Sergio Prokofiev

(Sergei Sergeevich Prokofiev). Músico ruso. Nació en Sontsovka (provincia de Ekaterinoslav) el 11 (23) de abril de 1891 y murió en Moscú el 5 de marzo de 1953. Muy joven aún fue iniciado en la música por su madre, mujer muy culta y notable pianista. Tocaba el piano a los cinco años y a los nueve compuso una ópera, seguida, en los años siguientes, de dos más. Estudió armonía y contrapunto con Gliére y en 1904 fue admitido en el Conservatorio de San Petersburgo. Fueron sus maestros Rimsky-Korsakov, Liadov, Glazunov y Cherepnin. Pero muy pronto pudo sustraerse de la atmósfera académica y entró en el círculo de las «Veladas musicales», que tenía en su programa una actitud de reac­ción contra el estrecho nacionalismo de «los Cinco» y de incorporación a las corrientes europeas. Estrenó su primera obra en 1908: Sugestión diabólica, que causó impresión por su audacia, complejidad y virtuosismo técnico.

Vivas polémicas acompañaron la aparición de sus obras sucesivas, como su Primer y segundo concierto para piano y orquesta (1911-1912), el Scherzo humorís­tico para cuatro oboes (1912) y los Sarcas­mos para piano (1913). La crítica hablaba de «pérdida del sentido de la realidad», y de «cubismo» y «futurismo» musicales. En 1913 Prokofiev obtuvo el primer premio de piano con su Primer concierto, a pesar de la oposición de Glazunov. Todas las formas de composi­ción atrajeron su temperamento entusiasta, pero fue en las piezas para piano y en las obras escénicas donde logró mejor fortuna. Antes de la revolución de 1917 compuso cuatro Sonatas¡, una Toccata para piano y una ópera, Magdalina (1911). Durante su estancia en Londres en 1914, Diaghilev le aconsejó intentar el ballet; el bailarín le pidió uno sobre una leyenda rusa o un tema prehistórico. Era la época en que triunfaban en París y en Londres los «Ballets rusos» y Stravinsky. Prokofiev se adaptó perfectamente a la situación.

Su Suite escita (1915), cuyo tema es la guerra entre dos divinidades rivales, y que formaba parte de un ballet que nunca fue terminado, y El bufón, es­crito en 1915, sobre un argumento sacado de un cuento de Afanassiev, pero que Diaghilev no pudo montar hasta 1921, fueron creados en el clima parisiense de la época. Aun cuando estas obras ofrecen cierto pa­rentesco de estilo con la Consagración de la primavera (v.) de Strawinsky, poseen una atmósfera poética inconfundible, que os­cila entre la ironía y la pasión y llega hasta los límites extremos del expresionismo. Tales características se revelan más claramente en una obra como El jugador (sobre la novela de Dostoievski), mientras que la ori­ginalidad de Prokofiev surge más potente en la Sinfonía clásica (1917). Nuestro, autor asiste en San Petersburgo al estallido de la revo­lución y escribe un nuevo ballet: ¡Son siete!, que es una exaltación de la victoria del pueblo sobre la tiranía.

En la primavera de 1918 Prokofiev se traslada a los Estados Unidos, donde conquista el público con su virtuo­sismo de pianista, pero, descontado este éxito como concertista, sus cuatro años de residencia en Norteamérica le decepcionan, puesto que sus composiciones reciben una acogida sistemáticamente hostil, sobre todo en Nueva York. El amor de las tres na­ranjas, su nueva ópera — sacada de la co­media de Gozzi — empezada en Rusia y terminada en América entre los concier­tos — obtuvo tan sólo un éxito discreto al ser estrenada en Chicago el 30 de noviem­bre de 1921. Hoy día está considerada como una obra maestra. Prokofiev abandonó los Estados Unidos en 1922, profundamente desilusio­nado, y se instaló en Ettal (Alemania del Sur) pensando que allí encontraría un lu­gar propicio a la terminación del Ángel de fuego, nueva composición teatral sacada de una novela del poeta simbolista Briussov, cuya acción se desarrolla en la Ale­mania del siglo XVI. En 1923, Prokofiev se esta­bleció en París, donde se vio atraído de nuevo por Diaghilev, lo cual dio por resul­tado inmediato sus dos ballets El paso de acero (1925, estrenado en 1927) y El hijo pródigo (1929).

