Nació el 13 de marzo de 1869 en La Coruña (Galicia). Es de familia asturiana. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. Se doctoró en 1893. Había estudiado también en la de Toulouse. Catedrático de Filología Románica de la de Madrid (1899) se le considera el iniciador de esta disciplina entre nosotros. Con científico rigor la estudia y la expone con una sobriedad de la que parece haberse eliminado definitivamente el resto de retoricismo que quedaba entre los investigadores españoles. Aunando exactitud en el dato y la elocución enunciativa más adecuada para la didáctica, realiza magistrales estudios sobre la lingüística, la literatura y la historia de España. Tiene un gran prestigio europeo y es doctor «honoris causa» por varias universidades, como las de Tubinga, Oxford, París y Lovaina, entre otras. Ha explicado su especialidad en algunas americanas, como en la de Columbia (Nueva York). También ha regido los estudios e investigaciones lingüísticas españoles de más trascendencia desde la dirección del Centro de Estudios Históricos de Madrid y desde la de la Revista de Filología Española. Es académico de las de la Lengua, de la Historia, y de la de Ciencias de Lisboa, de la Hispanic Society of America, etc. Director de la Academia de la Lengua durante muchos años.
Esta Academia, en 1959, le rindió un homenaje, así como otras instituciones, con motivo de sus noventa años. Es la más prestigiosa figura de la Universidad española. Antes, con motivo de sus bodas de plata con el profesorado (1925) y con el de su jubilación, se le ofrecieron otros, como la publicación de Miscelánea de estudios lingüísticos, literarios e históricos (1939, tres tomos) en la que colaboraron los profesores universitarios y eruditos de más prestigio españoles y extranjeros. Su Manual elemental de Gramática histórica española (1904), de gran rigor y precisión, ha sido editado varias veces, cada una más perfeccionado, atendiendo las observaciones de los romanistas europeos, añadiendo bibliografía y nuevas materias pero abreviando lo más posible la exposición, dándole, al mismo tiempo, mayor claridad y comodidad tipográfica. La quinta edición (1925) supone un manual perfecto. A este libro técnico ha de agregarse los Orígenes del español (v.) (1926; 2.a ed. 1959; 3.a, 1960) en la que estudia el «estado lingüístico de la península ibérica hasta el siglo XI», sin la pretensión de abarcar el tema —como en los tratados de Aldrete y de Mayans — con toda extensión, sino preparar el camino a una historia general del idioma «haciendo que lo que antes era una especie de prehistoria del español, entre, mediante la aportación de documentos nuevos, dentro de la historia propiamente dicha», según las palabras del autor al lector.
Estudia también los documentos escritos antes del año 1200, con cuyos tardíos manuscritos literarios se comenzaban antes esos estudios. Los de Menéndez Pidal en este libro se refieren a las glosas Emilianenses y Silenses y a los documentos de León y de su frontera oriental de Castilla y de Aragón. La gramática, con sus resúmenes geográficos, regiones y épocas, le llevan a conclusiones de gran valor histórico y lingüístico, sobre la dialectología hispánica. Con ella se abrió una brillante escuela de investigadores. Anteriormente ya había penetrado varios siglos de la literatura española en su Antología de prosistas españoles (1899; 2.a edición corregida, 1928) en la que trata de «entender el sentido especial» con que se escribió cada palabra «representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él (el autor estudiado) en la suya tenía presente al escribir». Aunque reconoce que es muy difícil acercarse a este ideal, aspira a que sus observaciones gramaticales, retóricas y literarias que surgen en la lectura de los clásicos «tomen un aspecto principalmente histórico». Quiere poner al alcance de los estudiantes época, intención y estilo de cada autor. La advertencia sobre la lengua medieval y los prólogos que preceden a cada texto seleccionado, forman una cuerpo de doctrina lingüística.
Comienza con tres capítulos de la Crónica general de España del Rey Sabio y acaba con el del sitio y defensa de Zaragoza del conde de Toreno en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España; o sea del siglo XIII al XIX. Presenta a diecisiete autores entre los dos citados. Julio Casares, en su crítica a esta antología, echaba de menos a Juan de Valdés y Torres Villarroel. Pero ha de considerarse como una magnífica aportación a la lingüística española. Han aparecido nuevas ediciones de este libro en la Colección Austral. Con su riguroso conocimiento lingüístico ha penetrado y se ha especializado en la literatura de la Edad Media. Y especialmente en las gestas y romances. En la figura del Cid sobre todo. Ya en 1895 la Academia Española le premió su extraordinario trabajo del Cantar del Mío Cid. Texto, gramática y vocabulario (1908-1911), modelo de investigación literaria y de edición erudita. Constituyó una suprema expresión técnica de las tierras y de los pueblos castellanos» el gran motivo de la generación del 98. Pero él centró su atención en el héroe, y como expresión total de ella surgió La España del Cid (1939, v.) en la que, tras una introducción historiográfica, nos da un magnífico cuadro histórico del Cid castellano, conquistador de Valencia.
Contiene su exclusión de Castilla y la invasión almorávide en la que asume la resistencia oscureciendo al emperador y rechazando a los invasores. En este libro hay páginas de creador literario como en «Adiós juglaresco a Castilla». Otros libros de importante contribución a nuestra Edad Media son La leyenda de los infantes de Lara (1896), La leyenda del abad Juan de Montemayor (1903), La epopeya castellana a través de la literatura española (1910), El romancero español (1910) y otras publicaciones y antologías del tema como su popular Flor nueva de romances viejos (1928) que le llevan a las conclusiones de una obra definitiva. El romancero hispánico (1955), Historia y epopeya (1934) y tantas relativas a ambos temas como Crónicas generales de España (1898), Crónica general de España que mandó componer Alfonso el Sabio (1916), Roncesvalles, un cantar de gesta español del siglo XIII (1917) hasta Reliquias de la poesía épica española (1951). De sus libros más difundidos ha de mencionarse especialmente Poesía juglaresca y juglares (1924, v.) que es de un gran atractivo, no obstante su documentación histórica.
Ya anciano, ha emprendido una Historia de España (1947); y, pasados diez años, trata a Roldán, el héroe de la gesta francesa, con las más atrevidas y juveniles ideas; y ya pasados sus noventa años, el infatigable trabajador nos da una versión revolucionaria del padre Las Casas (el ídolo de los intelectuales hispanoamericanos), como un caso patológico. El fecundo historiador y erudito, desde su cumbre intelectual, da a las generaciones de investigadores filológicos y literarios de su escuela y de fuera de ella, una extraordinaria e inolvidable lección histórica.
A. del Saz

