Santo Tomás de Aquino

Nació en el trán­sito de 1224 a 1225, según parece ya cierto, en el castillo de Roccasecca, y murió en Fossanova, cerca de Terracina, el 7 de marzo de 1274. Destinado por la Providencia a una actividad trascendental del pensamiento, la de la síntesis entre la fe y la razón, y la na­turaleza y la gracia, que exigía la máxima concentración interior, conoció, en cambio, una agitada juventud, encontró por doquier oposiciones j gustó la amargura de la in­comprensión y de la enemistad de los envi­diosos y mediocres. No obstante, la sucesión de tantas adversidades puso de relieve un plan de superior armonía que su conciencia sabía percibir y poner en práctica a través de una lúcida deliberación, cual a impulsos del ritmo de problemas de los que sólo él, y por primera vez en la historia de la cris­tiandad, experimentaba el íntimo incentivo, captaba la significación exacta y trazaba las etapas esenciales.

De su primera infancia cabe mencionar singularmente el episodio de la muerte de su hermanita en el casti­llo de Roccasecca, debida a un rayo que, en cambio, dejó ileso al pequeño Tomás, quien se hallaba junto a la niña. En 1230, a los cinco años, fue colocado por sus progenitores entre los «pueri oblati» de Montecassino; con tal decisión los padres esperaban indu­cirle a la vida monástica y verle llegar al supremo cargo de abad, circunstancia que habría de incrementar el poder de la fami­lia. Sin embargo, «motu proprio» y (según el biógrafo Guglielmo di Tocco) mediante el consentimiento del superior de la comuni­dad, así como también a causa de la devas­tación de Montecassino por Federico II (1239), Tomás volvió junto a su familia, y luego ingresó en la Universidad de Nápoles, donde recibió la primera iniciación a la filosofía aristotélica de Martín de Dacia, en cuanto a la lógica, y de Pedro de Irlanda, respecto de la filosofía natural.

Allí el joven sintióse nacer una clara y ardiente vocación de dominico, gracias al predicador Giovanni di S. Giuliano. A la oposición de la familia, que llegó incluso a recurrir a las violencias físicas y morales, enfrentó el futuro santo una heroica firmeza que ganó para su ideal de vida devota a su hermana Marotta. Pa­rece haber recibido el hábito religioso de manos del maestre general Juan Teutónico a fines de 1244. Obtenida finalmente la libertad con la huida, fue inducido al per­feccionamiento de los estudios superiores. Algunos historiadores, de acuerdo con las alusiones de Guglielmo di Tocco, dicen que estuvo inicialmente en la Universidad parisiense (1245-48); así permite suponerlo tam­bién la famosa carta de los Maestros de Artes de París (2 de mayo de 1274) en la cual la «omnium studiorum nobilissima Parisiensis civitas» es presentada como la que «ipsum prius educavit, nutrivit et fovit».

En 1248, fundado por Alberto Magno el estudio general de Colonia, Tomás frecuentó en él los cursos de Teología para su prepa­ración inmediata al sacerdocio. En la es­cuela de Alberto estableció contacto no sólo con todo el Corpus Aristotelicum, sino tam­bién con los comentaristas árabes y griegos traducidos hasta entonces, y, particular­mente, con el Corpus Dionysiacum, que in­fluirla de una manera decisiva en el des­arrollo de su pensamiento. La relación con Alberto Magno resultó muy importante res­pecto de toda la actividad científica de Tomás; gracias a la insistencia del maestro, en efec­to, el general de la orden llamóle en 1253 a París para ocupar la vacante de bachiller en Teología de la cátedra dominicana.

Lue­go de ásperas disputas, fomentadas por los profesores seglares, quienes tuvieron que ceder por la intervención del papa Alejan­dro IV, obtuvo en jimio de 1256 la «licentia docendi»; sin embargo, no fue admitido en el colegio de profesores hasta el 15 de agosto de 1257, junto con San Buenaventura, y empezó a enseñar como «magister regens» en octubre. En adelante, toda la vida de Tomás se vio absorbida por la actividad científica, que desarrolló alternativamente en la Uni­versidad de París y en Italia. El primer período docente parisiense (1256-59) estuvo perturbado por los ataques de los maestros laicos, guiados por Guillermo de Saint- Amour, que procuraban impedir el ingreso de las órdenes mendicantes en la entidad universitaria.

