Stefan George

Nació en Büdesheim (Renania) el 12 de julio de 1868, murió en Minusio (Locarno) el 4 de diciembre de 1933. A los veinte años, conocedor ya de lenguas y lite­raturas extranjeras, viajó por varios paí­ses de Europa, y encontró especialmente en París, en el cenáculo simbolista, los es­tímulos más adecuados para su desenvolvi­miento.

En las composiciones reunidas más tarde (1901) en El Silabario (v.), se encuen­tran los documentos de su difícil aprendi­zaje y las claras promesas de su innovación poética. Confirmó su vocación en Berlín, centro del triunfante naturalismo alemán, en oposición al cual fundaba en 1892, con unos pocos amigos, entre los que se con­taba el jovencísimo Hofmannsthal, las Ho­jas para el arte (v.), órgano de un movi­miento que propugnaba un arte aristocrá­tico, estrictamente dirigido a la expresión esencial. Comenzaban a poner en práctica estos postulados los primeros libros publi­cados por G.: Himnos, Peregrinaciones, Algabal (v.), que le procuraron una amplia incomprensión a causa de su estilo y de su posición. No tuvieron mejor fortuna los más sencillos: Libros de los pastores y de las laudes, de las leyendas y canciones y de los jardines colgantes (v.), de 1894, en el que con refinadas imágenes se abrían paso momentos míticos e históricos de melodiosa nitidez.

En El año del alma (v.), de 1897, el ideal de la vida estética estaba totalmente impregnado de sustancia humana en un arte de armoniosa disciplina, y encontró mayor asentimiento. En este punto, las Hojas para el arte anuncian un cambio: la orientación del arte por el arte cede paso a una reno­vación del espíritu alemán, siempre por me­dio de la poesía. En Tapiz de la vida (v.) de 1901, el «mensajero de la vida» exige del poeta la entrega a un ideal heroico; en El séptimo anillo (v.), de 1907, el poeta se convierte en sacerdote de aquel ideal con ademán de místico guía, y en vísperas de la Gran Guerra, con La estrella del pacto (v.), asume voz profética de juez de su tiempo, maduro para una tremenda expia­ción. La estructura trina de todas las reco­pilaciones de George alcanza aquí el má­ximo rigor, en tres veces treinta y tres com­posiciones, rematadas por una centésima.

Los últimos cantos de El nuevo reino [Das neue Reich, 1914-28], propician en adveni­miento del reino del espíritu. Paralelamen­te, en su nunca interrumpida actividad de traductor, G. abandonaba los campos de la «décadence» europea (Baudelaire, Verlaine, Mallarmé, Swinburne, D’Annunzio) para acercarse a la Divina Commedia, cuyo in­flujo aparece evidente desde El séptimo ani­llo en adelante. En los tres volúmenes antológicos (Deutsche Dichtung) G. señalaba las líneas de la gran tradición nacional mo­derna, reivindicando también la memoria de muchos grandes poetas olvidados como Jean Paul y Hölderlin. Algunos fragmentos dramáticos y las breves prosas reunidas en Días y obras [Tage und Taten] —recuer­dos de infancia, momentos líricos —, tienen la misma huella de severa dignidad que las poesías. En torno al maestro se había ido reuniendo poco a poco un grupo de discí­pulos (K. Wolfskehl, F. Gundolf, F. Kantorowicz, R. Bohringer, etc.) que en un es­fuerzo análogo de restauración espiritual en las ciencias históricas y literarias adopta­ban como medida valorativa la norma em­pleada por G. y por los grandes escritores venerados por él (Dante, Shakespeare, Goethe).

L. Vincenti