Safo

Nació en Ereso, en la isla de Lesbos, y vivió durante los últimos años del si­glo VII y la primera mitad del VI a. C. Fue contemporánea de Alceo; pero no sa­bemos si mayor o menor que éste. Perte­necía a una familia noble, y residió casi siempre en la ciudad de Mitilene. El «Marmor Parium» (la famosa inscripción del si­glo III a. C.) dice que permaneció deste­rrada en Sicilia entre los años 607 y 590. Tal estancia puede haber coincidido con el primer destierro de Alceo, o sea el de 595. Safo debió de verse forzada a emigrar junto con el resto de la aristocracia. Sea como fuere, la expatriación no parece haber du­rado mucho tiempo. Al regreso, la poetisa vivió en su tierra. Según demuestra un fragmento que nos ha devuelto un papiro, llegó a la ancianidad. Safo estuvo casada, y tuvo una hija, Cleide, «bella como flores de oro» y con el mismo nombre que llevara su abuela. Entre sus familiares figuraron asimismo tres hermanos: Larico, Caraso y Eurigio.

El primero de éstos, el menor, fue copero del pritáneo de Mitilene, y es elogia­do por su hermana, que le profesaba un tierno afecto; Caraso, el mayor, recibió dulces reproches porque, llegado a Egipto para comerciar, cayó en las amorosas redes de una bella hetera de Naucratis, Dórica. Safo vivió rodeada de un grupo de muchachas que cultivaban la poesía, la música y el canto. Sin embargo, no debe creerse en la existencia de una verdadera escuela, por cuanto era el amor la principal razón del grupo, y no la poesía. Indudablemente, Safo experimentó hacia estas jóvenes sentimien­tos amorosos intensos, que en absoluto pue­den ser negados ni tan sólo reducidos a la simpatía de una maestra respecto de sus discípulas. Con todo, no puede juzgarse ac­tualmente a una lesbia del siglo VI a. de C. a la luz de nuestras ideas morales. Sea como fuere, no deben admitirse las leyendas tar­días que, sobre todo a causa de las chan­zas de los comediógrafos áticos, mancillaron el nombre de la poetisa, a la cual acusaron de malos hábitos. En un fragmento de Alceo se lee: «Safo divina, de sonrisa dulce y pelo de violeta».

El homenaje devoto del inso­lente caballero de Lesbos permite asegurar que ni los reproches ni la malevolencia ensombrecieron jamás la vida mortal de la poetisa. Según otra leyenda más compli­cada, Safo habría sido una mujer más bien fea, que, enamorada locamente de Faón, despe­ñóse, desesperada, en Leucade. Tal tradi­ción, de la cual encontramos ya algunos elementos en la epístola ovidiana de la poetisa a Faón, fue seguida por Leopardi en El último canto de Safo (v.), en el que el autor identifica la presunta desventura de la protagonista con la desgracia propia; en realidad, empero, el poeta no creyó en la leyenda. Platón habla de «Safo la bella»; es posible, empero, que se refiera a sus cualidades poéticas e intelectuales. Ésta pa­rece haberse llamado a sí misma «pequeña y negra» en cierto poema: ello pudo origi­nar el mito de la fealdad. Faón era un demonio del círculo de Afrodita; en una de sus poesías debió de cantar Safo los amores de aquél con la diosa. En otra parece ha­berse aplicado unos versos semejantes a los de Anacreonte: «De nuevo, al despeñarme de la blanca roca, -me zambullo, loco de amor, en las blancas olas».

Posteriormente la «blanca roca» se convirtió en el peñasco de Leucade. Con todo, «echarse de la blanca roca», o «despeñarse de la roca de Leucade», suponía, entre los antiguos, no un suicidio por desesperación, sino el medio a propó­sito para sanar del mal de amor. Por lo demás, como revela el pasaje de Anacreon­te, las expresiones de este género no eran sino meras metáforas. Algún comediógrafo griego, empero, fingió tomar en serio los versos de Safo y le atribuyó el suicidio en cuestión, que explicó reemplazando a Afro­dita con la poetisa en el amor hacia Faón. Más tarde, la chanza, mal comprendida, convirtióse en fundamento de la leyenda de la literata lesbia. Las Odas (v.) de ésta fueron ordenadas por los gramáticos hele­nísticos en nueve libros; en la clasificación de algunas se atendió al metro, y en la de otras al contenido: así, por ejemplo, el pri­mer libro comprendía todas las odas en estrofas sáficas, y el noveno el conjunto de los epitalamios, que presentaba distintas formas métricas. Muy poco ha llegado hasta nosotros de varios millares de versos: una sola oda entera, otra mutilada en su final y diversos fragmentos más o menos breves.

Safo vivía en su reducido y cerrado mundo femenino; y así, sus júbilos y dolo­res eran los de la cofradía. Las alegrías del grupo consistían en goces sutiles: coger flores, hacer guirnaldas, adornarse con ellas, perfumarse, llegar a la embriaguez de la danza y el canto; y, sobre todo, en el amor. Ello supone, además de una exquisita sen­sibilidad, una vida refinada y muelle. Safo amaba el lujo, y no ocultaba tal afición: «Amo el refinamiento», dice en uno de sus fragmentos. Cuando la poetisa escribía tenía ya encanecidos los cabellos, y, como ella misma afirma, sosteníase difícilmente sobre sus rodillas. La ancianidad, empero, había respetado la juventud de su espíritu, por lo cual nuestra autora siguió cultivando sus predilecciones de siempre. Es natural, pues, que en su poesía hable con frecuencia de indumentaria, adornos y joyas. Vestir con poca elegancia una túnica era para ella una falta imperdonable; cuando quiso re­prochar a una amiga sus preferencias hacia su rival Andrómeda preguntóle, con cruel malicia: «¿Qué campesina te perturba la menté para que no sepas llevar la veste sobre las piernas?».

