Thomas Gray

Nació en Londres el 26 de diciembre de 1715, murió en Cambridge el 30 de julio de 1771. único superviviente de doce hijos, tras haberlo preservado su ma­dre del fin de los otros (muertos, según se dice, a consecuencia de plétora de sangre) al abrirle oportunamente una vena. Estudió en Eton y vio su paisaje a través de crista­les virgilianos: Windsor Castle le hacía pen­sar en el Capitolio. La herencia de una tía le permitió pronto gozar de una cierta inde­pendencia económica en contraste con el ambiente familiar, ensombrecido por los escándalos del padre, y en los años de Cam­bridge se fijó lo que había de constituir su norma de vida hasta la muerte: largas horas de estudio interrumpidas por algunos ejer­cicios de clavicémbalo, solitarios paseos por el campo y comidas en el refectorio del co­legio.

Un verso de la Elegía escrita en un cementerio rural (v.) nos da el motivo do­minante de su vida: «Melancholy marked him for her own» («La Melancolía lo señaló como suyo»). También en el viaje que hizo por el continente en compañía de Horacio Walpole (v.), su carácter estudioso y retraí­do se afirma con mayor relieve por con­traste con el entusiasmo de su aristocrático compañero. Para él Italia es el país más digno de ser visitado. G. fue poeta latino antes de poeta inglés, último heredero de una tradición humanística que contaba con nombres como Petrarca y Marvell, y tenía de los humanistas la pasión por el es­tudio en sí mismo, sin ambición de escribir; y, en verdad, junto a sus innumerables cua­dernos de notas, muy poco bulto hacen sus versos. Dedicaba largas horas a estudios de historia natural (tenía siempre sobre su mesa la obra de Linneo), estudiaba los es­carabajos y sus larvas, y describía en ver­sos latinos los órdenes y los géneros de los insectos.

Vuelto a su patria, la figura de G. se asentó en un quieto rincón del colegio de Cambridge (primero Peterhouse, luego Pembroke College), en una estancia cuidadosa­mente arreglada, con el alféizar florecido de reseda y con jarrones de porcelana china llenos de «pot-pourri» (de pétalos secos de flores variadas mezclados con sal gruesa) sobre muebles bien barnizados: en aquel aposento, que podría ser el de una aseada solterona, vive un hombre pequeño, de doble barbilla, nariz aguileña y ojos vivos y chispeantes, absorbido por sus antigüe­dades clásicas y germánicas, que escribe primero odas pindáricas e imita después el estilo de los bardos escandinavos y gaélicos, ya que en este tiempo comienza en artistas, poetas y arquitectos el gusto que mereció luego la denominación general de romanticismo.

Había escrito a un amigo que «lo último en el mundo que podría trastor­nar su corazón sería una hermosa señora»; y, en verdad, el único afecto por el otro sexo que se le conoce, en la persona de una alegre dama de la buena sociedad, Miss Henriette Jane Speed, que casó después con el hijo del ministro de Cerdeña y se convirtió en baronesa de la Peyriére y condesa de Viry, no tuvo verdadero calor ni intimidad, sino algo muy semejante al amor que ex­perimentó por aquel extravagante joven suizo, treinta años más joven que él, que fue casi su Fedón, Charles-Victor de Bons tetten. Una vida de no mucho relieve la de G., que parece justificar el cáustico jui­cio del doctor Johnson, que dijo de él: «Era aburrido en sociedad, aburrido en su des­pacho, aburrido en todas partes. Pero era aburrido de una manera nueva, y esto hizo que muchos pensaran que era grande».

Su famosísima Elegía escrita en un cementerio rural alcanzó enorme resonancia, inició el género fúnebre e inspiró a Foscolo los Sepolcri, creó cadencias que reaparecen en las odas de Keats y especialmente llamó por primera vez la atención sobre el mudo he­roísmo de los humildes, anticipándose a la concepción democrática de Wordsworth, de Tolstoi y de George Eliot. Recordemos, ade­más, algunas odas suyas: El bardo (v.), El viaje de la poesía (v.) y Las hermanas fatí­dicas (v.).

M. Praz