Pier della Vigna

Nació en Capua hacia 1190 y murió junto a Pisa en abril de 1249. Hijo de un juez de Capua y doctorado en leyes en Bolonia, entró como notario (1220) y después como juez (1225) en la Corte de Federico II; carrera política que culminó con el nombramiento de protonotario y «logoteta» en 1246. Fue hombre de gran cultura, latinista, jurista, filósofo, poeta, diplomático y estratega. La gloria de Fede­rico, cuyo Virgilio fue llamado, se reflejó en él, y en el gran arco de triunfo de Capua el canciller estaba situado en un trono me­nor, junto al trono de su señor. Hasta que en 1249, «los alegres honores se tornaron en tristes lutos». No son bien conocidas las causas de la desgracia de Pier della Vigna, cuyo drama fue inmortalizado por Dante (Infer­no, XIII): unos hablan de que estaba com­prometido en una conjura mientras el em­perador se hallaba duramente empeñado en la lucha contra el papa y contra las Comu­nas de la Italia septentrional; otros supo­nen que mantenía acuerdos secretos con el enemigo; es más probable que cayeran sobre él acusaciones de malversaciones y de abuso de poder.

Federico II en una carta le alude como «otro Simón que, por enriquecerse, transformó el báculo de la justicia en serpiente». Su detención ocurrió en Cremona (febrero de 1249), al mismo tiempo que otras detenciones provocadas por un aten­tado contra la vida del emperador. Obligado a seguir, con otros compañeros, cabalgando en un asno, las tropas imperiales de Tos- cana, fue cegado en S. Miniato, y por último, mientras se instruía su proceso, en las proximidades de Pisa, o murió en una caída accidental, o logró sustraerse a la condena arrojándose de la cabalgadura, se­gún unos; o, según algunos, se rompió la cabeza contra las paredes de la cárcel. Dan­te lo consideró inocente y acogió la ver­sión del suicidio, que lo hizo «injusto contra él, justo». Como rimador, nuestro autor es uno de los exponentes de la escuela sici­liana en su tendencia más elegantemente áulica y artificiosa, como se desprende de las pocas Rimas (v.) que se le pueden atri­buir con seguridad.

Fue también estimable «dictador», es decir, epistológrafo en lengua latina, como muestran sus Epístolas (v.) de notable importancia histórico-documental. Además de cartas en latín, y alguna en lengua vulgar, ha llegado hasta nosotros una elegante oración a la emperatriz sobre la virtud de la rosa y de la viola, una epístola amatoria en latín y una sátira con­tra los eclesiásticos. De su obra de legisla­dor se recuerda de modo especial la com­pilación de las Constituciones de 1231.

P. Onnis