San Francisco de Asís

Nació en Asís en septiembre de 1181 y murió en la Porciúncula el 4 de octubre de 1226. La grandeza moral de San Francisco es tan considerable, que eleva su figura por encima de cual­quier marco histórico aun cuando asuma necesariamente las formas contingentes y los aspectos pasajeros de su época y am­biente.

Reúne en sí, como un documento vivo, todas las virtudes fruto del amor hu­mano fundado en Dios y que de Él des­ciende para abarcar a hombres y cosas. Hijo de Pedro Bemardone, rico mercader de pa­ños, ayudó desde jovencito a su padre en el comercio y puso de manifiesto sus dotes sustanciales de inteligencia y su afición a la elegancia y a la caballería.

En 1204, al caer prisionero de los perusinos tras el en­cuentro de Ponte San Giovanni, Francisco empezó a madurar — en la soledad del cautiverio y luego durante la enfermedad que sufrió una vez vuelto a su tierra— los principios de orden moral y espiritual que, profun­dizados en su intimidad con un criterio pro­pio, habrían de convertirse en la misma esencia de su nueva y más verdadera vida y marcarían la continua aspiración y la orientación secreta de ella.

Dos años des­pués, en la primavera de 1206, Francisco tuvo la primera visión. En el pequeño templo de San Damián, medio abandonado y destrui­do, oyó el Santo, ante una imagen románica de Cristo, una voz que le hablaba en el silencio de su muda y amorosa contem­plación. Decíale Jesucristo: «Ve, Francisco, repara mi iglesia.

Ya lo ves: está hecha una ruina». El joven no vaciló: corrió a su casa paterna, tomó unos cuantos rollos de paño del almacén y fue a venderlos a Foligno; luego entregó el dinero así obtenido al secerdote de San Damián para la restau­ración del templo. Como todos los santos, que afrontan resueltamente las tormentas del mundo, ya que con la misma reso­lución se entregan por completo al fin es­pontáneamente elegido, Francisco arrostró la ira de su padre.

Bemardone consideraba unida la ofrenda a la iglesia de San Damián a otras manifestaciones de excesiva suntuosidad y de pompa ruinosa; y así, la juzgaba única­mente ciega prodigalidad en perjuicio del patrimonio que tantos sudores le costaba. Por ello citó a su hijo ante el obispo de Asís a fin de que renunciara formalmente a cualquier herencia.

Francisco no sólo se alegró de hallarse enfrentado a la voluntad de su padre, sino que incluso despojóse de sus propias vestiduras y las restituyó a su progenitor, renunciando con ello de hecho y derecho y en una forma solemne, a cualquier bien terrenal. Con un acto que le libraba de todo vínculo familiar y, enaje­nándole todas las cosas materiales, dejúgale desnudo ante Dios, Francisco alcanzó la ex­trema pobreza, la más enérgica afirmación de su entrega a Cristo; por amor a Dios, el Santo había renunciado a todo.

Sin em­bargo, la pobreza se lo devolvió y logró que riada quedara fuera de la órbita de aquel mismo e infinito amor; y por Dios, creador de todas las cosas, en las que in­funde su misma bondad, Francisco amólas nueva­mente, y volvió a servirse de ellas con plena libertad — por cuanto las poseía con des­prendimiento — ya utilizarlas únicamente para afianzar este amor, que en Dios tenía su principio y su fin.

En ello consistieron las místicas bodas que Francisco celebró en el pa­lacio episcopal de Asís con Doña Pobreza: experiencia nueva e inefable, de la cual este gran taciturno de la propia vida interior no nos ha dejado el menor atisbo, ni tan sólo una simple palabra reveladora; con ce­loso pudor guardó para sí cuanto viviera en el secreto de su conciencia, ante la pre­sencia inmediata de Dios.

A los veinticinco años — con su pobreza por todo bien — abandona su ciudad natal y se dirige a Gubbio, donde trabaja abnegadamente en un hospital de leprosos; luego regresa a Asís y se dedica a la restauración de San Da­mián, S. Pietro in Merullo y Santa María de los Ángeles en la Porciúncula, actividad en la que contribuye con sus propios brazos y pide, por el amor de Dios, material y pres­taciones personales a los transeúntes.

Fue­ron aquéllos los años de soledad y oración, durante los cuales Francisco sólo aparecía ante el mundo para mendigar con los pobres y com­partir su mesa. Vida por amor a Cristo, la actuación por Él sostenía y fortificaba al Santo y hacíale comprender la nulidad del «yo» particular al cual nos aferramos y que nos separa de Dios.

