Ricardo Palma

Nació en Lima el 7 de fe­brero de 1833, murió en Miraflores el 6 de octubre de 1919. Su primera juventud apa­rece ligada al típico y confuso mundo limeño intelectual y político del período más in­mediato a la independencia: estudiante de la Universidad de San Marcos, se dedica ya desde entonces al teatro y a la poesía, consiguiendo en 1851 un aceptable éxito con la representación de Rodil, y en el periodis­mo, colaborando (1860) en El Diablo. Liberal y progresista, su primera intervención en po­lítica le acarrea el destierro en Chile, donde prosigue sus polifacéticas actividades y en 1862 funda La Revista de Sudamérica; ha­biendo ingresado en el Cuerpo jurídico de la Armada, interviene como oficial de la misma en el combate naval del Callao (1865) y de nuevo en su patria consigue importantes cargos en la vida pública peruana hasta llegar a secretario del gobierno de Balta y posteriormente a senador. Una se­gunda etapa de su vida, a raíz de su matri­monio, es más apacible.

El escritor abando­na el primer plano de la política, estudia, investiga, acumula en los archivos datos para su obra, se absorbe en un mundo más sabio y contemplativo. El excelente narrador va formándose y dejándonos su obra desigual, diversa, en algunos casos es­pléndida. En 1884 ocupa el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Lima, que conserva hasta 1912; presidente de la Aca­demia peruana y miembro de la española, en 1892 estuvo en España con motivo del IV centenario del descubrimiento de Amé­rica. De reconocido prestigio en el mundo cultural hispanoamericano, Ricardo Palma es la figu­ra más significativa del romanticismo pe­ruano y uno de los escritores mejor dota­dos del siglo XIX americano. Polifacético, espíritu renovador y progresista, su activi­dad literaria se desarrolla en campos muy diversos. Como poeta (v. Poesías) sigue la corriente romántica europea de Zorrilla, Heine, Víctor Hugo, Byron, publicando en 1865 sus Armonías; en 1866 un volumen que contiene Juvenilla, Armonías, Cantarcillos, Pasionarias, Traducciones, Verbos y Gerundios y Nieblas; en 1870 Pasionarias y en el 1877 Verbos y Gerundios; no logra sin embargo expresar su auténtica perso­nalidad en la poesía y pasado el furor ro­mántico despierta su interés por la leyenda romántica de tema nativo; en 1860 escribe Pala-Huarcuna, que pudiera considerarse como un preliminar de sus Tradiciones (v.); poco a poco Ricardo Palma va desligándose de la leyenda romántica española y perfilando el característico y personalísimo mundo de sus Tradiciones, en las que trabajó desde 1872, fecha de aparición de la primera se­rie, hasta 1918, en que a la edad de ochenta y cuatro años compuso Las mejores tradi­ciones peruanas (v. Tradiciones peruanas).

El conjunto de la obra, en once series, es de una evidente grandiosidad, si bien en particular hay un cierto desorden provo­cado por repeticiones, remansos fatigosos y temas muy dispares, entre éstos artículos críticos. Mitad historia y ficción, domina un fondo socarrón, intercalado con emotivas referencias al mundo americano. Su pro­ducción teatral, obra de juventud, se re­duce a los dramas La hermana del verdugo y La muerte o la libertad, Rodil (1851) que carecen de interés. Más importantes son sus ensayos La bohemia de mi tiempo y Re­cuerdos de España (1889) en la que recoge las impresiones de su estancia en España. De carácter histórico son los Anales de la Inquisición de Lima (1863) y Monteagudo y Sánchez Carrión (1873); cultivó también el ensayo lingüístico, Neologismos y americanismos (1895) y Papeletas leocicográficas (1903).

En 1911 publica sus Poesías com­pletas; otras obras son Lira americana, co­lección de poesías del Perú, Chile y Bolivia (1865), Apuntes para la historia de la biblioteca de Lima (1912), El demonio de los Andes (1911) y la leyenda Oderay o el último beso (1885). Pero el gran artista que­da vinculado a la prosa de las Tradiciones. Consigue en ellas Palma, y esto es todo lo im­portante, uno de los escasos conjuntos autó­nomos y logrados de la literatura hispano­americana del siglo XIX, demasiado dis­persa, esporádica, atenta a lo europeo, y en la que sólo asoman tentativas y arranques de algunos de los característicos mundos que la literatura de allá nos ha dado, como la naturaleza imponente y salvaje y lo in­dígena. Palma es ya literatura hispanoameri­cana, más por el fondo que por la forma, no exenta de cierta ironía, pero ya muy conocida en Europa.