Miklós Jósika

Nació en Torda (Transilvania) el 28 de abril de 1794 y murió en Dresde el 27 de febrero de 1865. Realizados los estu­dios secundarios en Kolozsvár, en 1811 in­gresó en un regimiento de caballería impe­rial; participó en las últimas campañas contra Napoleón, y, obtenido el grado de capitán, pasó algún tiempo en Viena, donde su cultura literaria se amplió rápidamente. A los veinticuatro años abandonó la carrera militar, y, vuelto a la patria, contrajo un matrimonio que habría de resultarle des­graciado. Los sufrimientos debidos a esta unión le llevaron, más tarde, a una ociosi­dad malsana, que duró hasta 1834. La amis­tad con el barón Nicolás Wesselényi, insigne figura del resurgimiento húngaro, despertóle de su letargo. En 1836 se trasladó a Pest y publicó su primera y mejor novela, que es también la primera novela histórica hún­gara, Abafi (v.), acogida con igual admira­ción por el público y la crítica.

A la época de ocio siguieron tres decenios de una febril actividad que enriqueció la literatura de Hungría con ciento veintisiete volúmenes, entre novelas y cuentos, en los que alternan claras influencias de Walter Scott, Sue, Dumas, Balzac, Sand y Flaubert. Los primeros éxitos le llevaron a la Academia de Cien­cias y a la Sociedad Kisfaludy, de la que en 1841 fue elegido presidente. A los cin­cuenta y tres años conoció también, al fin, la felicidad conyugal; pasado, en efecto, al calvinismo, logró divorciarse, y, transcu­rridos siete años de noviazgo, unióse a la baronesa Julia Podmaniczky, mucho más joven que él. Enemigo de los Habsburgo, en 1849 hubo de huir al extranjero; dos años después, el tribunal militar austríaco hizo cumplir «en efigie» su condena a muerte. Durante su destierro en Bruselas continuó trabajando infatigablemente, y vivió de los ingresos de sus libros, publicados bajo seudónimos y traducidos al alemán por su esposa. La prodigiosa fecundidad estuvo, empero, en relación inversa respecto del valor estético de sus obras, que poco a poco iban perdiendo el favor de los lectores y provocaban juicios cada vez menos indul­gentes de la crítica. El rápido ocaso de la fama de J. amargó profundamente los últi­mos años de su existencia.

E. Várady