M.a de Josep Sagarra I de Casteixarnau

Poeta y autor dramático catalán. Nació en Barcelona el 5 de mayo de 1894 y murió en la misma ciudad el 27 de septiembre de 1961. Hijo de una linajuda familia oriun­da de la comarca de La Segarra, su padre, Ferran de Sagarra i de Sisear, fue un notable his­toriador y arqueólogo especializado en sigi­lografía. La vocación literaria de Sagarra se manifestó desde su niñez: a los ocho años escribía versos y representaba comedias en su casa. Educóse con los jesuítas de Barce­lona; uno de sus profesores, el P. Moreu, le alentó en su inclinación por la poesía. A los doce años vio publicados sus primeros versos, y en 1914 aparecía su primer libro: Primer llibre de poemes (v. Poesías). Cursó la carrera de Derecho en la Universidad barcelonesa; entre sus amigos y condiscípu­los se contaban los poetas López-Picó (v.) y Riba (v.). Fue presentado a Joan Maragall (v.), quien adivinó en él a un gran poeta en ciernes. Su admiración y amistad por el autor de «La vaca cega» y por Camer (v.) y por los mallorquines Alcover (v.) y Costa i Llobera (v.), fortalecieron sin duda su vocación, a la que contribuyeron también las impresiones recibidas en su primer viaje a Italia en 1912.

Terminados sus estudios universitarios, se trasladó a Madrid con el propósito de prepararse para el ingreso en la carrera diplomática. Su estancia en la capital de España le permitió conocer y tra­tar algunas de las figuras más sobresalientes de las letras, las artes y la política del mo­mento. Hacia 1917, abandonado su intento de entrar en la diplomacia, decidió consa­grarse a la literatura y al periodismo. En­cargado por El Sol, de Madrid, de la corres­ponsalía en Berlín, pasó a Alemania, donde residió una larga temporada. De nuevo en Cataluña se entregó a una. plena vida ciu­dadana y a una incansable actividad lite­raria y periodística, todo de signo neta­mente autóctono. Colaboró en los principales periódicos y revistas barceloneses en lengua catalana, singularmente en los diarios La Veu de Catalunya y La Publicitat, y más tarde en el semanario Mirador, en el que acreditó su rúbrica Aperituis, comentarios volanderos a toda suerte de actualidades, de un tono ácido y pintoresco; al mismo tiempo se lanzaba a la aventura teatral y frecuen­taba las tertulias literarias en las que im­ponía su pronto y vivaz sentido de la sátira.

En los Juegos Florales de 1931 fue procla­mado «mestre en gai saber». Por este ca­mino, Sagarra pasó a ser una de las figuras más conocidas y relevantes de la sociedad bar­celonesa. Sus frases cáusticas, sus versos de circunstancias, mordaces y goliardescos, co­rrían de boca en boca en cafés y salones; algunas de sus coplas, pequeñas obras maes­tras del género, aparecieron en el semanario satírico El be negre. Concurría a todos los estrenos, conciertos, exposiciones y solemni­dades de toda especie; mataba horas en las peñas, las redacciones, los camerinos, via­jaba, a ratos hacía política, era un invete­rado cliente de los buenos restaurantes y locales nocturnos, y la gente se preguntaba qué tiempo podía quedarle para escribir sus largas tiradas de versos, sus numerosos ar­tículos, sus periódicas comedias, sus traduc­ciones. Los chismosos, a menudo movidos por la envidia, se cebaban en su vida pri­vada, y los «padres de familia» se escan­dalizaban ante ciertos falsos rumores. La verdad es que pocos vivieron con tanta intensidad el período inquieto, apretado, despreocupado, lleno de buenos y malos augurios de la Barcelona de entreguerras.

