Pietro Metastasio

Seudónimo de Pietro Trapassi. Nació en Roma el 3 de enero de 1698, murió en Viena el 12 de abril de 1782. Su verdadero apellido fue helenizado más tarde por Gravina y quedó en Metastasio. Inde­pendientemente del peso que tienen sus obras en la historia de la literatura italiana, la tradición ha hecho de Metastasio en relación con su vida un personaje netamente caracteri­zado : figura elegante, delicada, casi feme­nina, mimada y protegida por los poderosos y por las mujeres en medida indiscreta. Imagen estilizada y no enteramente verí­dica, en cuya creación han contribuido el antiarcadismo de finales del siglo XVIII y el antisetecentismo del XIX romántico, em­peñados entrambos en ver en nuestro poeta un símbolo de lo que había de peor en la cultura de su tiempo. El apoyo de los poderoso no hubiera podido ofrecérsele an­tes : fue su padrino en la pila bautismal Pietro Ottoboni, cardenal, poeta y esplén­dido mecenas. A los diez años de edad, colocado por su padre en un taller de orfebre para que aprendiera el oficio, fue «descubier­to» por Gian Vincenzo Gravina (v.), el cual, habiendo oído casualmente al muchacho improvisar versos por la calle (1708), quedó de tal manera impresionado que, obtenido el asentimiento de su padre, lo acogió en su propia casa, siguióle en sus estudios (en Roma y en Scalea, en Calabria) y cuidó personalmente de su educación artística.

El muchacho se hizo célebre como autor de rimas improvisadas, y fue Gravina quien lo presentó en una docta reunión napoli­tana, donde el alumno improvisaría, a los dieciséis años, cuarenta octavas, una tras otra, en presencia de Vico (v.). El influjo de Gravina es visible en la tragedia juvenil Giustino (1712), El joven se hizo abate, sin profesar los votos definitivos, y continuó acrecentando su fama al escribir con facili­dad cada vez mayor. Después de la muerte (1713) de su protector, que le dejó heredero de un considerable patrimonio, la vida se le hizo todavía más fácil y libre. Habiendo en­trado en la Arcadia, ya que su estricta de­pendencia de Gravina le había suscitado alguna oposición en el ambiente romano, el joven Metastasio abandonó Roma y se trasladó a Nápoles (1720), donde su sorprendente facundia poética le hizo pronto popular. En 1721 recibió del virrey el encargo de escri­bir el libreto para una «acción» teatral, Gli Orti esperidi, a la que puso música Porpora, en ocasión del natalicio de Isabel Cristina, mujer de Carlos VI. Inicia allí, al margen de su prestigiosa carrera literaria, la serie de sus amores, curiosamente recor­dada como «aventura de las tres Marianas», del nombre común a las tres mujeres — la cantante Bulgarelli, la condesa Pignatelli dAlthan y la hija de Nicoló Martínez, maestro de ceremonias pontificio —, que tuvieron con él una gran intimidad.

