Paul Groussac

Escritor y erudito francoargentino nació en Toulouse en 1848 y murió en Buenos Aires en 1929. En alas de su inquietud, llegó a la Argentina a los die­ciocho años (1866) y allí se quedó; trabajó en el campo, estudió en la ciudad, alternó con políticos e intelectuales y fundió su espíritu francés con el alma argentina. Al­gunos niegan su plena incorporación: sin embargo, sería difícil regatearla a la vista de su castellano y de los temas de su am­plia y fecunda obra. Profesor, inspector de Enseñanza, director de la Escuela Normal de Tucumán (1878) y director de la Biblio­teca Nacional desde 1885 hasta su muerte, G. es un escritor con espíritu crítico y un investigador sagaz que influye poderosa­mente en sus coetáneos y en las generacio­nes posteriores.

Fue severo y duro en su crítica: él mismo confesaba que le faltó «el don de la sonrisa»; pero su capacidad y su objetividad compensaban esta deficiencia, salvo en el caso en que le obsesionaba su pasión antiespañola. Más que novelista, es un narrador ameno y escritor de libros de viajes: Fruto vedado (viaje de Córdoba a Tucumán), Relatos argentinos, Del Plata al Niágara (con motivo de un viaje a Esta­dos Unidos realizado en 1892). Como perio­dista, es verdaderamente fructuosa su labor en las columnas de la Revista Argentina, de Sud América, de La Biblioteca y de La Nación. Pero al escritor y crítico de calidad singular lo encontramos mejor en trabajos como Santiago de Liniers, Mendoza y Garay, Memoria histórica sobre el Tucumán, Estu­dios de historia argentina y Los que pasaban, colección de ensayos biográficos. Otros as­pectos de su profusa labor los constituyen los trabajos reunidos en El viaje intelectual y en Crítica literaria.

Reúne documentos para la historia y la geografía del Río de la Plata en Los anales de la biblioteca, intenta el drama con cierto éxito en La divisa pun­zó y se ocupa de Colón, de Merimée y de otros muchos. Giusti afirma en uno de sus escritos que «con alguna mayor generosidad y menor acritud — en ocasiones, excesiva e innecesaria —, habría sido un crítico com­pleto».

J. Sapiña