Nació en Cinoscéfalos, cerca de Tebas, muy probablemente en 519 a. de C., y murió después de 446, última fecha conocida por nosotros. La leyenda imaginó que había muerto a los ochenta años en Argos, en el gimnasio, junto a Teosseno, adolescente amado por él. Pertenecía a la nobilísima familia dórica de los Egidas, originaria de Esparta; y fue durante toda su vida fiel intérprete del mundo espiritual de la aristocracia. Poco o nada contó para él la profunda crisis que agitó a Grecia a comienzos del siglo V, el movimiento que llevó a la democracia a triunfar en casi todas partes. Píndaro se mantuvo fiel a los ideales de su juventud, que eran los ideales de un mundo que marchaba al ocaso. Debió no solamente aparecer, sino sentirse como un superviviente en la Grecia democrática, floreciente de comercio y de obras públicas. Recibió en su patria la primera educación musical: la tradición antigua considera a Corinna y a Mírtide como sus maestros.
Pero en los últimos años del siglo VI vivió en Atenas, donde fue discípulo de Laso de Hermión. Su estancia en Atenas debió ampliar los horizontes de su arte, que pasó a ser nacional, panhelénico: mientras Corinna cantaba para sus conciudadanos de Beocia, Píndaro cantará para toda Grecia. La oda más antigua, cuya cronología se puede fijar, es la Pítica X, de 498, compuesta por la victoria de un muchacho tesalio en la carrera a pie. En 490, año de la batalla de Maratón, Píndaro era ya un poeta famoso: escribía el «peán» sexto para Egina, la isla dórica tan querida por él, a la que cantará hasta el final de su vida; y estaba ya en relación con Xenócrito, hermano de Terón de Agrigento, cuya victoria en Delfos celebraba (Pítica VI). El poeta silenció la victoria de Maratón: su patria mantuvo la neutralidad durante la guerra. Pero peor fue lo que ocurrió diez años después. Ante la invasión de Jerjes, Beocia, siempre neutral, acabó por ponerse al lado de los persas. Píndaro, después de la caída de las Termopilas, en un hiporquema del que sólo nos ha quedado algún fragmento, se manifestó ardiente defensor de la neutralidad.
El patriotismo regional que lo hacía temblar por su patria, una de las regiones más amenazadas por la invasión, su afecto a la oligarquía y la antipatía que le inspiraban los demócratas atenienses, la posición del oráculo de Delfos que juzgaba vana la resistencia contra los persas, pueden explicar la postura del poeta. Hay que admitir que el verdadero cantor del heroísmo griego, el intérprete del sentimiento nacional griego no fue Píndaro, sino Simónides. Con todo, inmediatamente después de la victoria, Píndaro celebró con encendidos elogios en sus ditirambos la gloria de Atenas. En 476 marchó a Siracusa a la corte de Hierón, al que el mismo año dedicó la Olímpica I (v. Epinicios) por la victoria alcanzada en Olimpia por el tirano con su corredor Ferenico. En el mismo año, escribió para Terón de Agrigento primero la Olímpica III, después la Olímpica II. Con seguridad, el poeta estuvo en Agrigento, en la corte de Terón. Pero permaneció poco tiempo en Sicilia, sólo uno o dos años: era un espíritu demasiado orgulloso y altivo para vivir largo tiempo en una corte.
Ningún poeta cortesano se ha dirigido jamás a los príncipes con la libertad de expresión que Píndaro conservó siempre. Desde lejos, envió el poeta en 470 a Hierón la Pítica I, que celebraba la victoria del tirano en Delfos, y al mismo tiempo la nueva ciudad Etna, fundada por Hierón cinco años antes, y exaltaba los triunfos en las batallas de Himera y de Cumas, asociándolas, en el orgullo del sentimiento nacional griego, a la gloria de Salamina. Durante veinticinco años más, Píndaro compuso odas por encargo de ciudades y de señores de todas las partes del mundo helénico, incluso para Ceo, la isla de poetas rivales. La última oda conservada por nosotros es de 446, escrita para un atleta de Egina. Después de 446 no encontramos noticia alguna de nuestro autor. La edición alejandrina de Píndaro comprendía las odas en este orden: himnos, peanes, ditirambos, prosodios, partenios, hiporquemas, encomios, trenos y epinicios. En total eran diecisiete libros. Sólo los cuatro libros de epinicios se conservan completos.
