Mohandas Karamchand Gandhi

Nació en Porbandar, ciudad marítima del Kathiawar, el 2 de octubre de 1869; murió el 30 de enero de 1948, asesinado por un fanático hindú, en Nueva Delhi. Es la personalidad indígena más relevante de la historia india contem­poránea. Domina la escena política y social de la India durante la primera mitad del siglo XX. Valioso legado de su actividad encaminada al bien de sus compatriotas y a la independencia de su país en el marco de una extraordinaria concepción filantró­pica y humanitaria, ha quedado la obra titulada por él Historia de mis experiencias con la verdad (v.) —que en su primera redacción data de unos veinte años antes de su muerte —, una mole ingente y va­ria de artículos publicados en revistas y periódicos, numerosos discursos oficiales pro­nunciados en la India y en Inglaterra y las abundantes alocuciones de carácter familiar y paternal dirigidas al pueblo y cuyo vivo y religioso recuerdo se mantiene todavía.

Pasó la infancia en un ambiente familiar orde­nado y recogido que dejó en él una huella indeleble. Su padre era funcionario estatal de grado elevado y su madre conservaba una fe religiosa apasionada y operante que se remontaba a las antiguas y sagradas tra­diciones brahmánicas e hindúes. Después de haber seguido en su patria un curso re­gular de estudios y cuando tenía cerca de veinte años, mantuvo durante tres años un primer contacto directo con la cultura occi­dental, viviendo en Londres, donde esperaba perfeccionarse en los estudios jurídicos. Re­gresó después a la India; pero no perma­neció allí mucho tiempo. Los ideales que guiaron toda su vida y que se identifican con un ardiente amor a la India (cuya anti­gua civilización y algunas épocas gloriosas de su historia trimilenaria se le aparecían como firmes bases para la deseada unión nacional) y una necesidad innata de llevar a cabo la difícil misión con un espíritu de amor y caridad hacia la humanidad entera, comienzan a revelarse públicamente con el generoso impulso con que G. — habiéndose trasladado en 1893 al África meridional — se dedicó a realizar la obra de redención y de elevación moral y social de. muchos millares de indios allí residentes.

Numero­sas y variadas fueron sus iniciativas huma­nitarias; instituyó colonias agrícolas y hos­pitales, y, sobre todo desde entonces, trató de eliminar las castas y religiones que divi­dían a su pueblo. En sus relaciones y en sus inevitables choques con las autoridades gu­bernativas de Sudáfrica inauguró un método de lucha, o mejor de resistencia que man­tenía el respeto a la persona humana y evi­taba la revuelta armada; y ya en África, en 1906, puso en práctica el «satyagraha» («obstinación por la verdad»), conocido en Occidente con el nombre de «resistencia pasiva». Regresó a finales de 1914 a la India, donde llevó una vida retirada hasta 1918, término de la primera Guerra Mundial. A partir de este año, G. fue prácticamente el jefe del movimiento nacionalista. Su ban­dera, al principio la simple «autonomía», que toma su base de la «autonomía eco­nómica» a la que se llega mediante la «no colaboración» y después con la «desobedien­cia civil», pasa a ser en fin el símbolo dela «independencia nacional» («svaraj»).

1920 señala una fecha importante en la vida de G., porque fue precisamente en este año, en ocasión de la sesión extraordinaria del Congreso Nacional Indio en Calcuta y en la ordinaria celebrada poco después en Nagpur, cuando G. obtuvo un gran éxito per­sonal, por cuanto en la primera fue apro­bada y en la segunda ratificada la puesta en práctica de una gradual resistencia pa­siva, deseada y ardientemente propugnada por G. Se convierte entonces en primerísima figura, no sólo en el seno del Congreso, sino en toda la India; y a este año se remonta el título de «.Mahatma», que el mismo pue­blo le confirió en un impulso espontáneo de entusiasmo y de devoción; y dicho apelativo, que significa literalmente «el mag­nánimo» y alude a sus dotes de «profeta» y de «santo» que las masas le reconocían, lo glorifica y lo señala para la posteridad. Los períodos sucesivos de la vida de G. muestran una ininterrumpida serie de epi­sodios durante los cuales continuó su acti­vidad política, con pausas más o menos lar­gas pasadas en duras prisiones.

De 1930 es una vigorosa llamada directa al pueblo, re­dactada por entero por G. y sancionada por el Congreso; llamada en la que se siente vibrar toda la pasión y todo el amor de G. por su tierra madre y su anhelo por libe­rarla de la dominación extranjera. De aquel mismo año es su valerosa actuación contra las leyes del monopolio de la sal y su me­morable marcha de tres semanas, osada y simbólica al mismo tiempo, realizada en me­dio del entusiasmo irrefrenable de las mu­chedumbres a lo largo del recorrido que separa la ciudad de Ahmedabad de la pe­queña localidad costera de Dandi. A finales de 1931 participa en Londres en la segun­da conferencia de la Mesa Redonda. Pero la conferencia marcó un fracaso para la cau­sa india. Vuelto a su patria, G. vivió du­rante algunos años apartado de la política oficial; pero dedicado a su apasionada aten­ción a los problemas sociales, especialmente al concerniente a los «intocables».

Reapare­ció en la escena política en 1940, durante la segunda Guerra Mundial, y con indómita constancia, continuó luchando —siempre inerme— por aquellos ideales de cuya fe nunca se apartó; y así mantuvo una espe­ranza inquebrantable hasta el día de su sa­crificio. G. ha sido jefe y maestro de su pueblo y lo ha guiado a la consecución de la meta que había soñado ardientemente. G. vio la India independiente, aunque no se haya verificado su deseo de fundir hin­dúes y musulmanes en unitaria conviven­cia. Y, ciertamente, ello constituyó una es­pina, a la que se añadieron las amargas des­ilusiones y dolores por las violencias y los estragos que acompañaron al nacimiento de la Unión India y del Pakistán. Extraordi­naria figura de asceta indio, G. no pasó su existencia en el tradicional eremitorio soli­tario, sino que fue impulsado por su infi­nito amor a su tierra madre y a sus her­manos a vivir — excepto algunos breves paréntesis — en medio del mundo y a prac­ticar sus virtudes ascéticas, aun permane­ciendo en contacto con gobernantes y mé­todos políticos del pleno siglo XX.

El amor («ahimsa») fue su arma política, y se nos aparece totalmente dominado por aquel sen­timiento de bondad y de afectuosa dulzura que es la nota dominante del Visnuísmo. Sus repetidos y dolorosos ayunos (realizó dieciséis, el último de ellos pocos días an­tes de su fin en un intento de conseguir la paz religiosa de toda la India) eran la prueba de una completa entrega a su causa y consiguieron la devoción de las masas; su palabra apasionada las entusiasmaba, sus plegarias y sus invocaciones al dios Ram, recitadas en público, conmovían y arreba­taban al auditorio. Actuó políticamente si­guiendo medios que estaban en neto con­traste con la práctica dominante, consideró despreciable el principio según el cual el fin justifica los medios, principio que mu­chos siglos antes, un maestro indio de polí­tica, Kautilya, había exaltado y puesto en práctica con un realismo sin escrúpulos. Pero el método, diríamos evangélico, pre­dicado y realizado por G. consiguió el de­seado triunfo. El desconsolado anuncio he­cho a las gentes de que el padre («bap») había muerto, el dolor del pueblo impresio­nado por la noticia del trágico fin, la con­sagración de sus cenizas, sumergidas reli­giosamente en numerosos ríos sagrados del inmenso país, revelaron al mundo que la India había perdido a su más grande santo de la Edad Moderna.

M. Vallauri