Semanas después de estallar la revolución (1936) Sagarra pasó a Francia, donde casó con una catalana; desde París emprendió viaje de ocho o nueve meses a los mares del Sur. Fruto de esta excursión fueron los libros Entre l’Equador i els trópics (poemas) y El camino azul (prosa, 1940), este último es­crito en catalán, pero publicado en castella­no. Terminada la guerra civil nuestro autor regresó a Barcelona; entonces le tocó vivir unos años difíciles y oscuros, que dedicó a terminar la versión de la Divina Comedia, a la composición de un vasto poema sobre Montserrat y a la traducción de Shakes­peare. Hacia 1946 reanudó su actividad de comediógrafo y mucho tiempo después la de periodista, esta vez en castellano, espe­cialmente en Destino y La Vanguardia. Por aquel entonces se acentuó en el poeta el viraje hacia la derecha, iniciado ya en los años que precedieron a la guerra civil (cfr. Reina); su actitud escéptica y libre quedaba al parecer corregida por un pro­gresivo acercamiento a las ideas tradiciona­les y conservadoras.

También son de ob­servar en los últimos tiempos sus contactos con la intelectualidad conformista y oficial de Madrid, y sus esfuerzos por imponer su teatro en versiones castellanas. Al morir dejó inédita una comedia, la única que escribiera en castellano. Hasta aquí, una si­lueta biográfica de nuestro autor. Su obra poética, ya tan promisoria en el citado Primer llibre de poemes, continuó con El mal caçador (1916), tema legendario que prenuncia su Comte Amau (v. El cazador feroz) y con Cançons d’abril i de novembre (1918). Estas tres primeras colecciones reve­laron a un poeta precoz, muy dotado, puro e instintivo, que se maravilla ante el espec­táculo de la Naturaleza y se sumerge en ella (cfr. Chora). El lenguaje es luminoso, de sabor popular y los temas son descriptivos: el campo, la montaña, el mar, la niñez en el hogar, un amor alegre sin dobleces ni in­quietudes. En 1922 publica el volumen Can­çons de tavema i d’oblit, cuya composición empezó en Berlín, en el que se perfila un cambio de rumbo en la actitud vital y esté­tica del poeta. Cesa el idealismo y aparece un escepticismo amargo, desgarrado y un erotismo de «enfant terrible».

Siguen en el mismo tono Cançons de rem i de vela (1923) y Cançons de totes les hores (1925); en este último libro se observa un retorno a la balada y a lo popular de las primeras colec­ciones. El conde Amau (1928, v.), en varios miles de endecasílabos, se basa en la famosa canción popular, que ya había sido glosada por Guimerá, Verdaguer y Maragall. Se tra­ta de un poema prolijo, con muchos pasajes borrosos e inertes y algunos momentos de logrado vigor expresivo; tal vez su máximo valor resida en la riqueza y propiedad del léxico de que el autor hace gala en las descripciones del bosque y la montaña. Si­guió Poema de Nadal (1931), escrito en po­cos días, espontánea y fresca evocación del misterio navideño, sencillo, folklórico, emo­cionado, de notables valores plásticos. Sus tres últimos libros poéticos (La rosa de cristall, 1933; Ancores i estrelles, 1936 y el ya citado Entre l’Equador i els trópics, 1941) acentúan el tono escéptico y crudo, y cons­tituyen un intento poco feliz de aproxima­ción a las corrientes nuevas. Queda el ex­tenso Poema de Montserrat, esforzado canto a los valores religiosos, legendarios, histó­ricos y naturales de la montaña sagrada de Cataluña; los resultados no corresponden, en términos generales, al magno y noble propósito.

