Marcelino Menéndez Pelayo

Nació y murió en Santander (3 de noviembre de 1856- 2 de mayo de 1912). Hijo de un catedrático de Instituto, estudió el bachillerato en su ciudad natal y Filosofía y Letras en la Uni­versidad de Barcelona (1872-1875) en la que fue discípulo de Milá y Fontanals y de Rubio y Lluch. Después estudió en las de Madrid y Valladolid, donde se licenció con premio extraordinario (1874). Al año si­guiente se doctoró en la de Madrid, también con premio extraordinario, con una valiosa tesis sobre La novela entre los latinos. Pensionado por el Estado viajó por el extranjero. Estudió e investigó en bibliotecas y archivos de Francia, Bélgica, Holanda, Por­tugal e Italia. Las amistades de Valera y de Pidal y Mon le fueron muy valiosas. A los veintidós años — las Cortes habían reducido la edad exigida a los opositores a cátedras y universidades — ganó en una brillantísima oposición la cátedra de Lite­ratura del doctorado de la Universidad de Madrid. El tribunal, presidido por Valera, lo formaban Milá y Fontanals, Fernández Guerra, Fernández y González, Campoamor, Rubí y Cañete.

Elegido académico de la Es­pañola leyó su discurso sobre los místicos en 1881, y al año siguiente ingresaba en la de la Historia estudiando ésta como obra de arte. También fue académico de Ciencias Morales y Políticas y de la de San Fernando. Miem­bro del Consejo de Instrucción Pública. En 1897 contesta en la Española el discurso de entrada de Pérez Galdós. En 1898 es desig­nado director de la Biblioteca Nacional y, en 1910, de la Academia de la Historia. Un año después pronuncia dos formidables dis­cursos: el de inauguración del monumento a su amigo Pereda y el del XXII Congreso Eucarístico Internacional. Conservador, fer­voroso católico y tradicionalista, toma parte en polémicas con agresividad juvenil. Así, todavía estudiante, se enfrenta a Salmerón, su catedrático de Metafísica, en la Universidad de Madrid; como después lo haría con Castelar por problemas estudiantiles. Fue diputado por Mallorca (1884) y, con el apoyo de Clarín, senador por la Universidad de Oviedo (1892) y por la Academia Espa­ñola. Españolísimo, replica duramente a los que menosprecian la cultura española (el francés M. Masson o el italiano Tiraboschi con la aprobación de algunos españoles como Azcárate, Revilla o Perojo) o a los que olvidan los valores tradicionales y católicos como en el famoso Brindis del Re­tiro con motivo del segundo centenario de la muerte de Calderón de la Barca. Pero su saber e independencia intelectual también fue objeto de censuras por parte de los afi­nes a su ideología conservadora. Su muerte fue Lina pérdida irreparable para la cul­tura española. Su sepulcro en la catedral de Santander, obra del escultor Victorio Macho, es un perenne homenaje. Al mo­rir legó su biblioteca a la ciudad de Santander. Después se sustituyó por un mag­nífico edificio que inauguró el rey Alfon­so XIII que también descubrió la estatua que perpetúa la figura del maestro.

Su ideo­logía puede calificarse de tradicionalismo renovador. Gran arquitecto de la literatura española, cuanto se ha hecho posteriormente ha seguido fielmente los caminos que él trazara. Fue un formidable polígrafo e in­cansable investigador que inició las maneras modernas de la investigación de nuestro siglo. Su memoria y su fecundidad son asombrosas. Su erudición muy difícilmente será superada. Auténtica formación clásica que acreditan Traducción de Cicerón, Bi­bliografía hispanolatina y Horacio en Es­paña (v.). Da a la literatura un sentido integrador. No concibe la historia literaria como la concibieron los padres Mohedanos que abarcan el desarrollo de todos los sa­beres humanos en una extensión geográfica determinada, y sólo del «lugar» recibía su principio «unitario». En la Introducción al programa de sus oposiciones escribía que «no había razón, verbigracia, para incluir en esa historia a los médicos castellanos del siglo XVI y suprimir a los árabes y judíos de la Edad Media». Para el insigne Menéndez Pelayo el estudio de la literatura «ha de limitarse a las producciones españolas en que predo­mine un elemento estético».

