Thomas Paine

Nació en Thetford (Ingla­terra), el 29 de enero de 1737; murió en Nue­va York el 8 de junio de 1809. Durante casi cuarenta años su vida fue oscura, primero en el ambiente cuáquero en que había na­cido, después en varios modestos oficios a los que se vio obligado a dedicarse. Pero a lo largo de aquel período Paine se formó una sólida cultura filosófica y política basada en la Ilustración y tomó conciencia de su ideal revolucionario que les pareció ins­pirado por Satanás a los conservadores de su tiempo y que hoy es poco menos que una forma moderada del liberalismo. En 1774, cuando se encontraba sin empleo en Londres, conoció a B. Franklin, que adi­vinó las posibilidades de su talento perio­dístico y lo envió a Filadelfia con cartas de recomendación. Pocos años después era famoso en los ambientes ilustrados de Nor­teamérica: director del Pennsylvania Ma­gazine, y más tarde colaborador en la hoja rival, el Pennsylvania Journal, publicó, de 1776 a 1780, dos de sus mejores obras, El sentido común (v.) y La crisis (v.), que anticipaban la sustancia de la Declaración de Independencia.

Licenciado del ejército de Washington en el año 1777, fue nombrado secretario de la Comisión para Asuntos Exteriores, perdió el puesto por culpa de su carácter impulsivo, pero continuó sirvien­do al gobierno de Washington, y al término de la Revolución obtuvo una hacienda en New Rochelle y una suma en metálico. Durante algunos años vivió tranquilo, de­dicándose al invento de un puente de hie­rro; pero en 1791, cuando se encontraba en Inglaterra, viose otra vez envuelto en la política; Burke había lanzado un ataque contra la Revolución francesa y Paine salió en su defensa con su libelo Los derechos del hombre (v.), que le valió una acusación de’ alta traición. Habiendo conseguido escapar de la isla con la ayuda de William Blake, Paine fue acogido con todos los honores en París, se convirtió en ciudadano francés y entró en la Convención como delegado gi­rondino, para terminar en prisión, olvidado de sus compatriotas, cuando los extremistas se apoderaron del poder.

En la prisión del Luxemburgo escribió su magna obra deísta, La edad de la razón (v.), injustamente de­nominada «la Biblia del ateo», típica ex­presión de su mentalidad abstracta, arro­gante, científicamente despierta, y de su carácter íntegro. Con la subida de Jefferson al poder, el viejo Paine pudo volver a América; pero su popularidad se había desvanecido y pasó los últimos años en la mi­seria, aparte de ser objeto de ataques de todas clases.

N. D’Agostino