Nació en Pont Canavese el 21 de agosto de 1872 y murió en Castellamonte el 23 de marzo de 1943. Fue, en realidad, un «maestro»: puso en práctica su pensamiento y procuró adecuar a éste sus acciones, reducidas, sin embargo, a la mínima expresión por su filosofía, que absorbe la actividad en la contemplación. Temperamento fuerte e independiente, puede considerársele un «santo laico». Graduóse en 1893 en Turín, y luego siguió estudiando en Alemania. La Introducción a la metafísica (1904, v.), que, junto con La libertad (1928, v.), integra lo mejor de su producción, llevóle en 1906 a la cátedra de Filosofía de la Academia Científico-Literaria de Milán, posteriormente Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad ambrosiana.
Explicó allí Filosofía moral y teorética a un público abigarrado atraído por los aspectos misteriosos de su ideología, procedente de los sistemas pitagórico y neoplatónico, así como de las corrientes indias. Dedicó sus horas más intensas de reflexión particularmente a los clásicos del pensamiento, algunos de los cuales son fuentes de su filosofía: Platón, Plotino, Spinoza, Kant, Schopenhauer y los ideólogos indios del brahmanismo y el budismo, estudiados en su primera obra El sistema Sankhya (1897). Entre sus preferencias figuraban San Agustín, Vico, los pragmatistas, intuicionistas y voluntaristas, Hegel y el neohegelianismo; en realidad, las nueve décimas partes de la filosofía contemporánea. Le irritaban la secularización de lo sagrado, el descenso de la ciencia filosófica a un nivel mundano, las negaciones superficiales de la metafísica y del valor teorético de la verdad, las filosofías del éxito, etc. Nos hallamos ante un panteísmo acósmico brahmano – spinoziano, aspiración a Dios como desvanecimiento de lo múltiple y del devenir en lo Absoluto.
Los espíritus superiores constituyen, para Martinetti, una especie de invisible y no histórica «ciudad de Dios» ajena a cualquiera de las iglesias positivas (que, siquiera tiendan a lo Absoluto, quedan corrompidas en el formalismo, circunstancia a la cual no escapa — según Martinetti — la Iglesia católica de la que nuestro autor fue un implacable adversario), «unidad de todas las almas religiosas que han sido, son y serán», o sea de cuantos viven racionalmente. Resuelta, pues, la religión en el momento racional más elevado, Martinetti niega la divinidad de Jesucristo, figura que trató específicamente en el discutido volumen Gesù Cristo e il cristianesimo. Consecuente con sus ideas filosóficas, se opuso al fascismo. Vivió retirado los últimos años de su vida, dedicado por completo a la reflexión y a la Rivista di filosofia, de la que fue el alma y en la cual publicó numerosos textos magistrales.
M. F. Sciacca