Y, por tanto, insistía en que en la literatura española había que estudiar la de todos los pueblos peninsulares, no sólo la de Castilla, para que no se diesen vacíos ni contradicciones como en el caso de Alfonso X que pertenecería a la española como legislador, como histo­riador y como didáctico y no pertenecería a ella como poeta por estar las Cantigas en lengua gallega. «Mucho puede la lengua, pero no basta a partir en dos a un escritor», dice. Hay una indudable unidad de estilo («comprendiendo bajo esta palabra todo el desarrollo mórfico necesario para que la concepción artística deje de ser idea pura»). Sigue a su maestro Amador de los Ríos e incluye en su programa de literatura a las lenguas peninsulares y a la hispanolatina. Aún agregaría después su atención e inte­rés basándose en nuestra hermandad lite­raria por las literaturas de los pueblos emancipados de América. Además de sus cartas con personalidades literarias españo­las e hispanoamericanas — epistolario valio­so para el tema — han de consignarse los cuatro densos volúmenes que constituyen su Antología de poetas hispanoamericanos (1893-1895) y aún los dos formados con los prólogos de ella que constituyen una bien estructurada Historia de la poesía hispano­americana (v.), desde sus orígenes hasta 1892.

Esta obra se la encomendó la Real Academia Española para conmemorar ofi­cialmente el cuarto centenario del descubrimiento de América. Con ella Menéndez Pelayo se consagra como el iniciador y primer histo­riador de las literaturas hispanoamericanas y como crítico de su poesía. En el ámbito de la literatura española abarcó todos los géne­ros, que aparecen en sus estudios en una minuciosa búsqueda de fuentes e influen­cias. Él mismo los revisó y corrigió en sus últimos años. La poesía fue objeto de trece volúmenes que forman su Antología de poe­tas líricos castellanos (1890-1908 v.) con sus estudios sobre la Poesía castellana en la Edad Media, su Tratado de los romances viejos y el de Juan Boscán. Entre otros ensayos sobre poesía merecen citarse su discurso sobre la poesía mística, y los de poetas como Rodrigo Caro. También escri­bió poesías originales, y, aunque no alcan­zó un nivel de creador, sobresale su inspi­ración dentro de una gran corrección for­mal y métrica. Tiene odas y epístolas como La galerna del Sábado de Gloria o la carta A mis amigos de Santander. En la primera de ellas cincela robustos endecasílabos: «Puso Dios en mis cántabras montañas / auras de libertad, tocas de nieve, / y la vena del hierro en sus entrañas: / tejió del roble de la adusta sierra / y no del frágil mirto su corona…». Como crítico de poesía desta­can los estudios que dedicó al arcipreste de Hita o al marqués de Santillana o el cuadro de época que ilustraba con su gran arte y sabiduría, como en el que precede a la poesía de los cancioneros del siglo XV. Sus trabajos sobre el teatro español son excep­cionales. Están hechos con erudición, pro­fundidad y arte. Calderón y su teatro (1887) es una sabia exposición del gran dramaturgo como expresión del mundo católico español. Aunque la crítica posterior haya revisado algunos conceptos e ideas, siempre será una exégesis tan brillante como aleccionadora.

La Academia Española publicó, póstumo, el monumental estudio y edición de las obras de Lope de Vega que él había preparado por su encargo y que necesitó seis extensos vo­lúmenes (Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, 1919-1929). A su exposición en un prólogo sobre el teatro en general, sigue una serie de monografías sobre cada una de las piezas seleccionadas. Ofrece un cua­dro bastante completo y orientador de la vasta producción del «monstruo de natura­leza», que ordena por su tema y extensión en piezas cortas, religiosas, mitológicas, etc. El genio teatral de Lope de Vega, para Menéndez Pelayo, «resulta natural hasta en la expresión de lo sobrenatural, hasta en la expresión de lo imposible». Pero, como constructor de historia y crítica literarias sobresalen sus estudios sobre la novela. Los orígenes de la española y los novelistas anteriores a Cervantes y la ilustración al tema que dan su elevada cultura y perspicaz investiga­ción, lo convierten en uno de los estudios más originales y fecundos de nuestra época. Orígenes de la novela española (cuatro vo­lúmenes, 1905-1914) apareció en la Nueva Biblioteca de Autores Españoles. A una magistral introducción, siguieron importantes estudios sobre los relatos novelísticos grie­gos, latinos y orientales y la influencia de éstos en la literatura de nuestra península durante la Edad Media, los libros de caba­llerías y las novelas sentimental y pasto­ril, los cuentos y novelas cortas y el estudio sobre La Celestina y sus primeras imitacio­nes y rápida difusión en traducciones por Europa.

