Samuel Hahnemann

Médico alemán, creador de la homeopatía. Nació en Meissen (Sajonia) el 10 de abril de 1755, murió en París el 3 de julio de 1843. Hijo de un deco­rador de porcelana, el pequeño Samuel des­pertó, por su capacidad intelectual y su amor al trabajo, el interés de su maestro, quien solicitó y obtuvo para su alumno una beca real que le permitió continuar sus estudios en la escuela de Afra, reservada en prin­cipio a la nobleza sajona. Abandonó aquel centro dos años más tarde para inscribirse en la Universidad de Leipzig. Hahnemann, que con­taba diecinueve años, eligió para su dis­curso de despedida un tema nada trivial: «La curiosa construcción de la mano». En una época en que era preciso remontarse hasta Paracelso para encontrar un trabajo de algún valor sobre tal materia, el genio precoz de Hahnemann hacíale vislumbrar que, por el estudio de la mano, es posible determinar no sólo una clasificación tipológica, sino valiosas indicaciones sobre las tendencias intelectuales de los seres y su estado de salud.

Los estudios en la Universidad de Leipzig resultaron poco fructíferos para el futuro sabio, por cuanto cada profesor se limitaba a exponer en clase su teoría per­sonal y su propio sistema filosófico, el cual casi siempre estaba en contradicción con el de sus colegas. Todos aquellos teóricos de la ciencia médica estimaban indigno de su categoría científica la comprobación expe­rimental de sus teorías, trabajo que dejan en manos de los boticarios; por ello, Hahnemann , al dejar la Universidad de Leipzig (como, más tarde, la de Viena), se dio perfecta cuenta de que no podría considerarse mé­dico mientras no supiera curar efectiva­mente. Por otra parte, dado que casi todos los remedios tenían por base fuertes tóxi­cos, Hahnemann quiso aprender la práctica de las fórmulas antes de lanzarse a recetar. Se entregó, pues, al estudio de la Química; luego, ya casado con la hija de un farma­céutico de Dessau, establecióse como mé­dico en la pequeña población de Gommern, donde no había farmacia, lo cual le permi­tió acumular las dos actividades y com­probar «in vivo» la acción de los medica­mentos que él mismo preparaba.

De regreso a Leipzig en 1789 tuvo lo que él mismo llamó más tarde «su primera revelación»: la necesidad de controlar el efecto de cada medicamento en el hombre sano. Valero­samente absorbió fuertes dosis de quina, luego de ipecacuana y otras sustancias de la farmacopea de su tiempo; estudió sus efec­tos en sí mismo y, acordándose de la fórmu­la de Hipócrates (hasta entonces incomprendida): «similia similibus curan tur», de­dujo de ella la ley que dio origen a la homeopatía: «para curar una enfermedad hay que administrar un remedio que pro­voque en el hombre sano los mismos efec­tos que se observan en el enfermo». Esta teoría levantó una protesta general en el cuerpo médico, que trató a Hahnemann de charlatán; como quiera que éste fabricaba él mismo los remedios que administraba, los boticarios se unieron a los médicos para perseguir al innovador. Pero Hahnemann, que no tenía faci­lidad de palabra, mostróse de una extrema virulencia con la pluma en la mano. Su amigo Becker le ofreció una tribuna: las columnas del Anzeiger der Deutschen, del cual era director.

Los enemigos de Hahnemann no cedían; acosado, escarnecido, abandonó Sajonia, marchó a Hamburgo, estuvo en Prusia y finalmente se estableció en Torgau, donde compuso su Organon del arte de curar (v.). Sus curaciones se multipli­caban y Hahnemann no tardó en contar con amigos, entre los que figuraban personajes de nota: el duque de Sajonia-Gotha, el duque de Ankalt-Kothen, el príncipe de Schwarzen­berg, etc. Sus adversarios lograron que se prohibiera la homeopatía en Austria, en Hungría y en Prusia; entonces Hahnemann se retiró a Kothen, donde puso en orden sus notas con el propósito de que su obra le sobreviviera; formó también algunos discípulos, que se esforzaron en aliviar las amarguras del maestro, que además experimentó gra­ves adversidades familiares: la muerte de su esposa y de la mayoría de sus once hijos. En 1835 llegó a Kothen una parisiense, Mélanie d’Hervilly, quien, desahuciada por la medicina oficial (estaba tísica), decidió — recurso supremo — buscar la curación en Hahnemann, cuya fama se había extendido hasta París.

Después de la curación, calificada por el médico parisiense de «milagro», la joven cliente persuadió a Hahnemann de la necesidad de trasladarse a la capital de Francia, único centro capaz de consagrar su método; Mélanie le ofreció su mano, a pesar de que Hahnemann le doblaba la edad. La pareja se instaló en París el 21 de junio de 1835 y Hahnemann, ayu­dado por su compañera, conquistó muy pronto la capital con su inagotable bondad, con su extremada conciencia profesional y con algunas curaciones espectaculares; allí permaneció hasta su muerte.

A. Labzine