Nació en Charleville el 20 de octubre de 1854 y murió en Marsella el 10 de noviembre de 1891. Formado religiosa y severamente, sobre todo por su madre, en el seno de una típica familia conformista (su padre era oficial de carrera) de la pequeña burguesía acomodada, realizó inmejorables estudios en el Instituto de su localidad natal, de suerte que, todavía no cumplidos los dieciséis años, fue considerado por sus profesores apto para el examen final del bachillerato; sin embargo, el mismo día de la distribución de premios tiró rabiosamente los bellos textos clásicos recibidos en calidad de galardón. Ya desde los catorce años escribía buenas poesías de acuerdo con los módulos parnasianos pero, singularmente, según la tradición de Hugo y Baudelaire, y con una despreocupada violencia que a duras penas escondía un sentimiento de rebelión. Su profesor Georges Izambard le descubrió el sentido recóndito del arte poético de la época. Después de la guerra de 1870, disconforme con el patriotismo burgués y excitado luego por el derrumbamiento del Segundo Imperio y la aparición de la Commune, huyó de su casa para unirse a los «obreros que mueren».
Pero como no pudiera alcanzar la capital, inició una nueva etapa de vagabundeo que, tras un largo viaje por Bélgica, se proponía acabar en París, adonde no parece haber llegado. Mientras tanto, a través de febriles meditaciones iba exasperando sus rebeliones de adolescente, con un furor brutal y urna clarividencia de alucinado que llegaron a la disgregación completa de todas las nociones de cualquier moral tradicional y razonada, en nombre de un nuevo Verbo expuesto al profesor Izambard por el poeta en una carta del 13 de mayo de 1871 y — con una audacia más evidente — a su amigo Paul Demeny en otra del 15 de mayo (la famosa carta «del vidente»). En esta última promete a Demeny «una hora de literatura nueva», y empieza a destruir en pocos renglones toda la tradición poética de Francia y del mundo entero con la única excepción de los primeros clásicos griegos, cual amasijo de necedades cerebrales y sentimentales. Según él, nadie había advertido aún que el «yo es otro», o sea que nuestra personalidad más auténtica, la única verdadera, permanece todavía inexplorada, sepultada y confundida en el inconsciente, y que debemos recurrir a sus fuerzas primitivas para «llegar finalmente a una reintegración en la Inteligencia universal».
El camino del descubrimiento, y a la vez el medio para aclarárnoslo a nosotros mismos y manifestarlo, sólo se halla en el ejercicio de la poesía, y únicamente de acuerdo con una forma que el poeta juzga del todo nueva y de la cual existen algunos rasgos solamente en Baudelaire y, sobre todo, en Hugo, «el primero de los videntes». Ello consiste en «hacerse un alma monstruosa». El poeta se convierte en vidente a través de un prolongado, inmenso y razonado «desequilibrio de todos los sentidos», y tiene que revivir y comprender cualesquier formas de amor, de sufrimiento y de locura, y apurar en sí mismo todos sus venenos para no conservar sino su quintaesencia y llegar así a la comprensión de lo ignoto y a la verdadera percepción del Absoluto; y aun cuando a lo largo de tan espantoso camino acabe por perder la inteligencia de sus visiones y sentir la amenaza de la demencia, siempre, empero, habrá «visto». Declaraba Rimbaud que para la consecución de tal objetivo «hay tiempo de sobra»; sin embargo, personalmente lanzóse a ello, por el contrario, con un furibundo afán, que le llevó a completar, según se dijo, «todo el ciclo de la poesía moderna en tres años». Terminada la composición de Le batean ivre (v. El barco ebrio), el pequeño poema que habría de convertirse en una de las obras maestras de la poesía simbolista, envió el texto a Verlaine, a quien juzgaba probablemente el autor más avanzado en cuanto a magia verbal; éste le invitó con entusiasmo a trasladarse a París, y ello dio origen a la triste amistad que duró de 1872 a 1873.
Después de breves apariciones en los círculos literarios de la capital, a quienes impresionó y desconcertó con los destellos de su ingenio salvaje, el demoníaco arcángel de diecisiete años, ojos azules y «suelas de viento» (la imagen es de Verlaine), sedujo aun sensualmente al amigo y le persuadió a huir con él, después de haber abandonado a la madre, los modestos pero seguros ingresos y a la joven esposa, ya maltratada pero con la cual había creído, iluso, poder rehacer una vida sencilla (su Bonne chanson de 1870). El vagabundeo llevóles a Bélgica, a Inglaterra y, de nuevo, al territorio belga. Rimbaud, empero, cansado y satisfecho ya con la comprobación de su poder corruptor, alejó de su lado a Verlaine, quien, como es sabido, tras largas y vergonzosas vacilaciones hirióle ligeramente de un pistoletazo y acabó en una cárcel de Bélgica. En el curso de este período y de un retiro en Roche (cerca de Vouziers), donde su familia poseía una casita, nuestro autor, quien no había compuesto aún sino escasas poesías en versos regulares (figura entre las primeras el célebre Soneto de las Vocales, «A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu, voyelles, / Je dirai quelque jour vos naissances latentes», que a pesar de una buena dosis de humor llegaría a ser uno de los textos sacros del simbolismo), escribió en prosa parte de las Iluminaciones (v.) y Una temporada en el infierno (v. y v. Poesías), llena de anotaciones poéticamente autobiográficas («Ce fut d’abord une étude. J’écrivais des silen- ces, des nuits, je notáis rinexprimable. Je fixais des vertiges»).