También en París manifes­tóse la crisis del compositor, quien al fin dióse cuenta de la incompatibilidad exis­tente entre su mundo espiritual e ideológico y el mundo occidental; Prokofiev no había encon­trado un campo favorable a su pasión por el teatro, por el drama lírico, que fue siem­pre el centro de sus preocupaciones artís­ticas, y sentíase por ello aislado y decepcio­nado. El Ángel de fuego no pudo estrenarse hasta después de su muerte: fue presen­tado en Venecia en 1954 y su violento realismo puso de manifiesto el abismo que separa la «Weltanschaung» de Prokofiev y la de Cocteau, tan parisiense, de «.los Seis» y tam­bién de la de Diaghilev y Strawinsky. Du­rante una gira por Rusia, en 1927, nuestro autor reanudó antiguas amistades y esta­bleció nuevas relaciones. En 1933, tras un viaje artístico por Europa y América, Prokofiev decidió reintegrarse definitivamente a su patria. La primera obra de esta nueva etapa fue la música de la película El teniente Kije (1934) de Feinzimmer. También para el cine escribió: la música de Alejandro Nevsky y de Ivdn el Terrible de Eisenstein (1939 y 1942), en la que figura una Cantata que se cuenta entre lo más logrado de su arte.

Poco a poco el compositor se va acer­cando a la gran tradición romántica y, sin renegar de su experiencia occidental, camina hacia una simplificación expresiva adaptada a nuevas exigencias de comunicación huma­na. El ballet en tres actos Romeo y Julieta(1935) y el ballet didáctico Pedro y el lobo (1936), obedecen a este orden de preocu­paciones. En 1937, Prokofiev celebró el aniversario de la Revolución con una gigantesca parti­tura (habían sido previstos quinientos eje­cutantes) : la Cantata para el XX aniversario de la Revolución de octubre, con textos de Marx, Lenin y Stalin. En 1938 nuestro mú­sico hizo una última gira como pianista por los Estados Unidos y desarrolló una intensa actividad creadora sobre todo en los campos de la música sinfónica y de cámara. Entre 1939 y 1940, Prokofiev escribió una nueva ópera, Semen Kotko, inspirada en un cuento de Kataiev, Soy hijo de un pueblo de trabaja­dores, que relata un episodio de los guerri­lleros de Ucrania en 1918. Estrenada en 1940, esta ópera fue considerada por algunos crí­ticos como una obra maestra y condenada por otros como una «ensayo musical forma­lista y burgués». La misma polémica volvió a encenderse seis años más tarde a raíz del estreno de Guerra y paz, grandioso fresco teatral compuesto por Prokofiev, en 1942, para exaltar el pueblo en su lucha contra el invasor.

Sexta sinfonía (1947) provocó la intervención del Comité central del partido comunista en el congreso de compositores soviéticos, celebrado en febrero de 1948; intervención que determinó la condena del formalismo de Prokofiev, Chostakovich, Miaskovsky y Katchaturian. Prokofiev contestó con una carta a la Asociación de compositores en la que admitía que «elementos formalistas eran propios de su música de quince o veinte años atrás», pero afirmaba enérgicamente que él «jamás había puesto en duda la importancia de la melodía» y confirmaba su determinación de «evitar el estilo condenado por la ideología soviética en su nueva obra». También Historia de un hombre verdadero, estrenada en Leningrado en 1948, fue sin embargo, y a pesar del éxito de público que obtuvo, acusada por la crítica de estar «construida en un estilo atonal y disonante de evidente origen occidental». Desde 1948 hasta su muerte, en 1953, la actividad de Prokofiev se limitó al campo de la música sinfónica (Séptima sinfonía, 1952) y de la música de cámara, y en ella se manifiesta la voluntad del compositor de tener en cuenta los repro­ches que le habían sido dirigidos sin renun­ciar a su propia personalidad de creador.

L. Pestalozza