Las que más duraron en su afección a Metastasio fueron la Bulgarelli, ya intérprete de los Orti espe­ridi, después de la Didone abbandonata (v. Dido) y de otros melodramas metastasianos, y la condesa de Althan. Encarrilados entretanto los melodramas de Metastasio por el estrepitoso éxito de Didone abbandonata, se sucedieron a ritmo apremiante en este pri­mer período (1721-1730), proporcionando al poeta notoriedad internacional: Siroe, Catón de Utica (v. Catón), Aezio (v.), Alexandro en las Indias (v. Alexandro Magno), Semíramis (v.) y Artajerjes (v.). Una aventu­ra amorosa no muy clara le hizo salir de Italia en 1729 y aceptó de grado la invita­ción que Carlos VI le había hecho de esta­blecerse en Viena como poeta de corte o, según el término oficial, «cesáreo». Allí mar­chó al año siguiente, sustituyendo al viejo Apostolo Zeno (v.), que lo había recomen­dado de un modo cálido, y allí quedó hasta su muerte. Siguieron (1730-40) unos años de intensa actividad creadora, durante los cua­les escribió Metastasio once de sus veintiséis melodramas: Adriano in Siria, Demetrio (v.), Hipsípila (v.), Olimpíada (v.), Demofoonte (v.), La clemencia de Tito (v.), Achille in Sciro (v. Aquileida), Ciro riconosciuto, Temistocle (v. Temistocles), Ze­nobia (v.) y Atilio Régulo (v.), no llevado a escena hasta 1750. Posteriormente, la pro­ducción metastasiana fue disminuyendo pro­gresivamente, hasta el tardío melodrama Ruggero, de 1771. Es el período más famoso de su vida, fijado para siempre en las cró­nicas de la cultura italiana por una alu­sión de Alfieri, quien cuenta haberlo visto hacer su «pequeña genuflexión» a la empe­ratriz en los jardines imperiales. Pequeña genuflexión que se convirtió después en cita obligada en la biografía del poeta y en la crítica indecisa o indignada a su respecto.

Gran protección alcanzó también Metastasio de María Teresa, sucesora de Carlos VI, aun cuando las circunstancias de la política europea no permitieron a la emperatriz disfrutar de los ocios indispensables para gustar de las composiciones de su poeta. Muerta María Te­resa, José II, absorto en extravagancias seudofilosóficas, no se mostró afectuoso con Metastasio, ahora viejo, que murió quizá desilusio­nado, pero que tuvo los funerales de quien, al desaparecer, se lleva consigo para siem­pre una moda y buena parte de una época. No es, sin embargo, suficiente para valorar con objetividad al poeta, reconocerle la importancia de «testimonio» de toda una época; ni siquiera sustraerlo a las acusacio­nes de «neutralismo» moral y de servilismo que le fueron hechas con propósitos nobles, pero tan apasionados que resultaban poco generosos. La importancia de Metastasio en el plano de la auténtica cultura literaria es con mucho superior a cualquiera simpatía que puede otorgarse a su persona. Algunos de sus melodramas figuran entre los más sazo­nados frutos de todo el siglo XVIII y repre­sentan una auténtica revolución.

Y así, la figura de un .árcade, entendida como expre­sión de ingeniosidad convencional y de fría elegancia, no puede atraer plausiblemente el enfado y las ironías de los moralistas, cuando recordamos cómo era en realidad el ideal «arcádico» de Gravina, maestro nunca olvidado por el poeta, y cuando su biografía — tan rica, sin embargo, en episodios cortesanos — registra la negativa opues­ta por Metastasio, en 1768, al «lauro capitolino». Además de los veintiséis melodramas propia­mente dichos, Metastasio aún escribió algunas «ac­ciones sacras», como Gioas, re di Giusa, Betulia liberada (v.), Santa Elena en el Cal­vario (v.), La muerte de Abel (v. Abel), José reconocido (v. José), etc.; otras nume­rosas «acciones» teatrales: II natale di Giove, L’isola disabitata, Le Cinesi, L’asino d’amore, Le Grazie vendicate, Astrea placata, Partenope, etc., y muchas composi­ciones líricas de diverso género y asunto: serenatas, cantatas, idilios, epitalamios y Cancioncillcus (v.).

Queda, en fin, un Metastasio que sus contemporáneos y la posteridad ignora­ron o no comprendieron durante largo tiem­po: el del Estratto sull’arte poética di Aristotile, de las Osservazioni sul teatro greco, de las Note all’arte poética di Orazio. Obras de erudición no muy original y de acuerdo en apariencia con las normas antiguas de la retórica clásica, pero abiertas a un gusto nuevo y sin precedentes, a una nerviosa consideración de las relaciones entre realidad y poesía que anticipan los temas de la más viva rebelión romántica.

F. Giannessi