Entre las obras principales de tal etapa destacan el Comentario sobre las «sentencias» de Pedro Lombardo (1254-56, v.) y las Cuestiones disputadas (v.); esta última, cuyas primeras secciones figuran bajo el título De veritate (1256-59), constituye, desde el punto de vista analítico, el tratado más importante del autor respecto de los más arduos problemas de la Filosofía y la Teología. A fines del año escolar de 1259 marchó a Italia, luego de haber participado por Pentecostés, en junio, en el capítulo general de Valenciennes y colaborado con Alberto Magno y Pedro de Tarahtasia (luego papa Inocencio V) en la compilación de la Ratio studiorum de la orden.

Este primer regreso a Italia, donde permaneció entonces casi diez años, inició el período más conti­nuo y tranquilo de la vida del Santo, en cuyo transcurso desarrolló una prodigiosa actividad científica; a tal fase pertenecen la Suma contra los gentiles (v.), comenzada en París, las dos primeras partes de la Suma teológica (v.), las cuestiones disputadas De potentia (1265-67) y De spirituálibus creaturis (1266-68), el oficio y la misa para la nueva festividad del Corpus, y, en el campo bíblico, la Catena aurea. Por aquel entonces enseñó en la escuela de la corte pontificia, residió algún tiempo en el convento romano de Santa Sabina, donde se le encargó la reorganización del estudio general de la orden, y trabó amistad, en la corte papal, con el hermano de religión flamenco Gui­llermo de Moerbeke, quien ayudóle a ter­minar en 1268 los comentarios a Aristóteles (Analíticos posteriores, Física, Metafísica, Ética, Política…), ya mediante la revisión de las antiguas versiones o bien con otras nuevas del Estagirita, de sus principales comentaristas griegos y de los textos neo- platónicos, en particular de los Elementos de teología (v.) de Proclo.

A fines de 1268, y posiblemente por voluntad del Papa, vol­vió a París, donde en enero de 1269 reanudó sus lecciones, que prosiguió en el cursó del año académico 1270-71. Esta segunda etapa docente parisiense fue el período más agi­tado y lleno de mayores tribulaciones de la existencia del santo. Inicióse con la apari­ción del averroísmo en la Facultad de Artes, condenado el 10 de diciembre de 1270 por el obispo Tempier; siguió después la lucha sin cuartel dirigida contra el aristotelismo tomista por el agustinismo conservador de la Facultad de Teología, que culminó en la borrascosa discusión sobre la «unicidad» de la forma sustancial, en presencia del obispo de París y en la cual Tomás «fuit quasi solus huius sententiae»; finalmente, los maestros seglares Gerardo de Abbeville y Nicolás de Lisieux — discípulos de Guillermo de Saint – Amour, desterrado — reanudaron los ata­ques contra las órdenes mendicantes, oposi­ción que indujo al santo a componer los admirables textos De perfectione vitae spiritualis y Contra retrahentes a religionis ingressu.

En la primavera de 1272 los supe­riores confiaron a Tomás la reorganización de la enseñanza de Teología en la Universidad de Nápoles; por aquel entonces dedicóse también a la composición de la tercera parte de la Summa Theologiae y de opúscu­los y comentarios a la Sagrada Escritura y a Aristóteles, y a la predicación cuaresmal al pueblo en lengua vulgar. Invitado en enero de 1274 al concilio de Lyon por Gre­gorio X, emprendió el viaje con su fiel secretario fray Reginaldo de Piperno; pero enfermó por el camino, y, a pesar de los ardorosos cuidados de su sobrina Francisca, condesa de Ceccano, que le acogió en el castillo de Maenza, falleció en la abadía de Fossanova, donde, consciente de la proximi­dad de su muerte, había pedido hospitalidad. La personalidad de Tomás es un conjunto de contrastes desconcertantes dominado por la pasión de la verdad. Indudablemente, se hallaba destinado al cumplimiento, en el seno de la Iglesia, de una misión de renova­ción doctrinal, llevada a cabo en el curso de un período que resulta muy breve si se tienen en cuenta las vicisitudes de su vida y las dificultades de la empresa.

