Nathaniel Hawthorne

Nació el 4 de julio de 1804 en Salem, antaño gran puerto de mar, en una familia marinera de comer­ciantes y capitanes entonces ya en decaden­cia, y m. en Plymouth (New Hampshire) el 10 de mayo de 1864. Fue criado por su madre, viuda, en una casa encantada. En todos los textos del autor pueden hallarse detalles sobre la historia familiar, que su imaginación concibió, de una manera obse­siva y, al mismo tiempo, con un caracte­rístico humorismo irónico, cual la historia de una familia átrida norteamericana. Entre sus primeros antepasados, soldados del señor, figuró el juez Hathorne, perseguidor de bru­jas y presentado bajo el nombre de Pyncheon (v.) en La casa de los siete altillos (v.). Uno de los antecesores espirituales del escritor fue el teólogo puritano Jonathan Edwards (v.). Un accidente que le afectó un pie, sufrido en su infancia, alejóle du­rante dos años de las diversiones propias de la edad y le habituó a la soledad y al alejamiento de las grandes corrientes vitales que fluían a su alrededor.

Estas costumbres fueron precisándose como formas estables de su espíritu mucho antes de lograr un contenido específico o lógico; la primera obra de H. fue una revista juvenil titulada, como por presciencia, The Spectator. Joven de extraordinaria belleza, durante los cua­tro años de estudios en el Bowdoin College representó con mayor o menor éxito el papel de estudiante desenvuelto, sociable, caballeresco y pensativo: el tipo del mu­chacho byroniano que luego apareció como héroe de su primera novela, Fanshawe. La juventud de H. acabó con un inesperado retiro en la intimidad de la casa materna por espacio de doce años: años de explora­ción en la soledad de los laberintos del alma puritana y de ejercicios para el do­minio del arte literario. Allí luchó con terribles ángeles y construyó para sí el nicho secreto en el cual debía recluirse su espíritu. Vivió entre espectros que revistió en sus no­velas con la carne suficiente para que sus movimientos pudieran ser vistos y descritos; sin embargo, tales fantasmas no eran sino imaginaciones primitivas de la mentalidad norteamericana.

En el curso de los años de soledad halló en sí mismo — y exorcizó mediante la pluma — una tras otra las for­mas del «carácter» humano susceptibles de ser vislumbradas por el espíritu así aislado: el estéril festeta, el espectador impotente de otras vidas, el «lvoyeur», el egocéntrico y el cruel y científico escudriñador de almas, tipos de personajes que aparecen constante­mente en la obra de H. Desde la infancia viose atraído por la literatura simbolista o fantástica — alegorías, mitos o leyendas — en los que los acontecimientos representados lo son de la vida espiritual; y luego, prosi­guiendo sus exploraciones, hundióse en evo­luciones cada vez más tortuosas, y penetró en las regiones subterráneas («subconscien­tes» serían denominadas hoy) donde ocultos procesos poseen la fuerza y la inmutabilidad de las leyes naturales y todos los fenómenos, en sus límites extremos, se metamorfosean unos en otros. Durante algún tiempo llegó a considerar la posibilidad de unirse a una expedición que había de explorar el Polo Sur, quizá movido por la idea de poder ser acogido allí en la misma e informe blancura que todo lo envuelve y disuelve, y en la cual aparece sumergido, en los últi­mos confines de la mente, Arthur Gordon Pym (v.), de Poe.

Abandonada finalmente la casa de Salem, empleóse en la aduana de Boston (1839-1841), participó brevemente y con escepticismo en la experiencia de Fourier inspirada en la Brook Farm (la Blithedale de La novela de Blithedale, v.) y contrajo matrimonio con Sophia Peabody. El esposo, que contaba entonces treinta y ocho años y era probablemente doncel, de­dicó a su mujer una adoración sin duda erótica; pero, también, mucho más que esto: * la integraron asimismo una inefable grati­tud a quien, con su amor, le había librado de la eterna agonía de hielo del explorador polar, y una apasionada expiación de lo que juzgaba su culpa o sea la cometida al ex­cluirse, como su Ethan Brand (v.), de la «cadena magnética de la humanidad» al convertirse en un artista y un escudriñador de almas, nacer con el nombre de Hawthorne o haber, simplemente, nacido. Por espa­cio de cuatro años el matrimonio residió en Concord, rodeado por los apóstoles del trascendentalismo, pero inaccesible a su evan­gelio; allí se dedicó H. serenamente a su arte. Más bien que «ajeno» resultaba «con­trario» a los movimientos sociales, políticos, filosóficos y literarios de su época, los cua­les, si bien provocaran en él un esporádico interés de espectador, rebotaban en la dura, escéptica y sardónica superficie de su inteli­gencia como en una lámina de acero.

A este período se remontan numerosas páginas de Musgos de una vieja granja (v.). Tres años más (1846-49) de aduanero en Boston, fue­ron seguidos por una inesperada erupción de energía literaria; entre 1849 y 1853 apa­recieron La letra escarlata (v.), La casa de los siete altillos, La novela de Blithedale, El libro de las maravillas [The Wonder Book] y Los cuentos del bosque frondoso [Tanglewood Tales]. En 1853 su antiguo compañero de estudio, Franklin Pierce, que había llegado a la presidencia de los Estados Unidos, le nombró cónsul en Liverpool; du­rante los dos años siguientes H. desempeñó sus deberes oficiales con la competencia so­bria, imparcial y un tanto amena que suelen manifestar frecuentemente las inteligencias muy reflexivas. Permaneció en Europa hasta 1860 con la esposa y los hijos, y viajó por Inglaterra, Francia e Italia. Este último país le inspiró el fondo, pero no mucho más que ello, de El fauno de mármol (v.), en realidad elaboración última de lo que siem­pre había sido el tema por él más apreciado: la «historia natural» del alma humana.

Vuelto a América, el mismo interés obsesivo hacia los «orígenes» que en los primeros años de la adolescencia le indujera a inves­tigar minuciosamente en la historia de sus antepasados de Nueva Inglaterra culminó en una serie de manuscritos frustrados en los cuales pretendía remontar el «drama» de la misma condición humana, a través de aquel territorio y de la vieja Inglaterra a la que en otro lugar llamó «nuestra antigua patria» —, hasta la fuente primitiva, a un oscuro pecado «original»: una «huella en­sangrentada» en el umbral de un hogar ve­tusto. Sin embargo, las fuerzas iban faltán­dole. Por otra parte, H. sabía muy bien que el universo moral del que era poeta e historiador se hallaba en trance de muer­te; y así, la suya misma, acontecida en 1864, fue un caso evidente de extinción física determinada por la necesidad y la voluntad de morir.

S. Geist