de Reid y de la llamada «Escuela esco­cesa» o del «Sentido común», de la que es fundador: conocer el espíritu, para él, es observar y analizar las distintas facultades y los principios constitutivos del hombre, como ser inteligente, activo, social y moral, respetando los límites insalvables de los fe­nómenos y renunciando a explicar su ori­gen (agnosticismo metafísico).

Sensación y percepción son los actos primarios del cono­cimiento humano, con los que conocemos las cualidades secundarias y primarias (ob­jetivas unas y otras). No son objeto inme­diato de nuestro espíritu las «ideas», sino las cosas mismas. Admitir la mediación de las «ideas» entre los objetos percibidos y el sujeto perceptor significa la imposibilidad de evitar las consecuencias escépticas del «idealismo» de Berkeley y del fenomenismo de Hume, es decir, negar la realidad de las cosas, la sustancia espiritual, la validez del principio de causalidad, etc. Es cierto que desconocemos la sustancia material y la es­piritual, así como no podemos demostrar la existencia de las cosas y de sus cualidades, pero sabemos que no son ideas o impresio­nes subjetivas. En resumen, la percepción tiene una evidencia irresistible e inmediata, que hace nacer la creencia invencible de que existe el sujeto eognoscente y de que exis­ten las cosas conocidas. Es una sugestión innata, que, aunque no explique nada, lo hace creer todo y da confianza al hombre.

No se debe conformar el sentido común a la filosofía, sino ésta a aquél. «Las más in­mediatas conclusiones que extrae la razón de las percepciones constituyen el sentido común», o aquel conjunto de datos con arre­glo a los cuales se rigen los hombres en los asuntos corrientes de la vida; las más leja­nas forman la ciencia. Así creía el filósofo haber resuelto, contra el empirismo, el pro­blema de la objetividad del conocimiento y de la realidad. Este problema, que es el mis­mo que Kant se plantea frente a Hume, ha hecho a menudo acercar — especialmente en el siglo XIX — a los escoceses al filósofo de Königsberg. Pero la distancia entre am­bos es enorme: Reid se mantiene en el ám­bito del empirismo sin lograr superarlo, ignora el concepto kantiano de «crítica» y su «creencia» o «instinto» es cosa muy dis­tinta del «a priori» kantiano. La influencia de Reid y de la Escuela escocesa representa no sólo un capítulo de la filosofía inglesa entre los últimos veinte años del siglo XVIII y los primeros decenios del XIX, sino tam­bién —en la misma época — de la francesa (Jouffroy, Cousin, Biran, etc.) y de la ita­liana (Galluppi, Rosmini, etc.).

M. F. Sciacca