Sexto Propercio

Nació probablemente hacia el año 47 ó 46 a. de C. en Umbría, en una localidad no lejana de la brumosa Mevania. En el primer poema del libro IV de las Elegías (v.) nos proporciona él mis­mo las pocas noticias seguras que poseemos sobre su vida. Su padre murió cuando era él niño, y muy pronto la familia quedó afectada por el reparto de tierras a los ve­teranos de Octavio. Posteriormente, hubo de ser temeroso testigo de la sangrienta guerra de Perusa, desatada en 40 a. de C. entre Octavio y Lucio Antonio. Tomada la toga viril, se estableció en Roma, donde se dedicó a la poesía y amó a diversas mujeres, entre otras a una esclava, Licina. En 29 a. de C. encontró a la única mujer que le inspiró un amor total: Hostia. Ella era quizá casada, ciertamente mayor que el poeta, que se complugo en llamarla Cintia por su cultura no común y por su refinado gusto. Como el amor de Catulo, así también el de Propercio conoce la ansiedad, el enojo, los celos, pero también la alegría del retorno y de la reconciliación.

La figura de la amada do­mina en los dos primeros libros de las Elegías, ya porque el poeta la proclame ma­nantial único de su inspiración, ya porque describa en éxtasis su belleza, ya por­que reafirme su amor apasionado y exclu­sivo, aunque ella le sea infiel. Pero gra­dualmente se produce un enfriamiento en el corazón de Propercio, debido probablemente a los repetidos devaneos de la amada, y afloran entonces nuevos motivos a su fantasía, documentados por los poemas del libro III, cuyos dos últimos, el XXIV y el XXV, cons­tituyen un himno a la liberación; la nave­cilla del poeta llega finalmente a un puerto de paz después de los episodios, a menudo tempestuosos, de un amor que ha durado cinco años. Se dedica entonces a los anti­guos mitos del Lacio, siguiendo los deseos de su amigo Mecenas, e inspirándose en los alejandrinos Calimaco y Fileta y en el con­temporáneo Virgilio, cuya gloria futura anuncia en términos entusiastas, canta las transformaciones del dios Ver tuno, el mito de Tarpeya, el de Hércules y Caco, y el de Júpiter Feretrio.

Pero la sombra de la muer­ta Cintia vuelve de nuevo, por última vez, a su amado: se le aparece en sueños como había sido amada y deseada en vida, con parte del vestido y el anillo consumidos por el fuego y los labios rozados por el agua del Leteo. Ella se lamenta del olvido en que la tiene el poeta, le confía, con exqui­sita feminidad, encargos para las esclavas fieles, le ruega que quite del sepulcro la hierba que envuelve sus huesos. «Ahora te poseen también otras mujeres; después te tendré yo sola; estarás conmigo y nuestros huesos se reunirán para siempre». Es in­cierto el año de la muerte de Propercio: probable­mente fue en 16 o en 15 a. de C., últimos datos seguros que se pueden deducir de los poemas VI y XI del libro IV.

F. Pini