Papa San Gregorio Magno

Nació ha­cia 540 en Roma murió en la misma capital en marzo de 604. De noble familia senato­rial, estaba destinado a la carrera política, y todavía joven (en 573) desempeñó el car­go de «praefectus urbis»; pero, conmovido por el espectáculo de las miserias de Roma y de Italia entera, que agudizaron en él el sentimiento de la inanidad de las cosas te­rrenas, entregó, a la muerte de su padre, su inmenso patrimonio a los pobres y a la Iglesia, fundando seis monasterios en sus tierras de Sicilia y otro en su palacio del Celio, que dedicó a San Andrés y donde él mismo vistió el hábito benedictino.

Su fuerte personalidad y su práctica en la po­lítica, preciosa en aquellos tiempos de ad­versidades excepcionales, movieron, sin em­bargo, a Benedicto I a sacarlo de su soledad nombrándolo «diaconus regionarius» en 577, y a Pelagio II, el año siguiente, a servirse de él como legado en Constantinopla, donde tuvo ocasión en su larga estancia (579-585) de formarse una rica experiencia política y humana. Abad de S. Andrés, fue elegido papa a la muerte de Pelagio con general asenso y consagrado el 3 de septiembre de 590. Le esperaban la peste, la expansión lombarda y el sitio de Roma (593), el empeoramiento del cisma de los Tres Capítulos y los pleitos con Bizancio. En los catorce años de su pontificado hubo de medirse con es­tos problemas objetivos y con otros que él mismo se planteó libremente: pacificación de la península, unificación católica de Oc­cidente mediante una vasta obra de evangelización y una vasta toma de contactos más operantes con los pueblos convertidos.

Así, mientras socorría con ayudas materiales y con su alto magisterio a las poblaciones más próximas, organizaba, reemplazando la impotente autoridad imperial, la de­fensa de Italia central, de Roma y del mismo Nápoles; favoreció la instauración de mejores relaciones con los invasores; apoyó la conversión de Teodolinda; promovió la misión de Agustín en Inglaterra (596); or­ganizó una más estrecha colaboración con el episcopado y con los reyes francos y animó en España la acción del neófito Recaredo. Dotado de viva sensibilidad y de excepcional equilibrio para conllevar las exigencias místicas del monje con el res­peto y la simpatía hacia la humanidad do­liente, su obra literaria, de estilo sencillo, a veces humilde, a menudo elocuente, cons­tituye el más luminoso comentario a su obra de pontífice que no vacila en enfren­tarse con los desidiosos y con los potenta­dos (v. Epístolas), y se preocupa de la formación de los pastores de almas (v. Re­gla pastoral).

Al lado de su misión de con­solador y maestro de espiritualidad (v. Ho­milías sobre el Evangelio o sobre Ezequiel, pronunciadas en Roma en 590-593, cuando todo parecía derrumbarse), de pastor siem­pre junto a su grey (v. Diálogos, Movalia), su actividad política tuvo una importancia excepcional para el equilibrio político-reli­gioso de la Europa medieval y su obra lite­raria constituyó hasta el siglo XII una in­comparable fuente de meditación y de luz espiritual para todo el Occidente. A él se le atribuye también la compilación del An­tifonario gregoriano (v.).

G. Vinay