Flavio Josefo

Nació en el año 37 ó 38; murió después de 100, durante el gobierno de Nerva. Su padre pertenecía a la aristocra­cia sacerdotal de Jerusalén; su madre pre­tendía descender de la casa real de los Asmoneos. Recibió la acostumbrada instruc­ción que las familias sacerdotales daban a sus hijos hasta el punto de poder afirmar que poseían una vasta cultura en todo el saber hebraico en su triple expresión farisea, saducea y esenia. Pasó, al parecer, algún tiempo en el desierto con los esenios, volviendo, sin embargo, a seguir la regla de los fariseos y a ejercer las funciones sacer­dotales después de regresar a Jerusalén. A los veintiséis años marchó a Roma, para obtener la liberación de algunos sacerdotes que habían sido enviados allí prisioneros por el gobernador romano Félix, liberación que obtuvo mediante la protección de Popea. Vuelto a Jerusalén en el año 65, encontró el país en plena revuelta.

La impresión general era de que la guerra contra Roma se había hecho inevitable. El Sanedrín se había transformado en un Consejo de guerra y había dividido el país en siete distritos mili­tares, uno de los cuales, el de Galilea, fue puesto bajo el gobierno de J. Constituye un misterio el hecho de que fuera elevado a tan alto cargo; su falta de condiciones mi­litares y su admiración por Roma debían de haberlo hecho poco apto para tan delicado cargo a los ojos del Sanedrín. A la llegada de Vespasiano, pareció convencerse de que la partida estaba perdida y se preparó a rendir las armas ante la abrumadora poten­cia mundial de Roma. Retirado a la forta­leza de Jotapata, se vio obligado por sus compañeros a resistir hasta el último ex­tremo y a jurar que se daría muerte antes de caer en manos de los enemigos. Pero fue él sólo quien se rindió a Vespasiano, prediciéndole su subida al trono imperial «sobre la tierra, sobre el mar y sobre toda la humanidad» Acompañó al enemigo en su triunfo en Roma, y en esta ciudad fue alojado en el palacio imperial, y bajo la vigilancia y la censura de sus protectores Flavio escribió La puerra de los judíos (v.), en siete libros llenos de elogios al conquis­tador y de acusaciones contra los fanáticos e irresponsables, que habían provocado la catástrofe nacional; las Antigüedades judai­cas (v.), en veinte libros, que contienen la historia de los hebreos, desde sus orígenes, con muchos afeites literarios y mucha retó­rica, y que no dejan de mostrar una cierta veneración por el pueblo hebreo; una apo­logía de los hebreos, Contra Apión, maestro de escuela alejandrino, autor de un libelo antijudío, al que refuta J. celebrando la idea religiosa y moral de los hebreos contra las concepciones y costumbres del paganis­mo grecorromano, y una autobiografía en la que se defiende contra las acusaciones que le había dirigido Justo de Tiberíades por. su conducta durante la guerra.

D. Lattes