San Alberto Magno

(Albert von Bollstádt). N. en los primeros años del si­glo XIII en Lavingen (Suabia), m. en 1280 en Colonia.

Con Alberto Magno, el pensamiento es­colástico inicia la obra de conciliación de la filosofía griega con la doctrina cristiana, y de modo especial la traducción en térmi­nos cristianos de la especulación aristoté­lica.

Formado en las más célebres escuelas de su tiempo: Padua, París, Colonia. Alberto Magno entró muy joven, en 1223, en la orden do­minicana, con cuyo general había tenido contacto en Padua. A continuación se dedi­có a la enseñanza, lo cual le llevó a nume­rosas ciudades de Europa: a París, donde, convertido en maestro de teología en 1245, tuvo como discípulo a Tomás de Aquino, que le acompañó después como amigo y cola­borador.

Éste es el período en que logra componer y publicar numerosas obras, en las que resalta su intento de exponer y comentar toda la obra de Aristóteles, revalorizando la autonomía de la razón humana y de la filosofía en relación con la fe y la teología, y la tentativa de conciliar dos mundos opuestos de cultura, tentativa ésta que más tarde permitió a su gran discípulo Tomás una más completa y sistemática ela­boración de la obra.

Los escritos albertianos de divulgación aristotélica siguen con fide­lidad los títulos y las divisiones de la obra del Estagirita, constituyendo grandes pará­frasis de la misma: escritos de «lógica», de «física», de «metafísica» (v. Metafísica), de «ética» y de «política».

Entre otras nume­rosas obras, El cielo y el mundo (v.), Del alma (v.), Sobre la unidad del intelecto con­tra Averroes (v.), De los quince problemas (v.); de más estricto carácter teológico son el Comentario al Antiguo y Nuevo Testamento, la Surnrna de creaturis, el Comentario a los Libros de Sentencias de Pedro Lombardo, la Suma teológica (v.); entre los escritos mís­ticos: el Comentario al «De divinis nominibus», del seudo Dionisio.

Un gran interés por la ciencia y por la indagación experi­mental impulsó a Alberto Magno a investigaciones en sus numerosos viajes e hizo de él un agu­do observador del mundo de la naturaleza, hasta el punto de hacerse sospechoso de magia por los descubrimientos que realizó.

Se le atribuye una De la alquimia (v.) y es el autor de De animalibus, De los metales y de los minerales (v.), De los meteoros (v.) y De la propiedad de los elementos. Su fama se extendió muy pronto y fue consi­derado por sus contemporáneos como una verdadera autoridad en el campo del saber: por ello la posteridad le recuerda con el título de «magno».

Desempeñó importantes cargos en su Orden y, elegido obispo de Ratisbona, abandonó poco tiempo después esta dignidad para proseguir sus viajes y estu­dios por Europa, frecuentemente reclamado para organizar «studia» para la Orden o como árbitro en importantes controversias teológicas y filosóficas.

En los últimos años de su vida, retirado en el convento de Co­lonia, donde murió, mantuvo siempre vivos contactos epistolares con el resto del mun­do y, ya viejo y enfermo, se puso en camino por última vez, en 1277, para defender en París la doctrina y la memoria de su dis­cípulo y amigo Tomás, al que, muerto en 1274, había sobrevivido. Fue canonizado, y la Iglesia celebra su fiesta el 8 de abril.

P. Fadda