Paul-Pierre Mercier de la Rivière

Nació hacia 1720, murió en Paris en 1794. Después de haber sido consejero del Parlamento de Paris de 1747 a 1758, marchó como inten­dente a Martinica, donde permaneció largo tiempo. Sin embargo, todavía sus ideas po­líticas y económicas eran vagas, y sólo a su regreso a Francia (1764), cuando tuvo ocasión de conocer a los más importantes representantes de la escuela fisiocrática — Quesnay y el marqués de Mirabeau —, pudo aclararlas y definirlas mejor. Se con­virtió entonces en entusiasta seguidor de la escuela, cuyas doctrinas ilustró y defen­dió primeramente en el Journal de l’agriculture, du commerce et des finances, y más tarde (1767) en su obra principal, El orden natural y esencial de las sociedades polí­ticas (v.). Es ésta una obra verdaderamente importante para el conocimiento de la fisio­cracia, tanto que Adam Smith afirmará que el volumen ofrece la exposición más eficaz y orgánica de tal doctrina que, contrapo­niéndose al mercantilismo, veía en la agri­cultura la única actividad económica efec­tivamente productiva y combatía todo lo que pudiera oponerse a su natural desarro­llo.

En la obra de Mercier la inclinación que varios autores habían mostrado hacia el poder absolutista se convierte en una explí­cita defensa del despotismo legal, distinto del despotismo arbitrario en cuanto exige la sumisión de la autoridad suprema a la autoridad anterior de las leyes naturales. Los contemporáneos, sin embargo, vieron en Mercier al defensor del despotismo tan sólo y a consecuencia de ello se promovieron ani­madas polémicas, en las que también tomó parte Voltaire. Pero cuan inexacta era esta opinión quedó demostrado a raíz de su entrevista con Catalina de Rusia, que había llamado a Mercier a Moscú, confiada en su ca­pacidad como legislador. La entrevista fue bruscamente interrumpida por la empera­triz, irritada ante las afirmaciones del filó­sofo que le había recordado que gobernar significaba someterse a las leyes que Dios había puesto en el corazón de los hombres.

Vuelto a Francia, siguió M. la cambiante fortuna de la «secta de los economistas», como eran llamados los fisiócratas. En 1770 discutió con el abate Galiani en defensa de la libertad de comercio de los cereales (L’intérét générale de l’Etat, ou la liberté du commerce des blés); en 1775, a petición del rey de Suecia, expuso sus ideas sobre ins­trucción pública (De l’instruction publique).

F. Catalano