Rafael Pombo

Poeta colombiano nació en Bogotá en 1833 y murió en la misma ciudad en 1912. De sangre española e irlandesa en las venas, se hizo ingeniero, pero nunca ejer­ció su profesión. Fundó, con José Eusebio Caro, el periódico literario La Siesta (1852), fue secretario de Legación en Washington y cónsul en Filadelfia; mas pasó la mayor parte de su vida en su país. Su inspiración romántica recorrió los caminos que van de Zorrilla y Víctor Hugo a Byron y Leopardi, pasando por los clásicos griegos y latinos, que se afanó en traducir, así como a muchos ingleses y franceses. Sus poesías han sido recogidas en tres volúmenes por Antonio Gómez Restrepo, así como en otro sus Traducciones poéticas. Restrepo le co­loca a la cabeza de los poetas colombianos e hispanoamericanos; y si hay en ello hipér­bole, no lo hay en la afirmación de que, no nos encontramos ante un poeta mayor, sino ante el mayor de los poetas.

Es un lírico múltiple y travieso: escribe poesías filosófi­cas y amatorias, fábulas, el libreto para ópera Florinda, cuentos (Cuentos pintados y cuen­tos morales para niños formales, 1854) ; com­posiciones eróticas como Edda (v.), en las que se finge una nueva Safo y despierta polémicas de jóvenes apasionados a su alre­dedor hasta que el engaño se descubre; poesías descriptivas como Al Niágara, tra­ducciones de Horacio que merecen el elo­gio de Menéndez Pelayo, etc. También hace crónica y crítica literarias en prosa, pero no toda su producción está recogida. Sin embargo, este poeta mayor, a veces dema­siado fácil y a veces estridente en su ím­petu, que camina desde la protesta impul­siva de juventud en La hora de tinieblas hacia la serenidad de su madurez y la pon­deración de su ancianidad, en la que llega a ser coronado en homenaje nacional (1905), tiene frecuentes caídas en el camino de su inspiración y de su bello lenguaje.

Y no podemos llegar, como Carlos García Prada, a considerar las décimas de La hora de tinieblas mejores que las de La vida es sueño; ni su composición Al Niágara mejor que la de Heredia; ni sus fábulas superio­res a las de Iriarte y Samaniego. No hace falta llegar a tanto para afirmar que el autor de Elvira Tracy y de tantas otras composiciones es un gran poeta, y que es también P. uno de los mejores y más ele­gantes traductores en verso castellano. Samín Cano afirma que su obra poética es de una riqueza verbal subyugadora.

T. Sapiña