Raterio, obispo de Verona

Nació no lejos de Lieja hacia 890 d. de C. y murió en Namur hacia 974. Pocos hombres tuvieron en la Edad Media una vida tan angustiada como este monje belga, que fue indudablemente una de las más fuertes personalidades del siglo X. Ingresó muy joven en la abadía de Lobbes, donde adquirió una vasta cul­tura y adonde acudirá siempre, como refu­gio seguro, en los más duros períodos de sus muchas tribulaciones. Cuando su abad Ilduíno, con el que había ido a Italia a la corte de Hugo de Provenza, trocó su obis­pado de Verona por el arzobispo de Milán, Raterio le sucedió (931) en la regencia de la dió­cesis véneta, que era entonces una de las más importantes de la alta Italia. Pero no tardaron en producirse disensiones con el rey Hugo, quien lo hizo encarcelar en Pa­vía (935-937) y lo desterró después a Como (939). De vuelta a Verona en 947, viose obli­gado a marchar de nuevo por orden del rey Lotario, y obtuvo por breve tiempo el obis­pado de Lieja.

En 961 se encuentra por ter­cera vez en Verona; pero después de siete años de dura lucha contra el clero hostil a su obra reformadora, abandona para siem­pre la ciudad (968) y regresa a su patria, donde muere y es sepultado en Lobbes, el monasterio de su juventud. Sus Escritos (v.) se refieren a su actividad episcopal y son la viva expresión de aquel deseo de refor­ma de las costumbres del clero, que cons­tituyó la finalidad principal de su vida y de su obra. De especial importancia son sus cartas, que afrontan a menudo temas de gran importancia doctrinal, y describen, con un lenguaje sincero y con una rudeza a veces desconcertante, las tristes condiciones de un siglo turbulento.

La cultura de Raterio fue superior a la de cualquier hombre de su tiempo: conocía bien a los clásicos, y el códice de Catulo (hoy perdido) llevado por él de Verona a Lobbes (de donde no será devuelto a su patria hasta el siglo XIII) es la fuente de toda la tradición manuscrita del gran lírico latino. Perjudicó a Raterio la im­petuosidad, a menudo inmoderada, de su espíritu, y la aversión a cualquier suerte de transigencia le impidió a veces captar la realidad de su tiempo, pero su obra sub­siste, aunque fracasó en sus proyectos, como ejemplo de fortaleza en aquel siglo que ha sido llamado de hierro.

E. Franceschini