San Pedro apóstol

Nació en año desco­nocido, muy probablemente en el último decenio del siglo I a. de C. en Betsaida, pequeña ciudad de Galilea, y murió en fecha igualmente insegura (67? 64?) en Roma. Discípulo de Jesús, quien fundó «sobre él» su Iglesia, su nombre primitivo era Simón; el nombre de su padre aparece bien en forma de Juan, bien en la de Jonás. Simón tenía un hermano, Andrés, y en el momento de su adhesión a Jesús estaba casado. Per­teneciente a una familia de pescadores, era probablemente analfabeto. Su falta de cul­tura rabínica se resalta con cierto desprecio por el ambiente culto de Jerusalén. Junto con su hermano, tuvo contactos con Juan Bautista. Al aparecer Jesús, abandonó al Precursor para convertirse en discípulo de aquél. A través de los Evangelios, se vis­lumbra un perfil bastante completo de la personalidad de Simón. Es sencillo, gene­roso, impulsivo en sus intervenciones, que a veces denotan una incomprensión autén­tica del mensaje de Jesús.

Éste muestra por Simón una predilección que aparece patente desde el primer encuentro. Junto con los hermanos Jaime y Juan, Simón toma parte en toda la actividad de Jesús, asistiendo incluso a episodios íntimos de los que queda­ban excluidos los demás apóstoles. En Cafarnaúm, Jesús debió ser a menudo huésped de la familia de la que procedía la mu­jer de Simón. En Cesarea de Filipos, al nor­deste del lago Tiberíades, Jesús prometió a Simón el cargo de jefe de la Iglesia fu­tura. El apóstol había proclamado de modo perfecto la personalidad de Jesús: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo». La respuesta fue juzgada como efecto de una ilumina­ción de lo alto. «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te dijo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos» (Mat. 16, 16-19). En el pasaje en que se le ordena guiar a todos los discípulos y a todos los que creen en Jesús con la cono­cida metáfora que habla de «ovejas» y «corderos», la tradición y la teología han visto la característica del «primado» res­pecto a los demás apóstoles y a todos los cristianos. El episodio más conocido, antes de la crucifixión de Jesús, es la conocidí­sima negación triple. Pero el apóstol se arrepiente inmediatamente; y no pierde ninguna de sus prerrogativas. Y de hecho, después de la resurrección de Jesús, es el primero de los Apóstoles que se beneficia de la aparición del Resucitado. En la Igle­sia primitiva, Pedro ocupa un puesto absoluta­mente preeminente, como se ve en los pri­meros capítulos de los Hechos de los Após­toles (v.). Se le atribuyen milagros; pero sobre todo, es el más valeroso defensor de la resurrección y de la divinidad de Jesús. Por ello es encarcelado por lo menos dos veces.

Su actividad se desenvuelve sobre todo en Jerusalén, donde tiene lugar tam­bién su primer encuentro con Pablo con­verso. Con todo, sabemos de algunos viajes misioneros por Judea y por Samaría. Los Hechos de los Apóstoles resaltan merecida­mente la parte correspondiente a Pedro en la conversión de Cornelio. No se trató de una conversión operada por el Apóstol quien, por el contrario, opuso dificultades e incertidumbre. El hecho, en el que se advierte patentemente la mano de Dios, inició la solución de un grave problema de la Iglesia primitiva, es decir, la introduc­ción de paganos en el Cristianismo sin exi­girles su previa adhesión al judaísmo. El problema fue afrontado en forma concreta en el Concilio de Jerusalén (49 ó quizá 50 d. de C.), en el que triunfó la idea liberal, patrocinada por San Pablo, de modo particular gracias a la intervención de Pedro Después de la segunda prisión en Jerusalén, terminada por una intervención sobre­natural, los Hechos se desinteresan de Pedro, limitándose a decir que partió «para otro lugar». Era poco antes del 44 d. de C.

A menudo se ha creído fijar la fecha en el 42 y se ha interpretado la expresión genérica de Lucas como una velada indica­ción de Roma. Pero la presencia de Pedro en Jerusalén los años 49-50 d. de C. y, poco después, en Antioquía hace muy problemá­tica tal interpretación, que se concilia poco con lo que conocemos sobre los comienzos del Cristianismo en Roma. Bien poco sabe­mos acerca del método misionero de Pedro. Nada seguro puede deducirse de su abun­dante leyenda apócrifa. Sólo de algunas afirmaciones de San Pablo, que contrapone su propio método al de Pedro, se deduce que éste evangelizó de modo especial entre los hebreos, que se hacía mantener por la co­munidad catequizada y que llevaba consigo una «hermana mujer», la cual podría ser también la propia esposa; pero es más pro­bable la opinión que excluye tal relación matrimonial. De los mismos escritos se de­riva la vasta resonancia de la autoridad de Pedro, nombrado en la Epístola a los gálatas (v.) y en la dirigida a los corintios (v.) como un personaje muy conocido por todos.

Muchos Padres de la Iglesia hablan de Pedro como del primer obispo de Antioquía. La terminología denota la existencia de una organización eclesiástica posterior; no sa­bemos cuánto duró la estancia en Antioquía, pero no parece que fuera muy larga. Han desaparecido casi por completo los que niegan su venida a Roma. Ésta es afirmada ya por autores del siglo II, incluidos todos los que tendrían interés en negarla. El pri­mero en hablar explícitamente de ella es San Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II). Igualmente antiquísima y univer­sal es la afirmación del martirio sufrido en Roma. Las excavaciones ordenadas en 1939 por Pío XII y que duraron diez años, han confirmado una tradición de igual valor probatorio acerca del sepulcro de Pedro. Han sacado a luz el «trofeo» o monumento se­pulcral del que hablaba el sacerdote Cayo en el siglo II, y han demostrado que la tumba era objeto de piedad cristiana y de veneración mucho antes de que Constantino erigiera la soberbia basílica vaticana.

Con­tinúa siendo discutible, en cambio, la dura­ción de su estancia en Roma; casi nadie habla ya de los famosos veinticinco años de pontificado romano de Pedro, pero, por lo que afirman los más antiguos historiadores de la Iglesia sobre las relaciones de Pedro con la cristiandad de la capital del Imperio, no es lícito reducirla a un período demasiado breve. Con la máxima probabilidad, desde Roma, denominada metafóricamente «Babi­lonia», escribió Pedro la primera de sus Epís­tolas (v.) a las comunidades de Asia Menor. Otro punto discutido es el año del martirio, aunque no puede dudarse sobre la realidad de una muerte violenta. Lo más corriente es fijar la fecha en el 67 d. de C.; pero no puede afirmarse con seguridad. Otras fechas han sido señaladas por los escritores anti­guos, con lo que en definitiva prueba, la inseguridad de tal tradición. No pocos pre­fieren hoy el año 64, que tiene la ventaja de coincidir con la primera persecución severa decretada por Nerón después del incendio de Roma.

Junto a tantos otros fieles desconocidos, el viejo pescador de Galilea, ya discípulo impulsivo y ferviente de Jesús y después valeroso y sabio orga­nizador de la Iglesia, dio su supremo testi­monio de amor y de adhesión al Evangelio y a su misión.

A. Penna