Rainer Maria Rilke

Nació en Praga el 4 de diciembre de 1875 y murió en el sanatorio de Valmont el 29 del mismo mes de 1926. Fue el único hijo de unos padres desafortu­nados; su progenitor, Josef, era un modesto funcionario de ferrocarriles, y la madre, Phia, alentaba unas ambiciones intelectua­les y mundanas que, inadecuadas al nivel de la familia, provocaron la separación del matrimonio. Luego de haber recibido la for­mación elemental en uno de los mejores colegios de Praga, René (tal es el nombre del poeta según el registro civil) fue incli­nado a la carrera de las armas, que inició en la academia de Sankt-Pólten, cerca de Viena. Durante los años de formación mi­litar, el espíritu del joven Rilke experimentó profundas emociones, cuyas consecuencias habría de lamentar al cabo de varios dece­nios. En 1890, y por motivos aún no bien esclarecidos, abandonó la mencionada aca­demia y frecuentó algunas escuelas de Linz y Praga. Concluyó los estudios secun­darios mediante el auxilio de un tío, que pretendía tenerle junto a sí como abogado. Estudió luego en las Universidades de Mu­nich y Berlín.

A estos años se remontan las primeras colecciones de poesías, que el artista refundió en su madurez: Vida y canciones [Leber und Lieder, 1896], Coronado de sueño [Traumgekrónt, 1897] Adviento [Advent, 1898]. Por aquel entonces apare­cieron también las narraciones de A lo largo de la vida [Am Leben hin, 1898] y Dos historias de Praga [Zwei Prager Geschichten, 1899], así como la colección lírica con que un cuarto de siglo después iniciaría Rilke sus obras completas, Para mi alegría [Mir zu Feier]. A este mismo período correspon­den, además, algunos intentos dramáticos — La vida cotidiana [Das tagliche Leben], Sin presente [Ohne Gegenwart] —, varios ensayos y otros textos de circunstancias, jamás reunidos en tomo. Los biógrafos del poeta atribuyen gran importancia a la etapa de Praga, que juzgan decisiva en la forma­ción del hombre y del artista; en realidad, no puede negarse que las experiencias de la infancia y la adolescencia figuran entre los motivos centrales del arte de Rilke.

Por desgracia, empero, no disponemos todavía de una documentación susceptible de acla­rar suficientemente los años de Praga; falta, además, un estudio profundo sobre los pri­meros pasos de la poesía de Rilke, por una parte vinculada a módulos provincianos y desconocedora de la experiencia simbolista, y, por otra, en posesión ya desde su origen de algunos de sus caracteres peculiares. En 1896, Rilke, llegado a Munich para continuar los estudios universitarios, conoció a Lou Andreas-Salomé, una intelectual de tempe­ramento vigoroso que había desempeñado ya un importante papel en la existencia de Nietzsche; se trata de una amistad decisiva para Rilke, quien, salido del angosto mundo de Praga, inicia junto a esta mujer, quince años mayor, su extraordinaria actividad de poeta, viajero y hombre mundano. Salomé introdujo al joven de origen modesto y de limitadas posibilidades económicas en el ambiente de la alta aristocracia cosmopo­lita. El poeta asimiló rápidamente los nue­vos hábitos, y no vaciló en presentarse como el último retoño de un antiguo linaje, e incluso atribuyóse un blasón.

Una estan­cia en Florencia y Viareggio le llevó a la composición de un diario publicado’ en 1942 bajo el título Diario florentino (v.) y reve­lador de una singular influencia de Nietz­sche. Notable y quizá decisiva importancia tuvieron para él los viajes llevados a cabo a través de Rusia con Salomé, rusa de origen y educación. Desde el Libro de horas (1903, v.) hasta las Elegías de Duino (1922, v.) atraviesan toda la poesía de Rilke temas, aspectos y figuras del mundo eslavo; por otra parte, resultaron esenciales en la formación de la religiosidad y de la ética de nuestro autor los contactos con Tolstoi y la experiencia realizada junto al pueblo ruso, al que idealizó y cuyas sencillez y fe religiosa primitiva admiró. A su regreso del segundo viaje a Rusia aceptó una invitación del pintor Henri Vogeler, a quien conociera en Florencia, y marchó a Worpswede, cerca de Bremen, donde existía una colonia de artistas. Allí relacionóse con una discípula de Rorin, la escultora Clara Westhoff, a la cual se unió en matrimonio al cabo de pocos meses. De ella tuvo una hija, Ruth.

