San Juan de la Cruz

(En el siglo Juan de Yepes). Nació en Fontiveros (Ávila) en 1542, murió en Úbeda el 14 de diciembre de 1591. Le agradaba recordar al Santo que era hijo de un pobre tejedor. Muerto muy pronto el padre, la madre viuda se trasladó a Medina del Campo. J., que tenía entonces nueve años, entró en el Colegio de la Doc­trina para niños pobres, y allí aprendió las primeras letras y hubo de trabajar sucesiva­mente de aprendiz de carpintero, sastre, es­cultor y pintor. En sus comentarios existen claras alusiones al conocimiento de estos oficios. Pasó después a prestar sus servicios en el hospital de las Bubas; pedía limosna por las calles y asistía a los enfermos con caritativa humildad. El tiempo libre que le quedaba («un poco por la mañana y otro poco por la tarde») lo dedicaba a escuchar las lecciones del Colegio de la Compañía de Jesús, y «en pocos años se convirtió en un buen latinista y retórico y se ilustró en letras humanas». En 1563 entró en la orden del Carmelo.

De 1564 a 1568 estudió en Sa­lamanca Artes y Teología. En 1567 figura ya como «presbítero». Santa Teresa de Jesús, que se había dedicado a la reforma de la Orden carmelita (para el restablecimiento de la autoridad de la regla antigua), conoció a J. de la C. en Medina y lo asoció a su em­presa, con objeto de que realizara entre los frailes la obra que ella llevaba a cabo entre las monjas. Desde entonces, los dos santos lucharon por el mismo ideal, librando las mismas batallas y sufriendo las mismas per­secuciones. En el año 1568, J. de la C-, nom­bre que había adoptado, funda en Duruelo, junto con otros compañeros, un convento reformado, el de los Carmelitas Descalzos; más tarde es maestro de Novicios en Pas­trana y en 1571 rector del colegio de los Descalzos de Alcalá. Las relaciones entre «calzados» y «descalzos» habían sido hasta entonces generalmente amistosas: incluso había conventos donde convivían calzados y descalzos. Sin embargo, se procuraba difundir los descalzos, favoritos del nuncio apostólico y del rey Felipe II.

Esto explica la razón de que Santa Teresa fuera nom­brada priora del gran convento de la Encar­nación, fuera de los muros de la ciudad de Ávila, que era un convento de calzadas. En esta nueva situación, la Santa llamó como director espiritual a J. de la C., quien se alojó en una casita en el huerto del convento. Las monjas, antes muy indisci­plinadas, sintieron inmediatamente la in­fluencia de la personalidad del Santo. Mien­tras tanto, por discrepancias en la aplicación del régimen interior de la Orden, se había iniciado la lucha entre calzados y descalzos: éstos empezaron a tener la peor parte cuando un nuevo nuncio empezó a favore­cer decididamente a sus adversarios. Las cosas marcharon de mal en peor y culmina­ron con el arresto violento de J. de la C. el 2 de diciembre de 1577.

El Santo permaneció encarcelado nueve meses en una pe­queña habitación sin luz en el convento de calzados de Toledo, sometido a vejaciones y malos tratos físicos. Quizá sin esta prueba no tendríamos su poesía: la angustia y la oscuridad de la prisión se reflejaron en sus estrofas, que tienen una especie de estribillo obsesionante, aquel «Aunque sea de noche»; desde su propia miseria, el poeta asciende a la fusión extática y a la cromática belleza del Canto espiritual (v.), que sin duda al­guna fue compuesto en aquella cárcel, donde parece que hayan sido compuestas también las demás poesías. En el mes de agosto de 1578 se preparó el Santo para la fuga, que constituyó un prodigio de astucia humana y de serenidad: varias veces quitó los tomillos a la cerradura de su celda, de modo que quedaran flojos y pudieran ceder en el momento oportuno, y volvió a colocarlos como anteriormente; consiguió determinar la altura exacta de la ventana del convento midiéndola con un hilo atado a una piedra y cortó a tiras unas mantas anudándolas para deslizarse. La fuga se pro­dujo a mediados de agosto, en una noche de luna.

