Pearl Buck

Nació en Hillsboro el 26 de ju­nio de 1892. Pasó de manera involuntaria a la genealogía literaria, donde figura por lo menos con la parte más conocida y posible­mente mejor de su producción. Las razones que en el último decenio del siglo XIX ha­bían inducido al exotismo del Extremo Oriente a espíritus muy distintos entre sí, como Henry Adams, Emest Fenollosa y Laf­cadio Heam, no podían influir en Pearl Sydenstricker, la cual, nacida al oeste de Vir­ginia, fue llevada a China en la niñez por sus progenitores, misioneros de origen mixto: alemán, holandés y francés.

La solitaria in­fancia que la niña vivió en Chinkiang, junto al río Yangtse, no recibió más alimento literario que el integrado por las conversacio­nes de los vecinos y los cuentos infantiles chinos; a los siete años la muchacha em­pezó la lectura de Dickens. Instruida en el propio hogar por su madre, no tardó en iniciar sus actividades de escritora, y ya antes de ser enviada a la universidad en los Estados Unidos había colaborado con frecuencia en un periódico de Shanghai.

Vuelta a China, casóse en 1917 con el misio­nero norteamericano John Lossing Buck, con el cual vivió cinco años de penuria y de terrorismo provocado por los bandidos en las regiones septentrionales del país. La verdadera naturaleza del pueblo, revelada por estos sufrimientos, y las comparaciones con la civilización occidental le hicieron comprender íntimamente y amar a los chi­nos.

Fruto de esta comprensión y este amor fue el ciclo narrativo iniciado en 1923 con Viento del Este, viento del Oeste, en el cual figura La buena tierra (1931), la mejor obra de Buck, galardonada en 1932 con el premio Pulitzer. Una vez escritas las dos novelas finales del grupo, Hijos (1932) y Una casa dividida (1935), la autora se ha dedicado, en sus libros posteriores, a describir el con­traste entre los espíritus oriental y occi­dental en la China moderna.

La base más positiva de la producción de Buck es su cono­cimiento verdaderamente único de los chi­nos. Sin embargo, resulta asimismo innega­ble su habilidad para sacar de esta ven­taja inicial el mayor partido posible. La vitalidad artística del protagonista de La buena tierra no ha vuelto, empero, a ser igualada por la escritora, que sabe narrar y construir el relato sólo de acuerdo con un esquema tradicional, y cuyo estilo, me­nos apto para describir la China actual, re­sulta claro y correcto, pero falto de origi­nalidad.

Estas limitaciones dan a la obra de Buck un interés más bien documental y humano que literario. En realidad, nadie como esta autora ha contribuido más ni con mayor eficacia al conocimiento del Oriente por los occidentales. Ésta es la particulari­dad que debió de tenerse principalmente en cuenta en 1938 al asignar a Buck el premio Nobel de Literatura, el tercero con que se galardonaba a un escritor norteamericano.

S. Rosati