Parece ser que Ignasi Iglésias y Pere Coromines animaron a Sagarra a escribir para la escena (v. Teatro). De 1918 es su primer estreno: Rondalla d’esparvers, dra­ma romántico con toques dannunzianos y punto de arranque de un largo y casi in­interrumpido quehacer teatral, que perdu­rará a través de más de cuarenta años du­rante los cuales la producción de Sagarra — que comprende cerca de cincuenta obras estre­nadas, sin contar las traducciones — llenó en gran parte la vida escénica catalana de Barcelona y de Cataluña entera. Dramas y comedias de inspiración popular o patrió­tica, farsas de corte molieresco, escenas rurales y ciudadanas, casi siempre situadas en el ochocientos — masías, tabernas, posa­das, salones isabelinos —, historias senti­mentales, presididas muy a menudo por una figura de mujer, entre románticas y realis­tas, expresadas en un lenguaje que regurgita metáforas de vaga inspiración popular, y en versos fáciles, sonoros, restallantes, fuer­tes hasta el desgarro o tiernos hasta el idilio, con verdaderas arias — incluido el calde­rón—, a cargo de la primera dama o del galán, en las que se centra el meollo del episodio o los sentimientos que dominan al personaje, y con las que se solicita, y casi siempre se obtiene, la admirada atención y el aplauso de un público sencillo y bien dispuesto, afecto todavía a la tradición de Pitarra y de Guimerá; he aquí, en resumen, lo más característico de esta dramática ana­crónica y despreocupada, pero brillante, amenísima, llena de colorido.

Después de la guerra civil, Sagarra, que llegaba de París, intentó poner su teatro al día y escribió dos come­dias dramáticas, La fortuna de Silvia y Ga- latea, en las que hombres y mujeres de nuestro tiempo hablan en prosa y se deba­ten entre problemas contemporáneos. Des­graciadamente, nuestro autor no perseveró en la nueva dirección y reincidió en los antiguos modos, que fueron los que le pro­porcionaron sus grandes éxitos populares. Últimamente triunfó con una obra de tema actual, La ferida llurninosa (1955), de trama basta y efectismos melodramáticos; este drama fue aplaudido también en Madrid, traducido por José M.a Pemán, y pasó luego a la pantalla. Las producciones posteriores revelan cierto cansancio o son simples adap­taciones (del Avaro de Molière, en El senyor Perramon, y del Casamiento de Gogol, en El fiscal Requesens). De la extensa obra escénica de Sagarra destacaríamos tal vez La filia del Carmesí, entre las comedias de inspira­ción popular y La plaga de Sant Joan u otra parecida, entre las farsas de ascendencia molieresca.

Como narrador su obra más considerable son las Memáries (1954, ed. cas­tellana de 1957), en las que el autor recoge recuerdos familiares y personales, compren­didos dentro del primer cuarto de este siglo. De sus tres novelas, Paulina Buxareu (1919), Ajo y salobre (1929, v.) y Vida privada (1930), sólo la segunda, erótica, realista, de ambiente marinero, se salva del olvido. También recogió en tres volúmenes (Café, copa i puro, Aperitius y Cola de gallo) crónicas y trabajos periodísticos. Su obra de traductor es importante. La versión ri­mada de la Divina Comedia le ocupó largos años; es extremadamente cuidada, circuns­tancia digna de destacarse en un escritor como Sagarra, rápido y expeditivo, poco dado a la lenta elaboración y a las pacientes revi­siones. En cambio su traducción de treinta obras de Shakespeare es desigual y en no pocos pasajes muy discutible; con demasia­da frecuencia el traductor ha prestado al inglés el lenguaje metafórico difuso y des­mesurado, con más sonoridad y color que fibra, de un teatro original. El conjunto de la producción sagarriana impresiona por su volumen, por el curso «fluvial», que jamás desfallece, y por la proyección popular que ha alcanzado.

Sagarra ha sido un eficaz divulga­dor de poesía con sus composiciones líricas y épicas y sobre todo con su teatro. La notoriedad del poeta fue extraordinaria, singularmente hasta 1936. Escritor vuelto hacia el pasado, profuso, de gran aliento verbal, su obra constituye una excepción en estos tiempos en que la poesía suele cua­jar en piezas breves y escuetas y en que la dramática plantea problemas de actualidad palpitante o presenta figuras de la nueva filosofía en formas antirretóricas y más bien esquemáticas. Sagarra murió en plena actividad, si bien algo distanciado de la genuina reali­dad de su país y de su tiempo; con todo conservó hasta el último momento la relu­ciente aureola de poeta popular — el más popular en Cataluña después de Verdaguer — a lo que tal vez no dejó de contribuir la sugestión de una vida casi legendaria de bohemio de altura y de aristócrata nato.

J. Oliver