Aun cuan­do poseedor de un carácter pacífico y suave, su juventud no fue tranquila; su vocación contrariada presenta rasgos propios de la audacia de un guerrero al servicio de Dios. En su obra existen la firme adhesión al dogma revelado y la inquietud del pensador que busca sin descanso nuevos textos y pre­senta nuevos problemas para la ampliación y determinación del sentido de las cuestio­nes ya vislumbradas desde el principio. In­sensible a las contrariedades, fruto de la mezquindad del ambiente, no anduvo en pos de un prestigio al que, sin embargo, tenía derecho, y rehuyó incluso la ironía en la cual, como dice la bula de canoniza­ción, tan fácilmente puede caerse en el ardor de las discusiones.

Inadvertido en la escuela de Alberto Magno a causa de su humildad, y considerado casi lento de inge­nio por su carácter taciturno, cuando hubo de manifestarse asombró a sus condiscípulos y al maestro, ante el cual apareció sin reti­cencias como un igual en el curso de una disputa, según narra Guglielmo di Tocco. Apenas llegado a la cátedra de bachiller que Alberto le procurara en París, impre­sionó inmediatamente al auditorio por la amplitud y la elevación de su doctrina, «ut omnes etiam Magistros videretur excedere». Su ascensión debió de provocar un temblor de novedad audaz, como de una nueva pri­mavera del pensamiento cristiano, en la asamblea parisiense de la mejor juventud europea; la empresa más característica de tal audacia fue la incorporación de la in­manencia aristotélica al trascendentalismo del platonismo cristiano.

Ajeno al rumor externo de la vida e interesado únicamente en la investigación de lo eterno, rehuyó con firmeza cuantas dignidades le fueron ofre­cidas— la abadía de Montecassino, el arzo­bispado de Nápoles y la púrpura cardenali­cia—, y sólo movióse en pos de nuevos textos y versiones que le permitieran cono­cer los secretos de la filosofía antigua y las trayectorias del pensamiento. Absorto siem­pre en arduos problemas y elevadas con­templaciones, mostró, sin embargo, solicitud por el bien del prójimo, por el espiritual en particular, que buscó mediante la predica­ción al pueblo y la controversia en favor de la conversión de los infieles. Preocupóse también, empero, de la salud corporal de los hombres, singularmente de su «carísimo compañero y amigo» fray Reginaldo, y ofreció una comida a los estudiantes para feste­jar su curación, obtenida por la intercesión de Santa Inés; prestó atención a los amigos y a los humildes, y exaltó a la simple viejecita que mediante su fe sencilla «conoce verdades mayores que las poseídas antes de Cristo por los filósofos con toda su cien­cia» (In Symb. Apost., Procem.).

Envuelto en la atmósfera pura de la verdad eterna, se reveló insensible a las ofensas personales; así lo demostró, por ejemplo, cuando en París vio interrumpido uno de sus sermo­nes por el bedel Guillot, fautor de Guiller­mo de Saint-Amour. Guglielmo di Tocco atestigua también la humilde fortaleza de Tomás cuando refiere cómo soportó la inso­lencia de un recién licenciado (probable­mente el franciscano Peckham) que atacó en público varios puntos de las enseñanzas del santo (en particular la tesis de la unidad de la forma), quien no tomó la palabra hasta el día siguiente, y sólo a instancias de sus hermanos de religión, que le indu­jeron a ello cuando el presunto contradic­tor repitió el ataque. Inconmovible en la defensa de la doctrina, dice que «el defensor de la verdad no puede ser derrotado, hable con quien sea» (In Hiob., c. 13, lect. 2); conoció por sí mismo las sutilezas más efi­caces de la polémica, y no temió atacar de frente a sus adversarios, como hizo con los averroístas y los enemigos de las órdenes mendicantes.

Nuestro santo pertenece, en cuanto hombre y pensador, al exiguo nú­mero de personalidades excepcionales que han alcanzado los límites de las posibilida­des humanas y abierto en la vida espiri­tual un surco no vinculado a una misión histórica determinada, como sería, por ejem­plo, el tránsito de la teología patrística a la madurez del cristianismo medieval, antes bien perennemente benéfico para toda la humanidad. Muy justo es el elogio que su viejo maestro Alberto Magno, llegado a París para defender las doctrinas del que­rido discípulo, envuelto en 1277 en una condena, hizo de él ante toda la Universi­dad: «esplendor y flor del mundo».

C. Fabro