El 24 de febrero de 1209, en la pequeña iglesia de la Porciúncula y mientras Francisco escuchaba la lectura del Evangelio, inicióse el cumplimiento de la reve­lación: el eremita se convirtió en apóstol y pronto atrajo a su alrededor a toda una corona de almas activas y devotas. Las pri­meras (abril de 1209) fueron Bernardo de Quintavalle y Pedro Cattani, a quienes si­guió, tocado su corazón por la gracia, el sacerdote Silvestre; poco después llegó Egidio.

Para estos primeros «viri poenitentiales» trazó Francisco, inspirándose en el Evangelio, una regla inicial, actualmente perdida, que mereció la aprobación oral del papa Ino­cencio III hacia 1210. Apoyándose en la con­cesión pontificia, el Santo empezó su pre­dicación, humilde y discreta como todo acto de caridad sincera. La comunidad fue am­pliándose y en 1212 enriquecióse con la joya más valiosa: Santa Clara.

En adelante, la caridad de Francisco iba a quedar transformada en mía floreciente armonía de virtudes mo­rales aparentemente opuestas: humildad y fortaleza, misericordia y justicia, acción y contemplación. En 1214, el Santo peregrinó piadosamente, «por devoción» (como narran las Florecillas, cap. 17), a Santiago de Compostela; por todas partes difundió en tomo a sí, con el ejemplo y la palabra, y con la caridad y por ella, la bondad que Dios le infundía.

Mientras tanto, Inocencio III anun­ciaba la nueva cruzada a Tierra Santa (11 de noviembre de 1215) y prohibía la cons­titución de nuevas órdenes religiosas. Hono­rio III, que le sucedió en el solio pontificio (1216), reconoció, no obstante, y refrendó la regla franciscana. El año 1217 señaló el principio de las grandes misiones del Santo. La caridad de Francisco, no sólo afectiva, sino también efectiva y realmente universal, no excluía a nadie y resultó amor fraternal para todos.

Y así, en 1219 —posiblemente después del amoroso encuentro con Santo Domingo — marchó a Siria para transmitir la buena nueva a los infieles; el amor a Cristo le inducía al deseo del martirio y le daba fuerzas, y su predicación fue, como siempre, fervorosa e inspirada. Sin embarco, «viendo San Francisco que no podía obtener el fruto anhelado en aquellos territorios, movido por la divina revelación se dis­puso a regresar entre los fieles» (Floreci­llas, cap. XXIV); por ello, volvió a Italia durante el verano de 1220.

La curia papal exigía una compilación exacta de la regla y cuando Francisco acudió al capítulo de la Porciúncula, el 29 de septiembre de 1220, habíale ya precedido una bula de Hono­rio III por la cual se imponía el año ritual de prueba a cuantos solicitaran el ingreso en la Orden; entonces el Santo entregó la dirección de la comunidad a Pedro Cattani y emprendió su nueva misión de compila­dor de la regla, cuyos textos son dos: uno de 1221 y otro, más esquemático, de 1223.

Finalmente, Francisco pudo entregarse a la más pura contemplación. Como los primeros, los últimos años lo fueron de soledad y ora­ción; sin embargo, así como aquéllos ha­bían constituido la preparación para el ejer­cicio de una misión, éstos resultaron el pre­mio a la labor realizada. Cristo dio entonces al Santo «el último sello»: en 1224, «sobre el duro peñasco entre el Tíber y el Arno», la divina persona de Jesucristo dejó en su siervo, «quadam sigillatione sui», el don de su infinito amor, físicamente señalado por los sagrados estigmas que el Santo llevó impresos en la carne los dos años finales de su vida.

En la contemplación, conoció expe­rimentalmente la presencia invisible de Cris­to y su alma sufrió la acción ejercida so­bre ella por tal realidad; esta pasión diole conciencia del infinito amor de Dios en Cris­to y de Cristo en Dios. En 1228, sólo dos años después de su muerte, Gregorio IX canonizó al Santo y colocó la primera pie­dra de la iglesia a él dedicada en Asís. La palabra de Francisco vive todavía entre nosotros gracias al Cántico de las criaturas (v.).

Las Admonitiones (v. Escritos latinos) muestran su moral en advertencias prácticas dadas a sus hermanos, fruto de un continuo análisis de la propia vida interior; fundada en el Evangelio y las Epístolas de San Pablo, esta moral se halla centrada por completo en el primer precepto, el del amor a Dios por sí mismo y como único bien, del que todos los demás proceden y que se sitúa por encima de todas las cosas: quien ama al Señor de esta forma, lo posee ya interior­mente en la medida para desearlo y com­prender que sin Él la razón de nuestra vida se hundiría en las tinieblas y la nada.

M. Casella