Santiago Apóstol (el Menor)

Vivió en el siglo I. Campesino de Galilea —todavía recuerda en la Epístola (v.) la época en que ponía el freno en la boca de los caba­llos — se alió con los otros «hermanos», como buen tradicionalista, para oponerse a las predicaciones de Jesús. Más tarde — tal vez a consecuencia de una aparición del Resucitado—, también el reacio campesino rindióse a la evidencia de los hechos, se adhirió a Cristo y llegó a ser rector muy estimado de la comunidad de Jerusalén. Se celebra de él su austeridad: «Fue santo desde el claustro materno. No bebió vino ni ninguna otra bebida alcohólica ni comió nunca nada vivo.

Nunca entraron tijeras en su cabello, ni se ungió con aceite, ni se bañó. Sólo a él le era permitido entrar en el Santuario del Templo. Nunca se puso telas de lana, sino de lino. A causa de las interminables horas pasadas hincado en ora­ción, se le había endurecido la piel de las rodillas hasta parecerse a la del camello. Así alcanzó fama de santidad y fue llama­do “Justo” y “Baluarte” del pueblo (Egesippo). Aun conservando una cierta tenden­cia judaizante, supo impedir la recaída del cristianismo bajo el yugo de la ley. «En mi opinión — dijo en la Asamblea de Jerusalén del año 51 —, no se debe dar ningún car­go a los paganos que se convierten a Dios» (Hechos de los apóstoles, v.). Viejo de más de noventa años, fue arrojado desde el pináculo del templo y después, ya agoni­zante, lapidado por una muchedumbre de judíos incitada contra él. Un batanero, que con su barra de trabajo le rompió el crá­neo, extinguió para siempre aquella voz que con débil susurro iba todavía murmurando palabras de oración y de perdón.