Thomas Edward Lawrence, (llamado Lawrence el Árabe)

Nació en Tremadoc (Carnarvonshire, Gales) el 15 de agosto de 1888 y murió en el condado de Dorset el 19 de mayo de 1935. De origen anglo-irlandés, perteneció a una familia de buenas tradiciones cultu­rales. Quizá bajo la influencia de nuestro ambiente, saturado de psicologismo sexual y freudiano, algunos autores dan crédito a su pretendida condición de hijo adulterino. Sea ello como fuere, hay en su vida otras cosas mucho más interesantes. En el curso de los años de su formación estudió en Oxford y manifestó un entusiasmo preferente hacia las lenguas clásicas y la arqueología. Apren­dido también el árabe, pasó gran parte del período 1910-1914 en Siria y Mesopotamia, con una misión arqueológica de Oxford que realizaba excavaciones en Karkemish (Jera- blus), junto al Éufrates. De esta suerte llegó a familiarizarse con la vida de los árabes, y conoció perfectamente los distintos dialec­tos de su idioma. Vestido con la indumen­taria del país en nada se distinguía de un auténtico indígena.

Al principio de la pri­mera guerra mundial se ofreció a su gobier­no, el cual no comprendió inmediatamente el partido que de él podía sacar. Lawrence había hecho propia la causa de la independencia árabe. Y, una vez entrado en el juego por cuenta del alto mando británico y en cali­dad de agente secreto y soldado aventurero al mismo tiempo, garantizó al emir Feisal, que había de ser el jefe del nuevo Estado islámico, las condiciones prometidas a los árabes por los ingleses para cuando la guerra hubiese terminado victoriosamente. Selec­cionó formaciones ligeras de indígenas mon­tados en dromedarios de carrera, con los que llevó a cabo audaces acciones consis­tentes, por regla general, en la destrucción, mediante dinamita, de obras militares, de­pósitos, viaductos y líneas férreas; tal ac­tuación llegó a perturbar y paralizar los movimientos de los turcos, al frente de los cuales se hallaba, no obstante, un general muy hábil, el alemán Falkenhayn. Cuando las tropas inglesas ocuparon Damasco, el 1.° de octubre de 1918, y en aquel frente pudo darse por terminado el conflicto, el coronel Lawrence, uno de los artífices principales del triun­fo, había cumplido apenas los treinta años.

Tres semanas después de la victoria de Da­masco volvió a Londres. En la conferencia de Versalles aportó sus conocimientos técni­cos, e hizo lo imposible para ver realizado el pacto con los árabes. Cuando éste fue rechazado renunció, sin pensión, a su grado militar y vuelto a la vida privada, en el colegio «All Souls» de Oxford, empezó a componer trabajosamente la historia de la insurrección, publicada en 1926: Las siete columnas de la sabiduría (v.), obra de la cual preparó él mismo el año siguiente una edición abreviada y titulada Rebelión en el desierto (v.). Inquieto por la posibilidad de aparecer como traidor a los árabes, intentó incluso cambiar su personalidad por otra nueva, para lo cual procuró alejarse de su pasado de «Príncipe Dinamita» e incluso modificar su nombre. Para que nadie pu­diera decir que se enriquecía con su actua­ción bélica en el Próximo Oriente, renunció a los derechos sobre sus libros. Celebérrimo, pero muy pobre, en 1922, y no sin la inter­vención oculta de personajes políticos, mili­tares y literarios, Lawrence se alistó como simple soldado de aviación bajo el nombre de John Hume Ross; no obstante, sospechada hasta cierto punto su identidad al cabo de cuatro meses, los oficiales llegaron a pensar que había sido puesto junto a ellos para espiar­les: y así, luego de sus protestas y de las consiguientes interpelaciones parlamentarias, el aviador Ross fue expulsado.

Bemard Shaw y otros amigos le obtuvieron entonces una pequeña pensión de guerra, que Lawrence rechazó. Con el nombre T. E. Smith, trans­formado luego todavía en T. E. Shaw, pasó a las tropas acorazadas, y más tarde a los destacamentos marinos de la aeronáutica. Yasí hasta su muerte, en un accidente aún no aclarado. Lawrence resultó ser un gran pro­sista. Fruto de tres laboriosas redacciones (la primera de las cuales, recién compuesta, le fue robada en el curso de un viaje de Ox­ford a Londres), Las siete columnas de la sabiduría induce a pensar en el ideal de una «prosa de cuatro dimensiones» y acerca de la cual escribió Hemingway en cierta ocasión: una prosa brillante, diáfana y vigo­rosa, y, al mismo tiempo, un tanto matizada por la inquietud y el misterio. El mismo Lawrence confió a un amigo que sus modelos habían sido Los hermanos Karamazov, Así hablaba Zarathustra y Moby Dick. Además de un voluminoso tomo de Cartas (v.), publicado póstumo por su amigo David Garnett, Lawrence dejó otros tres libros: The Odyssey oj Homer (1935), Crousader Castles (1936) y The Mint, este último confiado en versión mecanográfica a Garnett con la condición de retrasar su aparición hasta 1950 por lo me­nos; dicha obra, en la que el autor narra sus experiencias de cuartel desde que en 1922 alistóse bajo el nombre de Ross, ha sido publicada en algunos idiomas con el título El aviador Ross.

E. Cecchi