Poseemos además numerosísimos y bellísimos fragmentos: muchos de ellos nos han sido restituidos por papiros egipcios. Los fragmentos nos muestran un auténtico gran poeta, bastante menos difícil de ser entendido que el poeta de los epinicios. El Píndaro de los fragmentos es el alegre cantor de la juventud, del amor, del vino. Mas para la tradición antigua, Píndaro fue eminente sobre todo como autor de epinicios y así es en verdad, ya que el Píndaro de los fragmentos se parece a otros líricos griegos, en tanto que el Píndaro de los epinicios no se parece a nadie. Fue considerado por los antiguos como el más grande de los líricos griegos, el primero de los nueve líricos del llamado canon alejandrino. El más importante crítico de la poesía antigua, el anónimo autor del De lo sublime (v.)i, reconoce a Píndaro una grandeza extraordinaria, pero desigual; lo acerca a este respecto a Homero y a Sófocles, y manifiesta enérgicamente su preferencia por estos poetas, que opone a otros, intachables e infalibles, pero mediocres.
Para los modernos, Píndaro ha sido más imitado que comprendido: las imitaciones llamadas «pindáricas» de Pierre Ronsard, de Gabriello Chiabrera, de Alessandro Guidi, de Vincenzo da Filicaia, no podían ciertamente contribuir a que se entendiera y apreciara al poeta antiguo. Eran imitaciones muy frías, meramente en su aspecto externo. Sólo en el siglo XIX comenzó a surgir la verdadera comprensión de la poesía pindárica, por obra principalmente de grandes poetas como Goethe, Hölderlin, Foscolo y otros. Goethe amaba en Píndaro al poeta inspirado, al profeta, al maestro de la poesía que mana de lo profundo del corazón con una fuerza íntima. Hölderlin no sólo tradujo admirablemente todas las Píticas y las cinco Olímpicas, sino que además vio personificado en Píndaro su ideal de hombre y de artista, sintió su arte más profundamente que nadie, y buscó en Píndaro la inspiración para su poesía mejor.
Ugo Foscolo escribió con los Sepolcri, como dirá Carducci, «la única composición lírica de gran significado pindárico que tenga Italia»; y en Píndaro, en su Olímpica XIV, se inspiraría para la genial concepción de las Grazie. Píndaro es seguramente el poeta antiguo más difícil de ser entendido, más misterioso para los modernos, porque se encuentra más alejado del modo de sentir de nuestro tiempo. La verdad es que no todo en Píndaro es poesía. El epinicio no posee una verdadera unidad estética ni lógica: sólo un vínculo muy externo, genealógico y local une la actualidad con el mito; a veces, este vínculo es una sentencia, pero también entonces la sentencia es poco más que un pretexto para unir elementos heterogéneos. Ahora bien, el valor artístico de nuestro poeta no consiste enteramente en la exaltación de los certámenes y las victorias, ni en las sentencias, ni siquiera en sus celebérrimos «vuelos», pasajes no líricos, sino racionalistas, que se encontraban ya en la tradición mítica. Píndaro amaba a los dioses y a los héroes más que a los atletas brillantes y a los espléndidos señores.
Su corazón sólo vibraba al narrar las empresas de los dioses y de los héroes. La poesía de Píndaro se encuentra totalmente contenida en el amor ardiente que el poeta siente por su mundo ideal, que es el mundo de los campeones fuertes, valerosos y felices, porque han recibido la gracia divina. Éstos podrían convertirse fácilmente en una abstracción; y son, por el contrario, criaturas poéticas, porque ante ellos el poeta siente su ánimo fuertemente conmovido. Canta con gozo las glorias de los héroes míticos, como si fueran de su tiempo; el deseo ardiente de gloria que les impulsa a las mayores empresas exalta su corazón, que ama la vida heroica que transcurre en la fatiga y en la alegría, bajo el signo de la gracia divina. Píndaro es un poeta muy grande por su sentimiento religioso, que le hace experimentar el mundo de un modo religioso, por su intenso e inagotable amor a la vida heroica. Quien quiera comprender el arte pindárico, debe sentir el heroísmo en toda su profundidad. No sin razón, fue el poeta, junto con Homero, preferido por Alejandro. Más que el amor por la libertad, más qué el amor por la belleza, la auténtica y singular característica del griego es su amor por la gloria. Píndaro, genio helénico por excelencia, es el cantor religioso de la gloria.
G. Perrotta

