Thomas Murner

Nació en 1475 (?) en Oberehnheim, junto a Estrasburgo y murió en 1536 en Heidelberg (o en 1537 en Oberehn­heim ?) siendo el más importante escritor satírico alemán de la época de la Reforma. Después de los años de estudio transcurri­dos en Friburgo, Krakan y París, entró en 1491 en la orden franciscana en Estras­burgo, donde recibió las órdenes sagradas en 1494. Pronto emprendió, sin embargo, una caprichosa vida bajo el doble aspecto de fraile limosnero y de clérigo vagabundo y predicador y algunas veces pendenciero. Esta vida lo llevó a Roma y a Londres, de donde volvía, sin embargo, con frecuencia a Alemania, su patria espiritual, a las ciu­dades de Estrasburgo, Friburgo, Basilea, Berna y Lucerna. Precisamente a las expe­riencias recogidas en sus viajes debe Murner su familiaridad, ya con las costumbres e in­moralidades privadas, ya con las condicio­nes y situaciones públicas de su tiempo, lo que suscitó en él el deseo de satirizar y de criticar convirtiendo sus escritos en un in­teresante repertorio histórico-documental.

Como satírico tiene un precedente en su compatriota Sebastián Brant (v.), que años antes se había burlado alegremente de los vicios y de las debilidades humanas en la figura de un loco, pero supera a su modelo tanto en la crudeza de las tintas como en la severidad combativa. Su obra Cura espi­ritual [Gestliche Badefahrt, 1524] entra de lleno en el tipo de la literatura alegórico- religiosa de la Edad Media; pero ya antes, en 1512, en las obras La corporación de los bribones (v.) y Exorcismo de los locos (v.) había descubierto su vocación satírica. Y mientras en estas obras ataca los vicios de todas las clases sociales — sin excusar los propios — en Die Mühle von Schwindelsheim (1515) y en Campo de los locos (v.) arremete contra la creciente inmorali­dad circundante. Muy pronto la impetuosa Reforma luterana le suministró un nue­vo motivo; en una docena de escritos ata­có a Lutero con dureza cada vez mayor y desahogó al fin todo su odio en una orgía de burla, ironía y vituperio: Del gran loco luterano (1522, v.).

Entonces, todos sus ad­versarios arremetieron contra él con igual encarnizamiento y le obligaron a la huida y al silencio. El belicoso y desenfrenado defensor de la Iglesia romana, el eficaz y elocuente intérprete del sentimiento popu­lar, murió abandonado y olvidado.

R. Alewyn