Safo amaba también el oro, pero no por la riqueza, sino por su esplendor, del cual gozaba con los ojos, y con el tacto. Gustó asimismo de las plantas y las flores. La vida era, pues, para ella, refinamiento y amor a lo bello y delicado. Sin embargo, no por ello cabe pensar en un mundo frívolo y corrompido, ni en una delicadeza .ajena al vigor del sentimiento. La sutileza de la poetisa resulta esencial­mente espiritual, y tiene su origen en una extremada sensibilidad y en una profundi­dad sentimental extraordinaria. En cierto fragmento conservado en un papiro Safo nos habla de su concepto de la vida: «Algunos dicen que lo mejor de esta negra tierra es un ejército de caballeros, otros que uno de infantería y otros que una flota de naves; yo tengo por mejor lo que se ama». Tal afirmación supone un verdadero programa de vida, expuesto con segura arrogancia. Safo ratifica su opinión con el ejemplo de Helena, la cual superó con su belleza a cualquier criatura humana, abandonó al marido, glorioso héroe, y dejó ya de pensar en la hija y en los amados padres, por cuanto trastornóla el amor.

Este mismo sen­timiento perturba a la poetisa, la cual, por ejemplo, consumíase por la lejanía de Anactoria: «Preferiría ver su majestuoso an­dar o el refulgente esplendor de su rostro a contemplar los carros de Lidia y la infantería de armas relucientes». La oda en cues­tión, que manifiesta la despreocupación audaz de la autora, destaca asimismo la delicadeza y la dulzura de su amor, senti­miento que, para Safo, llena toda la vida. Y así, lo canta con infinita variedad de ma­tices: no solamente como recuerdo elegiaco y nostálgico, sino también como pasión ar­diente, que lleva consigo celos y dolor. En un largo fragmento llegado hasta nosotros expresa su tristeza por la partida de una amiga. La poetisa tiene el corazón desga­rrado: «iMejor me fuera haber muerto!», dice. Y evoca la escena de la separación. La muchacha estaba triste y llorosa: «iAy de mí, qué gran dolor es el nuestro, Safo! ¡Cuán a disgusto me alejo de ti!», excla­maba. Safo le oculta su deseo de morir a causa de la pena que siente; y, así, le. exhorta: «Anda, sé feliz y acuérdate de mí. Tú sabes cuánto te he amado.

Pero, si lo olvidaste, te recordaré todas las bellezas de las cuales hemos disfrutado juntas». Y Safo habla de las alegrías serenas del grupo, de las guirnaldas y las danzas; una fantasía etérea, encanta­dora, engrandece el recuerdo nostálgico de aquellos pequeños goces. En otras partes, empero, el amor se muestra tempestuoso: «Eros ha quebrado mi alma — dice en un fragmento —cual hace el viento con las encinas del monte al acometerlas». El sentimiento amoroso de Safo equivale a una fuer­za natural que nada es capaz de resistir. Del amor siente la poetisa toda la dulzura y, a la vez, la amargura profunda: «Eros, que des­coyunta los miembros, de nuevo me agita, invencible fiera agridulce». Tales suavidad y aspereza quedan expresadas con un ma­ravilloso contraste en la gran oda de los celos: «Semejante a los dioses me parece aquel hombre que se halla sentado ante ti y te escucha de cerca y con dulzura ha­blar y reír amorosamente. Esto me hace temblar el corazón en el pecho.

Al verte pierdo la voz, se me quiebra la lengua; súbitamente un fuego sutil corre bajo mi piel: mis ojos dejan de ver, los oídos me zumban, gotea el sudor, el temblor se apo­dera de mí, y yo, más verde que la hierba, me siento morir. Todo, empero, puede so­portarse…». La oda en cuestión no está completa; el autor del Sublime no cita nada más. La oda fue traducida por Catulo y Ugo Foscolo, quienes, sin embargo, jamás lograron, no ya superar el original, sino ni sólo competir con él; siquiera grandes poe­tas, ninguno de ambos era Safo. Ésta, como todos los poetas de la Antigüedad, no habló siempre en su nombre; y así, compuso him­nos, pequeños poemas mitológicos y epita­lamios. Con todo, su obra constituye, más que la de ninguno de los otros poetas an­tiguos, una expresión de sí misma. Se ha dado categoría de himno a la gran invoca­ción a Afrodita, la oda inicial del primer libro de Safo; sin embargo, aun cuando tal pue­da parecer por el ritmo del principio y algunos adjetivos litúrgicos, se trata, en realidad, de una plegaria muy personal de la poetisa. Ni tan sólo en los epitalamios hay nada común ni convencional; la autora ríe y sonríe con infinita gracia, alterna los matices jocosos con los más dulces e ínti­mos, y une a veces el sentimiento más deli­cado a una maliciosa ironía que centellea fugaz.

El arte de Safo hunde sus raíces en la sensibilidad, y en ella halla la razón de su vida; equivale casi a una quintaesencia del sentimiento. El ardor es tal que el alma de la poetisa no ofrece resistencia alguna, antes bien, se abandona, y casi acoge ale­gremente la causa de sus penas; debido a ello el sentimiento queda expresado con el realismo, la sinceridad y la lozanía que únicamente suelen darse en las sensaciones. Este arte ardiente y leve, que embellece con las fantasías más suaves las profundi­dades sentimentales, no tiene parangón posible en ninguna otra literatura. Los res­tantes poetas presentan zonas de luz y de sombra, partes más poéticas y otras que no lo son tanto, dada la desigualdad corriente en el brillo del genio; en Safo, empero, todo es poesía, y ello en una forma y con una intensidad siempre iguales.

G. Perrotta