Michel de Montaigne

Nació en el castillo de Montaigne, en Périgord, el 28 de febre­ro de 1533, murió en Burdeos el 13 de septiem­bre de 1592. Su abuelo Ramón Eyquem, rico exportador de vinos y pescado salado, había adquirido la casa noble de Montaigne. Su padre, Pierre Eyquem después de haber participado en las guerras de Italia y es­crito un diario de su viaje (que se ha per­dido) casó con Antoinette de Louppes, rica descendiente de israelitas portugueses o to­ledanos, los López. Tras el nacimiento de su hijo Michel, el matrimonio tuvo aún tres hijos y tres hijas. El padre fue alcalde de Burdeos y embelleció su castillo antes de morir en 1568. Michel fue confiado a una nodriza en la aldea de Papessus. A partir de los dos años quedó al cuidado de un pedagogo alemán que se hacía llamar Horstanus, no sabía el francés y, siguiendo un método que Pierre Eyquem, amante de las novedades, trajo de Italia, educó el niño en latín. «Nos latinizamos tanto que nuestro latín llegó a derramarse hasta en algunas aldeas de los alrededores en forma de denominaciones latinas que tomaron carta de naturaleza por el uso y que todavía exis­ten».

En seguida aprendió el francés como una lengua extranjera (por lo demás la lengua no estaba aún fijada y Francisco I acababa de introducirla en los actos públi­cos). A la edad de seis años entró en el colegio de Guyena, célebre entonces por sus profesores, y allí estudió sobre todo poe­sía latina y rudimentos de griego: «Peloteá­bamos con las declinaciones a la manera de los que aprenden aritmética y geometría por medio de ciertos juegos de tablero (ajedrez o damas)». A continuación siguió los cursos de Filosofía de la Facultad de las Artes y, a causa de las revueltas de Burdeos, fue a estudiar Leyes en Tolosa, donde residían unos parientes de su madre. En 1554, Montaigne fue nombrado consejero en el Tribunal de Périgueux, y tres años más tarde en el Parla­mento de Burdeos. Allí conoció a Étienne de la Boétie, colega suyo, con quien trabó una cordial amistad: «…esta amistad que alimentamos hasta que Dios quiso, entre ambos, tan entera, tan perfecta que cierta­mente pocas existen parecidas y entre nos­otros no se da ahora la menor huella. Son necesarias tantas coincidencias para edifi­carla que es muy raro que la fortuna con­siga algo semejante en tres siglos».

Montaigne leyó la traducción de Vidas de los hombres ilus­tres de Plutarco por Amyot e hizo en 1559 y 1561-62 unos viajes a la corte, portador de una misión que le encargó el Parlamento de Burdeos con motivo de los desórdenes religiosos. Poco después de su regreso, La Boétie murió en casa de su cuñado. En 1565 Montaigne casó con Françoise de la Chassagne, hija de uno de sus colegas, que le aportó siete mil libras turonenses de dote. En 1568 la muerte de su padre le convirtió en propie­tario y señor de Montaigne, tras el reparto de la herencia, pero esa pérdida le afligió sobremanera y si continuó viviendo en el castillo fue para honrar la memoria de su padre, de igual manera que llevó durante algún tiempo una capa del difunto: «No es por comodidad sino por gusto; así me pa­rece que es mi padre quien me envuelve». Por la misma razón terminó y publicó en 1569 la traducción de la Teología natural, del catalán Ramón Sibiuda, que había em­pezado a ruegos del «mejor padre que nun­ca haya existido». El año siguiente marchó a París después de haber renunciado a su puesto en el Parlamento de Burdeos; en la corte publicó las poesías latinas y las tra­ducciones de La Boétie en un volumen, y casi inmediatamente un suplemento para las obras de poesía francesa.

En 1570 Montaigne tuvo su primer hijo, seguido de otros cinco, todos los cuales murieron niños aún, excepto una hija, Leonor, que casó con François de la Tour. En 1571 nuestro autor toma la deci­sión de retirarse y explica los motivos de ello en una inscripción latina, que puede traducirse así: «El año de Cristo de 1571, a los treinta y ocho años de su edad, en la víspera de las calendas de marzo, aniversa­rio de su natalicio, Michel de Montaigne, cansado ya desde hace tiempo de su servi­dumbre en el Parlamento y de los cargos públicos, todavía en pleno vigor, se retiró en el seno de las doctas vírgenes, donde, en reposo y seguridad, desea pasar los días que le quedan de vida. ¡Ojalá le permita el destino perfeccionar esta morada, apacible retiro de sus antepasados, que él consagra a su libertad, a su tranquilidad, a sus ocios!». Con todo, Montaigne no podrá eludir los honores, sustraerse a los cargos ni abste­nerse de viajar. El mismo año, Carlos IX le nombra gentilhombre ordinario de la cámara real. De 1572 a 1574, con ocasión de la guerra civil que estalló después de la noche de San Bartolomé y de la insurrec­ción de La Rochela, Montaigne tuvo que reunirse en Poitou con el duque de Montpensier, jefe del ejército católico, y servirle de mensajero cerca del Parlamento de Bur­deos.