La considera como un drama pero de gran influencia en los novelistas. El cuarto volumen de esta gran obra, con la bibliografía de Menéndez Pelayo fue publicada por Bo­nilla San Martín. La muerte del maestro no permitió alcanzar su estudio sobre la picaresca y los coloquios satíricos que pre­paraba. La prodigiosa memoria pudo rela­cionar todo tipo de narraciones en un cua­dro magnífico de su desarrollo. Una de sus obras más trascendentales es Historia de los heterodoxos españoles (tres volúmenes, 1880-1882, v.). Ideó dirigir sus investigaciones a este tema siendo estudiante en Barcelona. Es apasionada y- polémica como reconoció su autor cuando la revisaba un año antes de su muerte. Fijaba su cronología hasta la Constitución de 1876. El plan primero, tra­zado a los veinte años, comenzaba con un discurso y contenía: la religión de los es­pañoles en las épocas romana y visigoda, la heterodoxia desde el siglo VIII hasta fines del XV, el erasmismo y el protestan­tismo en el XVI; quietistas, judaizantes y moriscos del XVII; la Inquisición; el enci­clopedismo del XVIII, y dos libros dedica­dos al XIX (política heterodoxa bajo la reina Isabel II y después de ser destronada hasta la Restauración). El plan, revisado por su amigo Gumersindo Laverde, que fue el animador de la obra, estaba basado en el catolicismo español y en considerar la he­rejía como «accidente pasajero». Este libro no agradó a ninguno de los dos bandos po­líticos predominantes en España.

Apareció como tolerante con algunas de las ideas liberales tan anatemizadas por los tradicionalistas de la época, aunque con inusitada dureza también las atacaba. Ganivet dijo respecto a este libro y su autor: «un espa­ñol de criterio tan amplio y generoso, que hubiera sido capaz de hacer estricta justi­cia hasta a los herejes más empedernidos, si acaso hubiera topado con alguno en sus investigaciones», y está de acuerdo con que los sectarios que se empeñasen en «desca­tolizar» a España «no conseguirían más que arañar un poco la corteza de la nación». En esta obra Menéndez Pelayo se muestra como un gran artista de la biografía de personalidades de aspectos heterodoxos como Prisciliano, Arnaldo de Vilanova, el después reivindicado Ramón Llull, Raimundo Sabunde, los her­manos Alfonso y Juan de Valdés, el famoso Miguel Servet, el judaizante Juan Pinto Delgado, el abate Marchena, el maestro Cayetano Ripoll, José M.a Blanco White, y otros. También señala la influencia de la heterodoxia en sus contemporáneos, drama­turgos, poetas y novelistas como Pérez Galdós. Como brillante discurso ha sido consi­derado el epílogo de la obra, lleno de pasión patriótica por la grandeza y unidad de Es­paña. De enorme importancia literaria y filosófica es su Historia de las ideas estéticas (cinco volúmenes, 1883-1891, v.) que des­arrolla el tema de los siglos XVI a XVIII. Del siglo XIX sólo escribió la introducción que se refería a estética extranjera: juicios generales sobre el romanticismo alemán, in­glés y francés. Los relativos a este último, el tomo V especialmente — sobre Lamartine o Víctor Hugo — se han considerado magis­trales.

Su introducción versa sobre «Las ideas estéticas» entre los antiguos griegos y latinos y entre los filósofos cristianos. Como esquema fundamental del plan de la obra se consideran tres ciclos: I. Orígenes de la cultura estética española, siglos I a XV; II. Creación de la cultura estética na­cional, XVI-XVII, y III. Desarrollo de la cultura estética en España, XVIII-XIX. De este plan quedó por desarrollar lo relativo a España en el XIX. En la «advertencia pre­liminar que dejó escrita, Menéndez Pelayo califica su obra de «largo y árido trabajo, de índole pu­ramente analítica y expositiva» y prevenía que era un libro de investigación y, como trataba sobre una materia virgen, todo lo sacrificaba a la claridad de las doctrinas. Responde de la fidelidad de sus datos y el costo de su estudio («volúmenes enteros, sólo para descubrir en ellos alguna idea útil acerca de la belleza o del arte»). Ex­presa su satisfacción de bibliófilo por los extractos de libros curiosos que posee y por su labor exacta y honrada. Señala ade­más el triple carácter de su trabajo: como historia o colección de materiales para es­cribir la de la ciencia de la belleza en ge­neral y más especialmente de la belleza ar­tística; como un capítulo de la historia de la filosofía en nuestra península, y como una introducción general a la historia lite­raria española. El arte «como toda obra humana digna de este nombre, es obra re­flexiva; sólo que la reflexión del poeta es cosa muy distinta de la reflexión del crítico y del filósofo».

