Roger Martin Du Gard

Nació el 23 de marzo de 1881 en Neuilly-sur-Seine. Hijo de Paul Martin du Gard, abogado, y de Madeleine Wimy, pertenece a una familia de magistrados y financieros. Realizados los estudios de segunda enseñanza en los liceos Condorcet y Janson de Sailly, fue admitido en la École des Chartres, de donde salió archivero paleógrafo en 1903. La lectura de Guerra y paz (v.) despertó en él la voca­ción de novelista. En 1906, poco después de su matrimonio, inició Vie de Saint, «mi­nuciosa biografía de un sacerdote de la dió­cesis de Sées», que no habría de terminar jamás, y cuyo fracaso constituiría para el autor una amarga desilusión. Dudoso acer­ca de sus propias capacidades e indeciso respecto a su futuro, siguió durante una temporada, antes de volver al trabajo, las prescripciones clínicas de eminentes neuró­logos. Después, compuso de una sola vez el primer libro por él publicado, Devenir (1908), novela en la que, a través de ciertos detalles aún toscos, aparecen ya intensa­mente algunos de los rasgos más originales del talento de Martin Du Gard: la impersonalidad del escritor, oculto detrás de sus personajes, una atención muy acusada a la salud y a la enfermedad, una psicología fundada en la fisiología y en la extremada simplificación del estilo, que tiende a la naturalidad más absoluta y llega incluso a pasar inadvertido.

El año siguiente el autor decidió retirarse al campo, y así, establecióse primeramente en el Cher, donde trabajó mucho tiempo en otra novela, Jean Barois, aparecida en no­viembre de 1913, y compuso una «farce pay­sanne», Le testament du père Leleu. Con Jean Barois Martin Du Gard perfeccionó una téc­nica narrativa que le obsesionaba ya cuan­do había empezado a escribir: la novela en cuestión está escrita por completo en esce­nas dialogadas, enlazadas entre sí por bre­ves textos aclaratorios comparables a las acotaciones en las obras teatrales. Bien aco­gida en los medios de la Nouvelle Revue Française, Jean Barois mereció, sin em­bargo, las reticencias de varios críticos. Tal intento, semejante al de Joyce, pareció ha­ber abierto nuevos caminos a la novela; no obstante, el ensayo no se vio imitado, y aun su mismo autor hubo de renunciar a su repetición, luego de muchas experiencias negativas, cuando emprendió Los Thibault. Mientras tanto, las circunstancias inclina­ban a Martin Du Gard hacia el teatro.

Su rela­ción con Jacques Coupeau, que en el Vieux Colombier procuraba renovar la escena fran­cesa, fue para él, apenas representada su obra Le testament du père Leleu, una reve­lación y el principio de una intensa amis­tad. Sin embargo, a su regreso de la gue­rra, en 1920, nuestro autor renunció a sus proyectos teatrales y establecióse en Clermont (Oise), donde acumuló notas y planes para su nueva novela, «la historia de dos hermanos, dos seres de temperamentos tan distintos y divergentes como sea posible, pero profundamente marcados por las oscu­ras semejanzas que crean, entre dos con­sanguíneos, un atavismo común muy pode­roso». A lo largo de diecisiete años, de 1920 a 1937, y salvo alguna interrupción, nues­tro autor — quien residió entonces sucesi­vamente en Clermont, Belléme (Orne), Sauveterre (cerca de Aviñón) y Niza, con bre­ves estancias en París— dedicó la mayor parte de su tiempo a la elaboración de esta amplia novela, Los Thibault, integrada por ocho secciones. Mientras tanto había com­puesto otra «farsa rural», La Gonfle (1924), el extenso cuento Confidence africaine (1931), el drama en tres actos Le tacitume, representado el mes de octubre de 1931 en la Comédie des Champs-Elysées por Louis Jouvet y publicado en 1932, y una serie de cuadros rurales titulada Vieille France (1933), en los que el autor describe los diversos episodios de la vida cotidiana de un pueblo dominado por los caprichos de un propietario.

Preparaba el último volumen de Los Thibault, Épilogue, cuando supo que la Academia de Suecia le había otorgado el Premio Nobel de Literatura (1937). Aban­donado finalmente su retiro, empezó a via­jar. Tras una larga excursión por Europa que le llevó a Suecia, Dinamarca, Alemania y Austria, dirigióse a las Antillas y se esta­bleció en la Martinica, cerca de Fort-de- France, donde acabó el Épilogue de Los Thi­bault, que aparecería en enero de 1940. Du­rante la segunda Guerra Mundial empren­dió la composición de una nueva obra, Souvenirs du colonel de Maumort, todavía no terminada. Poco después de la muerte de Gide, a quien le uniera durante casi cua­renta años una íntima amistad, publicó el libro de recuerdos Notes sur André Gide (1951). En la literatura contemporánea Martin Du Gard ocupa, sin duda, un lugar propio. Vinculado profundamente, sobre todo a la verdad psicológica y sociológica, y mar­cado por el influjo de la École des Chartes, que frecuentó en su adolescencia, y los con­tactos con la psiquiatría, nuestro autor lleva a sus consecuencias extremas el escrúpulo científico y, así, no confía nada a la casua­lidad y rechaza cuanto podría desviar un riguroso determinismo, fundado en una ex­periencia continuamente renovada.

Descon­fía de la intrusión del autor, con sus senti­mientos y reacciones, en la trama del relato; no se fía ni del estilo. Pretende, ante todo, según él mismo repite, «faire ressemblant», máxima que le obliga a muchos sacrificios. Martin Du Gardha escrito, con motivo de la edi­ción de sus obras por la biblioteca de La Pléiade (1955), Souvenirs autobiographiques et littéraires, en los que, con una gran fran­queza y una modestia ejemplar, cuenta sus dificultades, vacilaciones y fracasos.

J. Brosse