Nació en torno a 560-70 en Sevilla, donde murió el 4 de abril de 636. Su padre había abandonado Cartagena, población de la cual parece haber sido un personaje notable, tras la destrucción de la ciudad (552). Huérfano muy joven, I. fue acogido por su hermano Leandro — luego (576) arzobispo de Sevilla—, quien amóle siempre como un hijo, y su hermana Florentina. En un monasterio local o cercano inicióse muy pronto en los estudios literarios y teológicos. Testigo no inactivo, durante su juventud, de los acontecimientos que precedieron la conversión en masa de los visigodos, en 600, lo más tarde, sucedió a Leandro en calidad de arzobispo de Sevilla y metropolitano de la Bética.
Desde 610 participó en varios sínodos, y en 633 presidió el IV Concilio de Toledo, que representó un éxito singular para la iglesia hispánica y resultó notable a causa de importantes decisiones referentes a la disciplina eclesiástica, la liturgia, los judíos y la creación de escuelas para clérigos jóvenes según el modelo de la fundada en Sevilla por I. La actividad práctica de éste, ya en cuanto dignatario de la Iglesia o político, resulta, no obstante, ínfima comparada con su obra literaria, que ejerció una influencia enorme en la cultura medieval y de la cual depende exclusivamente la excepcional notoriedad de que nuestro autor ha gozado hasta nuestros días. Curioso e incansable lector y asimilador, I. debió de elaborar muy pronto un considerable material integrado por anotaciones referentes a todas las ramas del conocimiento: literatura, teología, historia y ciencias naturales. Se trata de apuntes de primera y, también, segunda y tercera manos procedentes de cuantos textos latinos podían hallarse por aquel entonces (muchos de los cuales no han llegado hasta nosotros), que el erudito transcribe, resume y mezcla sin mencionar casi nunca sus fuentes. El trabajo de refundición resulta mínimo, y la originalidad casi nula.
Esta obra, que apagó durante siglos enteros la sed de cultura del Occidente, se impone hoy a nuestra atención sobre todo en cuanto nos permite conocer el estado de la ciencia en el siglo VII y por los fragmentos de obras perdidas que contiene y que la crítica moderna intenta desentrañar del conjunto del citado material anónimo. Así ocurre con las Etimologías (v.), fuente máxima del enciclopedismo medieval y objeto de una gran difusión, el texto Hombres ilustres (v.), la Crónica (v.), las Diferencias (v.) y los Sinónimos (v.). Un más inmediato interés para la historia política y eclesiástica de España presentan la obra De ecclesiasticis officiis, que ofrece valiosas informaciones sobre la organización y la liturgia de la iglesia visigótica, y la Historia de los reyes godos, vándalos y suevos (v.), fuente de gran importancia para la historia de las invasiones bárbaras de España. En 1772 Inocencio XIII reconoció el título de doctor de la Iglesia a I., a quien ya en 653 el VIII Concilio de Toledo había definido «doctor egregius».
G. Vinay

