Publio Ovidio Nasón

Nació en Sulmona el 20 de marzo del 43 a. C., de familia antigua de caballeros, y murió en Tomi, en la costa occidental del mar Negro, en el 17 d. C.; es el fastuoso y brillante poeta del gran mundo romano de la época de Augus­to. Niño aún se trasladó a Roma a realizar sus estudios, que perfeccionó en Grecia. Vuelto a Roma, encontró estímulo y materia para su prodigioso talento de poeta todavía adolescente en el círculo literario de Valerio Mésala Corvino. Pero no estaba condenado al destino estéril de los precoces, ya que su naturaleza siempre se en­contró dispuesta a encontrar, sin obstáculos ni interrupciones, nuevas fuentes para un fluir poético constante. Las obras escritas a los veinte años, Amores y Heroidas (v.), sobrepasan ya los límites de las tentativas y de los ensayos para penetrar de lleno en el campo de la producción personal y aún genial. Los versos de la adolescencia se han perdido, si es que no se conservan en parte en la colección Tibuliana con el seu­dónimo de Ligdamo.

Ovidio desempeñó algunas magistraturas públicas inferiores; no aspiró a las superiores ni a la senaduría. «Esqui­vaba — decía (Amores, 1, 10, 39; 15, 6) — toda apremiante ambición. Las Musas me invitaban a la vida tranquila que mi espí­ritu ha amado siempre». Se casó tres veces. El primer matrimonio, con una mujer «nec digna nec utilis», sin hijos, acabó pronto mediante el divorcio; un segundo enlace con una mujer de buenas costumbres, pero incapaz de una larga convivencia’ con el poeta, terminó también al poco tiempo. El tercero duró: la esposa, muy joven, perte­neciente a la gens Fabia, relacionada con la familia imperial, conservó siempre su amor al poeta, tanto en los días felices como en las jornadas de miseria. Ovidio llevaba en Roma buena vida, entre las elegancias del gran mundo, la poesía y las alabanzas que resonaban cada vez más fuertemente a su alrededor. En los años maduros, cuando pa­recía que nada podía esperar ya de la for­tuna, se abatió sobre él una inesperada desgracia. En el año 8 d. C., una orden del emperador le intimaba a abandonar sin tar­danza Italia y dirigirse a Tomi, lejano y desolado país del mar Negro; al mismo tiem­po, se excluía de las bibliotecas públicas el Arte amatoria (v.), publicada seis años antes.

El motivo de tan duro castigo, que arruinaba totalmente la vida de un hombre ya maduro, continúa siendo un misterio. La conducta del príncipe que, para evitar la publicidad de un proceso, condenó al poe­ta sin ningún procedimiento judicial y veló hipócritamente con la suave orden de rele­gación la efectiva crueldad de la pena, hace pensar en un escándalo de corte, del que Ovidio fuese tal vez cómplice. Y se ha hecho notar que, en el mismo año en que era des­terrado Ovidio, se condenaba a la misma pena, por orden del príncipe, a Julia, sobrina de Augusto, que, siguiendo la misma suerte y el mismo triste ejemplo de su madre, se había hecho rea de relaciones ilícitas con el joven patricio Silano. El pretexto decla­rado fue una medida de moralidad pública contra el poeta, que había enseñado el adulterio y se había hecho responsable mo­ral de un estado de disolución en las fami­lias. Ovidio embarcó probablemente en Brindisi, en invierno; y en el invierno siguiente llegaba a Tomi, antigua colonia de Mileto y entonces pequeña plaza fuerte en los confines del imperio. La localidad, habitada por getas con algunos griegos barbarizados, era árida, inclemente e insegura.