En 1873 publicó en Bruselas cuatrocientos ejemplares de la Saison, y, según una leyenda reforzada por él mismo, destruyó toda la edición, salvo una docena de ejemplares no destinados al comercio, con lo que quiso significar su renuncia a la poesía. En realidad, esta obra, editada, pero no pagada, permaneció en el almacén del impresor; y, por otra parte, Rimbaud compuso todavía nuevas Illuminations en 1874 (en opinión de algunos incluso la mayor parte de ellas, y aún otras en 1875). En 1874, por lo demás, el autor se hallaba en Inglaterra, donde se ganaba el sustento dando lecciones de francés; en 1875 era preceptor en Stuttgart, ciudad que abandonó pronto y desde la cual dirigióse a pie a Milán, donde enfermó y fue acogido y asistido por una señora desconocida que habitaba en las cercanías de la catedral. Retirado a Charleville, estudió allí el italiano, el español, el árabe, el griego moderno y el holandés. En 1876 hallábase en Batavia, como voluntario del ejército colonial de Holanda; sin embargo, pronto desertó, y regresó a Europa enrolado en la tripulación de un velero inglés.
En 1877 y 1878, en calidad de intérprete de un circo ecuestre francés, visitó Austria, Holanda, Suecia y Dinamarca; luego pasó a Italia y estuvo en Roma. Entre 1878 y 1879 vivió en Chipre, y trabajó en la isla como jefe de una cantera; no obstante, la enfermedad obligóle a volver junto a su familia. En 1880, finalmente, presentóse la ocasión tan deseada, y fue agente de una importante compañía comercial, primero en Aden y luego en Harar. Durante los diez años que pasó en Abisinia, donde se relacionó con el explorador italiano Ferrandi, trató de hacerse rico a través de toda suerte de negocios de comercio y contrabando, y envió algunos informes sobre las nuevas tierras que hubo de visitar a la Sociedad Geográfica Francesa. Mientras tanto, Verlaine, en 1884, le consagraba un capítulo de su volumen de los Poetas malditos, citaba cierto número de versos de Rimbaud y empezaba a crear la leyenda acerca de este autor, quien, además de la Saison, no había hecho imprimir sino dos poesías de las menos significativas, en 1870 y 1872; también Verlaine editó en 1886 las Illuminations.
Aun cuando ello supusiera el principio de la fama, a cuantos le hablaron de la cuestión parece haber respondido Rimbaud: «Absurde, dégoutant». Un tumor en una rodilla forzóle a regresar a Francia en busca de la salud; llegado a Marsella en junio de 1891, ingresó en el hospital de la Conception, y, perdida la pierna por amputación, falleció allí al cabo de pocos meses, en los brazos de su hermana Isabelle. Mucho se ha discutido siempre respecto de las razones de su furiosa renuncia a la creación poética, de la unicidad del «fenómeno Rimbaud» y de la significación de su «mensaje». En realidad, y siquiera asumida con una típica impaciencia de adolescente reveladora de sus límites y de una poesía vigorosa que ha alcanzado una enorme repercusión, la «rebelión» de nuestro poeta queda bien enmarcada en la gran oleada propia de todo el nihilismo posromántico europeo (baste recordar a Nietzsche); y su simbolismo mistagógico encuentra precedentes próximos no sólo en Baudelaire, sino asimismo en otros intentos y textos, de Nerval a Mallarmé, que «estaban en el aire», pero que no sabemos hasta qué punto le eran conocidos.
Lo mismo cabe afirmar respecto del principio de la identidad entre la intuición poética, único medio verdadero de conocimiento, y la filosófica, seguido, no obstante, por Rimbaud antes que por nadie en toda su amplitud, y no sin las consiguientes influencias, hasta cierto punto, sobre la filosofía algo posterior a él. Creyó, empero, que esta nueva percepción del mundo alcanzada por tal suerte por la vía intuitiva, y, en consecuencia, sólo susceptible de ser comunicada y dada a entender a los demás de esta misma forma, a través de la imagen poética, podía concretarse luego en términos de razón (Rimbaud afirmaba continuamente querer conservar su «raison»); que tal «conquista» había de convertir al poeta en Mago, capaz de una actuación inmediata sobre el mundo; que mediante esta suerte de éxtasis final y mística disolución de la personalidad se podía e incluso debía conservar siempre «la libertad» de rebelde; y que a través de tal desmesurado menosprecio de toda la vil grey humana era posible llegar también a un mensaje humanitario de liberación universal… En conjunto, se trata de un embrollo de contradicciones para huir de las cuales y, en consecuencia, salvarse de la locura Rimbaud (según la interpretación que parece más aceptable) renunció a todo: quiso volver a ser un «paysan», reducirse nuevamente a la «rugosa realidad», admitir las formas de acción más brutalmente prácticas, y quizá (como permiten vislumbrar sus últimas cartas) regresar a Francia rico, para casarse y tener hijos.
Claudel, quien afirma haberse convertido gracias a la lectura de las Illuminations, y la hermana del poeta, Isabelle, y su yerno Parten e Berrichon (quienes en la edición de la correspondencia llegaron a modificar algunas expresiones, crearon la interpretación cristiana y hasta católica de la aventura de Rimbaud, que le presenta encontrando en Dios, tras una desesperada búsqueda, al Absoluto. Se trata, empero, de una opinión capciosa, aun cuando ampliamente cautivadora. En el autor que nos ocupa se halla ya, además del simbolismo, llevado a sus últimas consecuencias, todo el surrealismo; sin embargo, cabe advertir que los surrealistas de nuestro siglo tienden, si no a negar en bloque su herencia, lo cual resulta imposible, sí, por lo menos, a disminuir su importancia, y ello posiblemente porque no parece discutible el fracaso en que terminaron la experiencia y la tentativa «total» de Rimbaud.
M. Bonfantini