Tal vínculo familiar no duró mucho tiempo; tras un viaje a París, realizado junto con su esposa, Rilke recobró en la práctica una libertad completa. El poeta, que mientras tanto (1906) había publicado en un tomo la Canción de amor y de muerte del alférez Cristóbal Rilke (v.), destinada a ser su obra más notoria, dedicóse en la capital francesa, en la soledad y en medio de una pobreza relativa, a su labor. Y así, aparecieron las Historias del buen Dios (v.), el Libro de las imágenes (v.) y la monografía sobre Rodim Rilke hizo suya la lección del gran escultor, junto al cual, durante algún tiem­po, trabajó como secretario, y procuró co­municar al objeto poético el espíritu, el vigor y el delicado claroscuro de las com­posiciones rodinianas, mediante la elabo­ración plástica de la materia verbal. Un incidente interrumpió su relación con el escultor. Reanudados sus viajes, el poeta estuvo en ciudades y casas nobles de toda Europa, desdé Escandinavia y Bohemia hasta España y Capri.

La Nuevas poesías (v.) y los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (v.), publicados en 1910 y presentados el año siguiente por André Gide en la Nouvelle Revue Française, empezaron a atraer hacia Rilke la atención de los espíritus más perspicaces y del público culto. El principio de la guerra de 1914 sorprendió al poeta en Munich. Durante este año siguió con interés los cursos de Alfred Schuler y de Ludwig Klages; tales contactos se deja­rían sentir en la fase denominada «órfica» de su poesía. Llamado a las armas en enero de 1915, quedó nuevamente libre en junio del mismo año. El período bélico produjo en su vida una ruptura incurable. Durante unos diez años el autor no publicó nada, aunque, como ha demostrado una reciente publicación de sus textos inéditos, continua­ra escribiendo. Llegada la paz, marchó a Suiza para desarrollar un ciclo de confe­rencias. Posiblemente, en parte, a causa de injustos ataques de varios periódicos alema­nes nacionalistas, que no le alentaron a regresar a Alemania, el poeta no habría de abandonar ya la Confederación Helvética sino con motivo de algunos viajes.

En 1921, y gracias a la liberalidad de Werner Reinhart, pudo disponer de una antigua torre situada en la campiña de Muzot (Valais); en tal eremitorio compuso en 1922 y casi de una sola vez, la última parte de su obra, las Duineser Elegien — había residido algún tiempo en el castillo de Duino — y los So­netos a Orfeo (v.). Durante este período tuvo junto a él una joven actriz, Baladine Klossowska, la cual auxilióle notablemente en circunstancias difíciles. La correspon­dencia sostenida entre ambos revela en Rilke un amor súbitamente convertido en pasión; constituye ello una circunstancia insólita en un hombre de una existencia sentimen­tal tan compleja. Desde Lou Andreas Sa­lomé y Magda von Hattingberg hasta Albert Lasard, «Marthe» y Klossowska, el capí­tulo de las relaciones amorosas de Rilke es abundantísimo. No obstante, más bien que el amor-pasión contó para el poeta la amis­tad femenina, susceptible de permanecer in­alterada a través de los años; así ocurrió, por ejemplo, en su vínculo con la prin­cesa María Thurn und Taxis, importante no sólo en cuanto al aspecto afectivo, sino también por las relaciones que abrió al lite­rato: con Rudoplh Kassner, Hofmannsthal y la Duse.

Ocupan también un lugar nota­ble en la biografía de Rilke la esposa y cola­boradora de su editor, Catalina Kippenberg, y Nanny Wunderley-Volkart, que asistióle en el último período de su existencia. Entre 1922 y 1926 el autor realizó algunos viajes a París, donde participó en la vida litera­ria de la capital. Fruto de este interés son las admirables traducciones de poesías de Valéry y sus poemas escritos directamente en francés: Vergers, Quatrains valaisans, Fenêtres y Roses (1926 y 1905). La muerte sorprendió a nuestro autor a los cincuenta y un años en el sanatorio de Valmont, cer­ca de Zurich; ninguno de los cuidados mé­dicos de que se le hizo objeto había logrado detener los progresos de una leucemia. La inhumación del cadáver tuvo lugar el 7 de enero de 1927 en el cementerio de Raron (Valais), no lejos de Sierre. Como George y Thomas Mann, quiso que sus restos mor­tales permanecieran en el suelo helvético. A pesar de innumerables colecciones de cartas, ensayos biográficos y testimonios de todo género, todavía no existe ningún estu­dio claro y persuasivo de la vida del poeta; ello puede achacarse no solamente a la acti­tud admirativa predominante en gran parte de sus biógrafos, sino también a la falta, posiblemente no casual, de documentos.

G. Zampa