Explica que su trabajo, para ser estudio completo, comprende: las dis­quisiciones metafísicas de los filósofos españoles acerca de la belleza y su idea; lo que especularon los místicos acerca de la belleza en Dios, considerándola principal­mente como objeto amable; las indicaciones acerca del arte en general, esparcidas en nuestros filósofos y en otros autores de muy semejante índole; todo lo que contienen de propiamente estético, y no de mecánico y práctico, los tratados de cada una de las artes, y las ideas de los artistas mismos, y principalmente las de los artistas literarios, que han profesado acerca de su arte, expo­niéndolas en sus libros. Esta advertencia, que fechó en julio de 1882, acaba así: «He tratado más bien de disimular la poca (eru­dición) que tengo, y de hacer, sobre todo, un libro útil».

La obra, monumental en sen­tir y saber, estudia aspectos de trascenden­tal importancia, como platonismo y aristotelismo en los españoles del XVI, como fray Luis de Granada o Malón de Chaide; las ideas estéticas de sus escolásticos como fray Bartolomé de Medina o los pensadores de la Compañía de Jesús; el platonismo; los principales tratadistas de Retórica y Poética (Vives, Fox Morcillo, etc.); los tratadistas del arte literario (El Pinciano, Cascales, Cervantes, etc.); el culteranismo y el con­ceptismo que censura (comenzó «a roer el tronco de nuestra poesía lírica el gusano de la afectación, unas veces conceptuosa, otras veces colorista», plaga europea «peor que la langosta…») y, aunque considera Agudeza y arte de ingenio, «el peor» de los libros del P. Gracián, destaca en él pensamientos de primer orden; los tres ensayistas del XVIII (Feijóo, Eximeno y Arteaga); los preceptistas del diseño o de la música; y, lo más importante, las polémicas sobre el teatro, el problema de las tres unidades y el preceptismo estético de Luzán. Obra in­acabada, es totalmente original por el des­conocimiento absoluto que de las ideas esté­ticas de los españoles se tenía. Como pole­mista destaca en la ciencia española (1876, v.) con toda la potencia dialéctica de su juventud y su sabiduría de siempre. Corres­ponde a las famosas discusiones en que intervino cuando sólo tenía diecinueve años. Se basan en artículos aparecidos en diver­sas publicaciones, como su trabajo sobre los jesuitas expulsados en «La España católica».

Otros títulos de Menéndez Pelayo, como Estudios y dis­cursos de crítica literaria (cinco volúmenes, 1884, v.) con sus estudios cervantinos (Cul­tura literaria de Cervantes y elaboración del Quijote. Interpretaciones del Quijote, etc.) y demás pueden hallarse en la bibliogra­fía de Bonilla o en el más reciente índice cronológico de su bibliografía por Modesto Sanemeterio. La apreciación crítica de Menéndez Pelayo la han hecho Rubio y Lluch con su «Discurso en elogio de Menéndez Pelayo» (1913), García y García de Castro, Laín Entralgo, etc. últimamente se ha editado la obra completa de Menéndez Pelayo en una edición monumental de se­senta y cinco tomos por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid (1940-1958). Contiene diversos escritos como notas críticas, dictámenes y cartas y abarca hasta su testamento. Como historiador y crítico literario no ha sido superado por nadie y su nombre es imprescindible auto­ridad en cualquier aspecto de nuestra lite­ratura y de nuestra cultura. Artista, huma­nista, bibliófilo. El más destacado de los polígrafos españoles. El más fecundo en­sayista, aunque su erudición todo lo convertía en tratado magistral. Respecto a su estilo, escribía en 1910 que, aunque en su juventud había pagado tributo a la prosa oratoria de su época, cada día pensaba es­cribir con más sencillez. Valbuena Prat lo señala como «figura señera del maestro de la crítica y de la erudición».

En 1962, los estudiantes españoles del Curso Preuniver­sitario tuvieron como tema de Literatura a tan insigne figura y, como estudio parti­cular, su Historia de las ideas estéticas, Ésta fue editada nuevamente para usos escolares y el autor y su época nuevamente estudia­dos por Sánchez Reyes, Fernando Lázaro, etcétera. Como síntesis podría recordarse a nuestro autor como «creador del naciona­lismo español», según Ramiro de Maeztu.

A. del Saz