Paulo Diácono

(Pablo Warnefrido).Nació hacia el año 720 de noble familia lombarda, que había fijado su residencia en el Friul y murió en Montecassino, probablemente en 799. Su padre, Warnefrido, tuvo de su mu­jer Teodolinda otro hijo, Arichis, además de Paulo. Éste fue educado en Pavía en la Corte del rey Ratchis, donde tuvo como maestro de gramática a Flaviano, quien le enseñó también los primeros rudimentos de la lengua griega. No sabemos en’ qué año ingresó en la vida eclesiástica; primera­mente fue monje en Civate y después en Montecassino. Habiendo reanudado las re­laciones con la casa real lombarda, se ocupó de la educación literaria de Adelperga, hija de Desiderio y esposa de Arichis, du­que de Benevento, para la que escribió, antes de 774, la Historia romana (v.), que completa el Breviario de historia romana (v.) de Eutropio con noticias tomadas de San Jerónimo, de Paulo Orosio, de Jordanes y de otros, y continuando su narración hasta la muerte de Justiniano (565).

El propio rey Desiderio lo estimaba tanto que, si hemos de dar crédito a una noticia de Chronicum Salernitanum, le había hecho partícipe de todos sus secretos y lo tenía como consejero. A la caída de Desiderio, y con él del reino lombardo (774), Paulo Diácono vio poco tiempo después a su hermano Arichis implicado en la conjuración de Rotgaudo, duque del Friul (776), llevado prisionero a Francia, despojado de sus bienes, que le fueron confiscados, y reducida su familia a mendigar para poder vivir. Y fue quizá esta desgracia que le afectaba en sus más caros sentimientos la que le hizo poner en relación con Carlomagno, a quien escribió en 782 una súplica en dísticos, que figura entre lo más delicado y más profundamente sentido de su poesía.

Paulo Diácono permaneció al­gunos años (aprox. 782-786) en la Corte de Aquisgrán, invitado por Carlomagno, de­seoso de rodearse de todas las fuerzas cultu­ralmente vivas del Imperio; allí enseñó, entre otras cosas, el poco griego que sabía a los eclesiásticos que habían de acompañar a Constantinopla a Rotruda, prometida del príncipe heredero de Bizancio; pero sin introducirse nunca de un modo profundo, como, por el contrario, había hecho Al- cuino, en el ambiente y en la vida de la Corte. No le dejaba lugar al reposo la nos­talgia de la celda y de la soledad, ni Carlo­magno lo quiso retener más tiempo en aquel fastuoso destierro. De 786 hasta su muerte, Paulo Diácono permanece de nuevo en Montecassino, donde lleva a cabo la mayor parte de su actividad literaria: y el más brillante fruto de ella está constituido por la Historia de los longobardos (v.), que trata desde los orígenes míticos de este pueblo hasta la muerte de Luitprando (744), y que ha unido su nombre, más que cualquiera de sus restantes obras, a la historia de la Alta Edad Media y a la de Italia.

Hombre de cultura notable para su época; versificador fácil, sobre todo en las composiciones breves (v. Poesías); historiador imparcial, en una pro­sa llena de movimiento y de vida; espíritu profundamente religioso, Paulo Diácono es, junta­mente con unos pocos (Pedro de Pisa, Pau­lino de Aquilea), testimonio de la tenaz supervivencia de las tradiciones culturales en Italia en un siglo, el VIII, que aparece como uno de los más pobres de la Edad Media en aquel país.

E. Franceschini