Plinio el Viejo

(Cayo Plinio Segundo) Nació en los últimos meses del 23, o en la primera mitad del 24 a. de C., en Novum Comum (Como), y murió en Stabia, en el golfo de Nápoles, el 25 de agosto del 79. Constituyen preciosa fuente de información sobre su vida algunas cartas de su sobrino Plinio el Joven (v.), aparte de las noticias que pueden extraerse de su obra más importante y de la breve biografía seudo-suetoniana que la antecede en los códices. Como muchos jóvenes de la burguesía itálica, marchó pronto de la provincia de Roma para continuar sus estudios y emprender una profesión. Había entrado hacía poco en la abogacía cuando hubo de abandonar la capital para cumplir el servicio militar de levas en Germania, donde entre los años 47 y 51, sirvió en caballería a las órdenes de Domicio Corbulón. Nada sabemos de su carrera en los años siguientes, pero es probable, como se deduce de una alusión de su sobrino, que se mantuviera alejado de la vida públi­ca por hostilidad al gobierno y a la Corte neronianas. Recibió, en cambio, importan­tes cargos de confianza, en reconocimiento a su capacidad, en tiempos de Vespasiano y de Tito.

Según una ingeniosa reconstruc­ción, no siempre apoyada en documentos, habría sido procurador en la Galia Narbonense (70?), en la provincia de África, y luego en España (73) y en la Galia Bélgica (74); pero en tanto que la «procuratio» en la España Tarraconense — aun siendo in­cierta la fecha — está comprobada por una alusión autobiográfica, las otras continúan siendo hipotéticas. Él mismo dice, en cam­bio, que fue «contubemalis» de Tito: muy verosímilmente como oficial de estado mayor en Palestina; esta noticia hace más acepta­ble un testimonio epigráfico (de lo contrario bastante incierto) que le atribuye la «pro­curatio» en Siria. Ésta sería, pues, la pri­mera ejercida por él, y podría situarse en la época de los tumultos producidos en aquella provincia durante la guerra judaica (70). Sabemos además que en sus últimos años solía dirigirse cotidianamente, antes de salir el sol, al palacio del emperador Ves­pasiano (aunque él solía trabajar de noche), quizá en calidad de consejero privado. En el año 79 era prefecto de la flota en Puerto Miseno, cuando, como es sabido, encontró la muerte en la famosa erupción del Vesubio que destruyó y sepultó Pompeya y Herculano.

La última jornada de su tío es narrada con muchos detalles por Plinio el Joven en una famosa carta a Tácito (Epístolas, VI, 16): a la una de la tarde, su hermana le llamó la atención sobre una gigantesca nube de forma extraña que apareció en el ho­rizonte. Lleno de curiosidad, se disponía a subir a una embarcación ligera para estu­diar el fenómeno de cerca, cuando le llegaron las primeras peticiones de socorro. Hizo entonces echar al mar los cuadrirremes para poner a salvo al mayor número posible de personas, pronto a dirigirse al lugar de peligro, en el fondo del golfo. Desde cu­bierta, sin embargo, no cesaba de hacer observaciones sobre el importante y pavo­roso fenómeno, dictando notas a su escri­biente. Habiendo atravesado el golfo bajo una lluvia de cenizas y casquijos de lava, y siendo ya inaccesible la costa de Herculano y Pompeya, llegó a Stabia, a casa de su amigo Pomponiano, y se dispuso a des­cansar tranquilamente, después de haberse bañado y de haber cenado. Pero a la ma­ñana siguiente, cuando también aquella pequeña ciudad fue atacada de pleno por la furia del volcán y mientras todos trataban de ponerse a salvo en el mar, Plinio, al llegar a la playa, cayó atacado de colapso cardíaco, abrumado por los vapores sulfúreos que contaminaban el aire.

Una interesante carta de su sobrino a Bebbio Macro (Epístolas, III, 5) nos da también a conocer una labo­riosa jornada de Plinio Por ella comprendemos cómo sus lecturas metódicas, sus asiduas dotes de observador, sus frecuentes apuntes, así como las muchas horas sustraídas al sueño y a la mesa, le habían permitido recoger, aun en medio de sus pesadas ocu­paciones prácticas a las que atendía pun­tualmente, aquel inmenso material erudito que, sólo en parte, utilizó en sus obras, y en parte dejó al morir, reunido en 160 lega­jos llenos de apretada escritura. «Acre ingenium, incredibile studium, summa vigilantia»: éstas son las grandes dotes que exalta en él Plinio el Joven. En verano y en invier­no, entre la medianoche y las tres, ya estaba levantado, y salvo breves interrupciones dedicadas metódicamente al descanso, su actividad continuaba incansablemente hasta la noche; también durante la comida, o cuando viajaba, tenía junto a sí a un lector, para evitar la menor pérdida de tiempo. Y nunca renunciaba a tomar apuntes: solía decir, en efecto, que no había libro tan malo que no contuviera algo útil y digno de ser aprendido. Plinio el Joven, en esa misma carta, nos da el catálogo completo de las obras de Plinio por orden cronológico.

Durante el servicio militar en Alemania, es­cribió el pequeño tratado De iaculatione equestri, fruto de su experiencia directa. En memoria de un amigo, poeta trágico, que había sido también compañero de ar­mas, compuso en los primeros años después del 50 la biografía en 2 libros De vita Pomponii Secundi. Los Bellorum Germaniae libri XX, que lo tuvieron ocupado durante mucho tiempo (47-54?), contenían la rela­ción de todas las guerras de los romanos en Germania y fundamentalmente tenían por objeto celebrar la memoria de Druso y de Germánico. Siguen (alrededor del 60) los 3 libros del Studiosus (distribuidos, sin embargo, en 6 volúmenes a causa de su notable extensión), en los que Plinio daba con­sejos concernientes a los estudios y a la preparación del orador; de los últimos años del principado de Nerón (65-68) son los Dubii sermoniis libri VIII, que trataban de cuestiones gramaticales. Los 31 libros A fine Aufidii Bassi, escritos entre los años 68 y 77, constituyen una historia cuyos límites cro­nológicos exactos no conocemos (quizá, si a cada año estaba dedicado un libro, del 41 al 77), pensada como una continuación de la aufidiana; en ella se proponía Plinio la exaltación de los Flavios en contra de la di­nastía Julia-Claudia, que había dejado un triste recuerdo con su último representante Nerón.

El nombre de Plinio se encuentra vincu­lado, sobre todo para nosotros, a su última y más importante obra, que es también la única que ha llegado hasta nosotros, la Historia natural (v.). Presentada por Plinio a Tito, a quien había dedicado la obra, en el año 77 (en 36 libros), fue publicada por su sobrino en 79, con inclusión de otro libro (el I) que contiene el catálogo de las fuentes y un sumario general de la obra. Con ella, Plinio sigue la estela de Varrón Reatino (v.) en cuanto a tendencias culturales y método de investigación, y alcanza una posición de primacía entre los escritores enciclopedistas; por ella, mina inagotable de noticias científicas y de curiosidades, la Edad Media le reconoció fama de sabio uni­versal y también los estudiosos modernos le son deudores de infinitas informaciones sobre el mundo antiguo.

M. Manfredi