Allí su­frió Ovidio hasta su muerte la pena de un durísimo exilio, suplicando y esperando en vano el perdón. Ni siquiera Tiberio, suce­sor de Augusto, quiso escuchar la voz de aquel poeta extrañado, que desde su retiro forzoso celebrara en lengua geta la gloria y las virtudes del César. La producción juvenil de Ovidio — toda en metro elegiaco — comprende los Amores, colección de ele­gías primero en cinco libros, más tarde en tres, en la que se cantaba a una tal Corina a través de temas diversos, y las He­roidas o Epistuale, epistolario amoroso que comprende cartas de antiguas heroínas a sus míticos amantes y tres cartas de héroes. El mismo Ovidio declara la novedad de su obra (A. A. III, 346) «Ignotum hoc allis ille novavit opus»; y es ciertamente equivocado interpretar que sólo se vanagloria de ha­ber sido el primero en llevar a Roma la forma poética de la epístola amatoria cono­cida entre los griegos. A larga distancia sigue la obra maestra de la poesía erótica latina, el Arte amatoria, que da instruc­ciones amorosas a los hombres en sus dos primeros libros y a las mujeres en el ter­cero, siendo dedicado a ellas también un poema sobre los cosméticos que reparan los estragos con que el tiempo y los exce­sos dañan la belleza femenina, compuesto de cien versos (v. De los medicamentos de la cara).

En Remedios de amor (v.), que vienen a continuación del Ars amandi, se sugieren los remedios para curar las penas del corazón. Cerrado el ciclo amoroso, se abría, hacia el 3 d. de C., el ciclo heroico y nacional con las Metamorfosis (v.) y con los Fastos (v.). El poema de las Metamor­fosis en hexámetros canta, en quince li­bros, leyendas griegas y romanas: vasta materia de cerca de doscientas fábulas en las que se refleja casi todo el mundo anti­guo de los mitos; comienza por el Caos y termina con la transformación de César en astro y la apoteosis de Augusto. Refiere Ovidio que en el momento de abandonar Roma para el largo camino del destierro arrojó a las llamas el manuscrito de las Metamorfosis, al que faltaba la última mano (Trist. 1, 7, 10 y sig.). Constituía un desahogo para su amargura y una posición cautelosa de artista que consideraba imperfecta su propia obra. Pero Ovidio sabía que sus amigos poseían otras copias que él no hubiera po­dido destruir; y solicitaba que el poema, si había de sobrevivir, llevara por lo me­nos a guisa de epígrafe la triste adverten­cia de su autor: «No lo ha publicado el poeta: pero casi es un avance de su fune­ral. El poema es imperfecto, pero lo ten­drías completo y enmendado si me lo hubiérais permitido»: «Emendaturus, si licuisset, eram».

Los Fastos, en dísticos elegiacos, constituyen el poema en honor del calen­dario romano, es decir, de las fiestas y de los ritos anuales a los que Augusto atendía con solícito cuidado de príncipe custodio de la religión patria. Deberían haber sido doce libros, uno por mes; quedan sólo los seis primeros, de enero a junio: y el mismo poeta afirmaba que el destierro había inte­rrumpido aquella obra, ya concebida y esbozada por completo (Trist., II 549-552). Durante el destierro, además de los cinco libros de las Tristes (v.) y de las Epístolas del Ponto (v.), en cuatro libros, compuso Ovidio una larga invectiva en 322 dísticos titu­lada Ibis (v.), contra un innoble persegui­dor suyo, y un poemita sobre la pesca y los peces, La pesca (v.), del que queda un fragmento de 135 hexámetros. En los ma­nuscritos se atribuye a Ovidio una elegía en 182 versos, Nux, que desarrolla un tema ya conocido en la epigramática griega: un nogal situado en la margen de un camino se lamenta de las pedradas recibidas en ini­cua recompensa a su útil fecundidad: y hoy se propende a reconocer la paternidad ovidiana de este poema en el que nuestro autor habría representado su condición de desterrado de un modo tristemente alegó­rico.

Se ha perdido una tragedia juvenil, Medea (v.), que tuvo mucho renombre- juntamente con un poema astronómico (Phaenomena) y algunos poemas menores, entre los cuales figura el compuesto en len­gua geta en el inhóspito destierro, en ho­nor de la familia imperial. La buena suer­te, que tanto le faltó al poeta cuando más necesitaba de comodidades y de consuelo, no fue avara con su obra poética. Desde la mano anónima que grababa versos ovidianos en los muros de Pompeya, hasta los poetas latinos de la época carolingia, a los poetas franceses de los siglos XIII y XIV, a los eruditos y literatos y poetas de las épocas siguientes, se desarrolla una serie continua de testimonios de la ininterrum­pida y brillante fortuna que en todo tiem­po ha acompañado a la producción ovidiana.

C. Marchesi