San Bonifacio

Nació en Wessex entre 672 y 675 y murió en Frisia el 5 de, junio de 754. Su nombre de origen fue Wynfredo.

Ingresado muy joven todavía en el con­vento de Adescancastre y pasado luego a Nhutschelle, donde completó su formación bajo la guía del abad Wynberto, pareció al principio destinado a convertirse en uno de los maestros que iban estableciendo la só­lida tradición cultural sobre la que poste­riormente habría de fundarse el renacimien­to carolingio.

No obstante, el ansia de di­fundir la luz del Evangelio por Germania, entre las gentes de su misma raza, llevóle al continente, donde el docto Wynfredo transformóse en San Bonifacio, el apóstol de los germanos.

En una primera etapa es­tuvo entre los frisones (716); vuelto a la pa­tria sin haber obtenido resultados notables, la abandonó después nuevamente (719) y para siempre. En 719 se hallaba en Roma, y allí recibió del papa Gregorio II plenos poderes para la evangelización de los pue­blos germánicos.

Este año inicióse de ma­nera oficial su misión entre los «immanissimi Germaniae populi», como él mismo de­nomina a aquéllos. Citaremos ahora aquí, a través de unas cuantas fechas, los perío­dos más importantes de tal actividad: en 722 fue consagrado obispo en Roma, y en­tre 724 y 731 recorrió Turingia, donde, ade­más de predicar, reorganizó y fundó obis­pados y conventos de hombres y mujeres; Gregorio III elevóle en 732 a la dignidad de arzobispo, y, a partir de 745, ocupó en calidad de tal la sede de Maguncia; en 754, ya muy anciano, vuelve a Frisia, ámbito de su apostolado juvenil, y allí es muerto por los paganos, enfurecidos por su predica­ción.

La magnitud de la obra de Bonifacio en Ger­mania puede inferirse de sus Epístolas (v.), uno de los documentos más interesantes para la historia de Europa en el s. VIII. Gracias al Santo fueron incorporados a la civilización del Occidente latino los germa­nos, destinados a llegar a ser en el seno de ésta una de sus fuerzas más vivas.

El monasterio de Fulda, que fundó en 744 y donde reposan sus restos, convirtióse, efec­tivamente, en el más poderoso centro de la vida religiosa, intelectual y cultural de Ger­mania; en él cabe buscar la cuna del pue­blo alemán como colectividad católica y europea.

E. Franceschini