El Santo fue a parar al pequeño patio del contiguo convento de monjas, y no logrando encontrar la salida, le ator­mentaba la idea de que lo pudiesen sor­prender en aquel lugar. Al fin consigue saltar el muro. Encuentra a un toledano que estaba en la puerta de su casa y que de mala gana lo hospeda hasta el día siguiente. Por la mañana se dirige al convento de las descalzas, que lo curan, y un canó­nigo le facilita la salida de Toledo. Reunido con sus hermanos, de 1578 a 1585 forma parte del Capítulo de Almodóvar, donde lo nombran superior del Convento del Calvario; funda un colegio en Baeza, donde existía entonces Universidad, y es nombrado, en fin, prior de los Mártires en Granada. En 1585 fue elegido definidor del Capítulo de Lisboa y del de Pastrana, donde se le asignó el distrito de Andalucía. En los años compren­didos entre 1585 y 1588 viajó continuamente por el Sur; pero a veces llegó hasta Madrid y Valladolid.

En 1588, en el Capítulo de Madrid, fue nombrado consejero y prior del convento de Segovia. Habiéndose reno­vado en 1591 el Capítulo de Madrid, quedó sin cargo: una grave disensión había esta­llado esta vez entre los mismos descalzos, es decir, entre el vicario general, padre Do­ria, y el padre Gracián, consejero y amigo de Santa Teresa, que había muerto en 1582- El P. Doria pensó deshacerse de J. de la C. enviándolo a México. Fue destinado a la provincia de Andalucía y vivió en el con­vento de la Peñuela. Mientras tanto, los enemigos no dormían, y un tal fray Diego Evangelista, a quien el Santo había recon­venido una vez cuando era visitador de Andalucía, urdía contra él un infamante proceso, buscando los motivos de acusación sobre todo entre las monjas. Las monjas quemaron entonces muchas de las cartas y de los escritos del Santo a fin de que no cayeran en manos del acusador (las de Granada destruyeron «un saco lleno»): a estas destrucciones se atribuye en parte la mala transmisión de los textos.

Enfermo (con «unas calenturas… que me sobrevienen diariamente») se dirigió, por obediencia, a cuidar de su salud a Úbeda, en septiem­bre de 1591. El prior de Úbeda, que años antes había recibido una reconvención de él le dio el peor cuarto y le hizo objeto de vejaciones. Los médicos le descarnaron una pierna a causa de una inflamación y se la abrieron hasta el hueso. El enfermo lo soportó todo con infinita resignación. Vien­do próximo su fin, hizo quemar un paquete de cartas que tenía bajo la almohada y se extinguió serenamente pensando que al cabo de pocos días recitaría maitines en el cielo. Era hombre de pequeña estatura, pero de un temple de alma increíblemente vigoroso. Sus obras (v. Obras espirituales) quedaron inéditas. Concedido por la Orden el permiso de impresión, se dudó durante mucho tiem­po, por miedo de que se las acusara de «iluminismo», y cuando a fines de 1618 fue­ron impresas, se omitió el Cántico espiritual y se modificaron diferentes pasajes de otras.

Ello no obstante, fueron denunciadas inme­diatamente a la Inquisición. Sin embargo, continuaron imprimiéndose. El Cántico es­piritual no se editó en España hasta 1630. Las obras de San J. de la C. fueron tra­ducidas a las principales lenguas modernas y al latín. Pueden dividirse en mayores y menores: las primeras son tres poemas comentados por el mismo autor: el Cántico espiritual, la Subida al monte Carmelo y la Noche obscura del alma, estos dos últimos comentarios de una misma poesía, y la Llama de amor viva. El problema de los textos se presenta más arduo en el Cántico, del que existen dos redacciones: la segunda, descubierta en 1670, ha sido considerada apócrifa por varios eruditos; pero es apasionadamente defendida por otros, espe­cialmente por carmelitas. Entre las obras menores, no comentadas, son de extraordi­naria belleza las del estribillo: «Aunque sea de noche», la del «Pastorcillo» y las que comienzan: «Tras de un amoroso lance» y «Entréme donde no supe». Algunas de estas poesías son versiones en sentido religioso de poesías profanas, populares en aquel tiempo.

Escribió también diez «romances». La alte­ración de los textos de las obras mayores ha sido eliminada en este siglo por las ediciones del padre Gerardo y del padre Silverio; pero falta una rigurosa edición crítica. San J. de la C. es considerado hoy como el más alto poeta en lengua castellana.

D. Alonso