Proclo de Constantinopla

Nació en Constantinopla en 412 y murió en Atenas en 485. Es llamado también Licio, porque pasó su primera edad en Xanto de Licia, santuario de Apolo. Estudió en Alejandría con el pri­mer Olimpiodoro y en Atenas con Plutarco y Siriano. Al llegar a Atenas, el portero es­taba a punto de cerrar las puertas de la ciu­dad, y le dijo: «Ciertamente hubiera cerra­do, si no fueras tú». No sabemos qué puede haber de verdad en estas ingenuas palabras que nos ha transmitido su enfático biógrafo Marino (Vita Procli, X), pero sí es verdad que gracias a él se retrasa la clausura de la escuela de Atenas en la historia de la cultura. Después de Proclo, la escuela langui­dece hasta la fatal fecha justinianea del cierre (529), como verdad es que después de los setenta años, que habían constituido una perenne juventud de vida y de pensa­miento, en pleno triunfo de su profesorado que duró casi cincuenta años, languideció el maestro, el cual considerándose ya muerto decía: «He vivido solamente setenta años».

Pero entre los diádocos neoplatónicos, Proclo fue verdaderamente grande. Su obra es una especie de «summa» sistemática del último pensamiento antiguo. Junto a vastos co­mentarios de los más grandes diálogos de Platón, a través de toda la experiencia del pensamiento neoplatónico, Proclo revela la na­turaleza escolástica (por llamarla así) de su talento en dos obras más personales: Teolo­gía platónica y, más importante, Elementos de teología (v.). Esta última, compuesta «more geométrico», ha tenido un extraor­dinario éxito porque, ciertamente más allá de las intenciones del autor, que es siempre un clásico metafísico, parece ser precursora de la dialéctica de Hegel: al uno encerrado en sí mismo, sigue inefablemente un pro­ceso; pero puesto que todo lo que procede de algo vuelve a ello con una actividad circular, el regreso o vuelta al uno cierra el ciclo dialéctico de lo real: lo múltiple queda escalonado en una inmensa jerarquía, triádicamente, como en una escalera situada dantescamente entre el cielo y la tierra. Pero en él no tenemos el dinamismo plotiniano que fluye como un hálito único, sino una especie de cristalización de los entes, que se harán más rígidos en la sub­siguiente escolástica bizantina.

¿Se vio obli­gado Proclo a marchar al destierro? Quizá fue más bien un exilio libre, una fuga filosófica aquella estancia suya de un año en Lidia. Ciertamente fue un asceta, inmerso siempre en la atmósfera inmóvil y pura de las más elevadas meditaciones y, a pesar de ello, humano y piadoso; hablaba como inspirado y su estilo conserva una extraña mezcla de contemplación mística y de lógica sutil, de ritualismo y aun de libertad, es griego y a la vez oriental. Proclo intentó también la poesía y le debemos seis Himnos (v.) inspirados en el orfismo, en los que no hay otra cosa de poético que aquel sentido humano de aban­dono a la divinidad. Proclo quiso ser sepultado junto a las cenizas de su venerado prede­cesor Siriano con este epitafio que él mismo dictó: «Aquí yazgo yo, Proclo Licio, tu dis­cípulo y sucesor, oh óptimo Siriano. Nues­tros cuerpos se hallan encerrados en la misma tumba: ojalá los templos celestes guarden las almas de ambos» (Vita, 37).

V. Cilento