Salomón

Hijo de David y de su es­posa predilecta Betsabé, reinó en Israel du­rante cuarenta años (970-930 a. C.), período caracterizado por la paz, fruto de las vic­torias de su padre. Elevado al trono por la autoridad de éste, aún vivo, con el fin de prevenir una conjuración de elevados per­sonajes que pretendían entronizar al her­mano mayor, Adonías, Salomón adoptó sin vacilar diversas medidas represivas para librarse de sus adversarios. Con una innovación abundante en consecuencias, dividió el te­rritorio israelita en doce distritos adminis­trativos, gobernados por prefectos que per­cibían los impuestos en especies y vigilaban la ejecución de los trabajos forzados. Ello debió de contrariar profundamente el in­nato y casi anárquico sentimiento de liber­tad de las tribus de Israel y ofender a la aristocracia tradicional, basada como en la época del nomadismo, en las precedencias respectivas de los ancianos y de los clanes patriarcales.

El aspecto positivo de tal re­forma residió en la afluencia de enormes riquezas que llenaron las arcas del sobe­rano, quien, de esta suerte, pudo mantener una corte de setecientas reinas y trescien­tas esposas de rango inferior, con todo el personal anejo, y en medio de un fasto inaudito. Los ingresos veíanse además au­mentados por el comercio, que Salomón ejerció directamente. Vendía a Egipto los caballos de Cilicia, y a Siria los carros de guerra egipcios; por aquel entonces, precisamente, fue introducido en Israel, en vasta escala y sólo para usos militares, el caballo, que dio al ejército israelita un aspecto comple­tamente nuevo. Aprovechando la experien­cia del rey fenicio Hiram y de sus mari­neros, Salomón hizo aparejar en el golfo de Acaba una flota destinada al transporte de pro­ductos raros procedentes de remotas regio­nes.

Los arqueólogos han descubierto cerca de Acaba los altos hornos donde los obre­ros israelitas fundían los minerales de cobre y hierro sacados de las montañas circun­dantes. Todas estas fuentes de riqueza cons­tituyen la base de la actividad constructora de Salomón. Con la madera de Fenicia y los opera­rios proporcionados por Hiram (los israelitas especialistas carecían de una expe­riencia suficiente en este aspecto) el mo­narca hizo construir en siete años el Tem­plo de Jerusalén, situado en la colina sep­tentrional de la ciudad, y en trece el pala­cio real, con los maravillosos objetos de marfil y oro de su decoración. Los docu­mentos reunidos imparcialmente en el Libro de los Reyes (v.) nos revelan las diversas impresiones suscitadas por la personalidad del soberano en sus contemporáneos. En ellos pueden leerse las alabanzas al sincero sentimiento religioso de Salomón y las críticas más acerbas contra el sincretismo pagani­zante que observaba el monarca por defe­rencia hacia sus esposas de origen extran­jero.

Es posible también advertir allí el eco del pasmo popular ante el fasto y la ri­queza; pero, asimismo, la desaprobación de los hombres justos y la intolerancia de una gran parte del pueblo, tendente a la rebe­lión, que estalló a la muerte del rey. Los testimonios, no obstante, concuerdan en la exaltación de la «sabiduría» del soberano: «La sabiduría de Salomón superó la de to­dos los orientales y egipcios… Salomón compuso tres mil proverbios, y sus poemas fueron mil cinco. Habló de las plantas, desde el cedro que crece en el Líbano hasta el hi­sopo que surge del muro; habló de los ani­males, de los pájaros, de los reptiles y de los peces» (Reyes, 4, 26-29). La compara­ción con los egipcios, cuya literatura sa­piencial conocemos (Amenemope; Ptahhotpe, v.; Ani), no sólo aporta una caracte­rística de verosimilitud histórica (Salomón había contraído matrimonio con la hija de un faraón, posiblemente Siamon), sino que nos permite comprender también el género de tal sabiduría.

La experiencia de la vida, unida a un acusado espíritu de observación y a cierto conocimiento del mundo natural, manifestábase entonces, en algunos indivi­duos, en la capacidad para expresarse a través de breves sentencias («mashal»: pro­verbio) integradas frecuentemente por un parangón o un enigma, y susceptibles de condensar, como en una preciosa joya, el fruto de tales conocimientos prácticos. Algo de la actividad literaria del soberano (tén­gase en cuenta, no obstante, que él texto anteriormente citado no dice si Salomón escri­bió) figura en el libro bíblico de los Pro­verbios (v.). Aquí, efectivamente, en el ca­pítulo 10, v. 1, hay un título, Proverbios de Salomón, que parece referirse a todos los dísticos, de temas muy diversos, que se extienden hasta el capítulo 22, 16, donde existe otro título, Dichos de los Sabios; en el capítulo 24, v. 23, figura otro, También éstas son palabras de los Sabios, en tanto en el capítulo 25 reaparece la atribución al soberano que nos ocupa: También éstos son Proverbios de Salomón, reunidos por los hombres de Ezequías, rey de Judd, título vinculado a los capitulas 25-29.

En resumen, debe pensarse en la existencia de dos co­lecciones de sentencias salomónicas de épo­cas distintas y reunidas en un mismo libro con las de otros sabios innominados o ex­plícitamente mencionados (cfr. 30, 1; 31, 1). El título general del libro, Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel, pa­rece, en cambio, de origen posterior, y jus­tificado sólo por la notable extensión que en el texto ocupan los dos repertorios salo­mónicos; los capítulos 1-9 presentan un ca­rácter diverso, tanto por el estilo como por el tema. Ningún otro libro bíblico puede atribuirse con seguridad a S„ a pesar de las denominaciones y de la tradición pos­terior. El Cantar de los Cantares (v.) lleva la palabra «Salomón» en el título; sin em­bargo, éste puede ser tardío o bien refe­rirse al personaje mencionado en el poema y no al autor.

Él amor monogámico ensal­zado en la obra en cuestión se opone a la práctica del rey, y el valor alegórico dado a la unión matrimonial no puede ser ante­rior a la época dé los profetas escritores (Oseas, Jeremías, etc.); además, en el Can­tar, según parece, Salomón no puede ser identi­ficado con el esposo, ni su figura es pre­sentada de manera favorable (cfr. Cant 8, 12). El libro del Eclesiastés (v.), en hebreo Qoheleth, lleva el título de Palabras de Qoheleth, hijo de David, rey de Jerusalén, circunstancia que antiguamente indujo a juzgarlo escrito por Salomón; en realidad, empero, el texto es de los siglos III o II a. de C.; además, cabe admitir la posibilidad de que su autor, valiéndose de un recurso literario entonces corriente, quisiera hablar como encarnación del monarca. Tal artificio re­sulta evidente en el libro de la Sabiduría, compuesto en griego durante la época tole­maica (ss. II-I a. de C.); la independencia de esta obra respecto del soberano en cues­tión a pesar del título de los manuscritos griegos, Sabiduría de Salomón, fue deter­minada ya por San Jerónimo y reconocida asimismo en el mundo medieval latino.

La fama póstuma transformó al rey en un mago; adivino durante su vida, habría de­jado, entre varios amuletos y piedras, el célebre sello de Salomón, capaz de ahuyentar las asechanzas mágicas y demoníacas. La Edad Media acostumbró a representarle a caballo y traspasando con una lanza al demonio en forma de mujer. En sus relaciones con la reina de Saba la leyenda ha querido ver el origen de la dinastía etiópica.

E. Galbiati