En 1572, no obstante, rodeado de li­bros, particularmente de las Obras morales (v.) de Plutarco, de las que acababa de aparecer la traducción por Amyot, comienza a escribir los Ensayos (v.) cuyo primer libro está consagrado sobre todo a cuestiones militares y políticas. En 1575, después de leer las Instituciones pirronianas (v.) del escéptico griego Sexto Empírico en la edi­ción latina de Henri Estienne (1562), mandó acuñar una medalla en cuyo anverso figu­ran sus armas rodeadas del collar de San Miguel y en el reverso unas balanzas de platos horizontales con la fecha (1576), su edad (cuarenta y dos años) y la divisa pi­rroniana: «En la duda, abstente». Aquel mismo año compuso una parte de la Apo­logía de Ramón de Sibiuda. En los años que siguieron fue nombrado gentilhombre de cámara por Enrique de Navarra y viose afectado por diversas enfermedades (mal de piedra, gota y reumatismo, de las que nunca se curó); con todo, compuso la mayor parte del libro II de los Essais; luego, tras una atenta lectura de César, de Bodin y sobre todo de Séneca y Plutarco, escribió los capítulos 20 y 31 del libro I, los capítu­los 10 (en parte), 17 y 37 del libro II y la Advertencia al lector. La primera edición de los Ensayos apareció en dos volúmenes en Burdeos, en casa del impresor Simon Millanges.

Inmediatamente después, Montaigne par­tió para un largo viaje cuyo objeto princi­pal era el restablecimiento de su salud. Pasó por París, Meaux, Bar-le-Duc, Domrémy, tomó las aguas en Plombières; visitó luego Thann, Mulhouse, Basilea, Badén donde también tomó las aguas; Munich, Insbruck, Verona, Padua, Venecia, donde se detuvo una semana; Ferrara, Florencia y por fin Roma, donde residió seis meses, recibió el título de «ciudadano romano» y conversó con Gregorio XIII. De regreso pasó por Florencia y Pisa, permaneció tres semanas en los baños de Lucca, donde se enteró de que había sido elegido alcalde de Burdeos por dos años, lo que apresuró su vuelta a fines de 1581, fecha en que aparece la segunda edición de la Teologia natural de Ramón Sibiuda. En 1582 ve la luz la segunda edición de los Ensayos, con adiciones y correcciones, en Burdeos, en casa del mismo editor, pero en un solo volumen in-8.° Sin embargo, nuestro autor estaba entonces absorbido por su cargo y por los asuntos políticos. El tribunal de Guyena le proporcionó entrar en relaciones con personajes importantes, entre ellos De Thou, quien describe a Montaigne como un «hombre franco, enemigo de cualqiuer coac­ción y que nunca había entrado en ninguna intriga, por lo demás bien enterado de nues­tros asuntos, principalmente de los de Guye­na que conoce a fondo».

Poco después, En­rique de Navarra, heredero del trono, pasó dos días en el castillo de Montaigne. Entre tanto nuestro hombre fue reelegido alcalde de Burdeos por dos años más. Intentó con­ciliar las miras de Enrique de Navarra — mantuvo también correspondencia con la amante de éste, la «bella Corisande» — con las del mariscal de Matignon, gobernador de Guyena en nombre de Enrique III; y defendió Burdeos contra los ligures. Un mes antes del término de sus funciones de al­calde, se declaró la peste en la ciudad. Montaigne, que estaba en el campo, no volvió a Burdeos y procuró con continuos desplaza­mientos sustraer a su familia del contagio. Esta conducta le ha sido reprochada como una falta de valor cívico. Entretanto, la influencia de Montaigne escritor iba creciendo. Pierre Charron se declara discípulo suyo, en 1586; dos años después será Mlle. de Gournay. Fue por este tiempo cuando nues­tro autor leyó a Quinto Curcio y Tácito, compuso el libro III de los Essais y sostuvo correspondencia con Justo Lipso. La cuarta edición de su obra apareció en París, en 1588. Camino de la corte Montaigne fue atacado y desvalijado por una banda de ligures en­mascarados, pero le fueron devueltos sus vestidos, su dinero y sus papeles.

Mlle. de Gournay le comunicó, a su llegada a París, «la estima que le merecían su persona y sus libros» y el día siguiente Montaigne fue a visi­tarla; durante aquel verano el escritor pasó varias semanas en Gournay-sur-Aronde, en Picardía, con la familia de su «filie d’alliance». Poco antes había acompañado a Enri­que III a su retiro en Chartres y en Ruán después de la «jornada de las barricadas»; y por ello fue retenido prisionero en París a su regreso, pero inmediatamente puesto en libertad por el duque de Guisa. En otoño del mismo año asistió, sin participar en ellos, a los Estados Generales de Blois don-de se encontraban De Thou y Pasquier. De vuelta a su castillo, Montaigne reanudó la lectura y el estudio de autores antiguos como Herodoto, Tito Livio y Tácito, San Agustín La ciudad de Dios (v.) — Aristóteles 7 — Ética a Nicómaco (v.) — Cicerón, Diógenes y Laercio; había dejado de interesarse por la poesía; en cambio le atraían cada vez más los libros de viajes que describían costumbres de países lejanos. Las adiciones aportadas a los Ensayos hacen de éstos un libro de confesiones y confidencias por las que el autor profundiza cada vez más en su propio conocimiento.

En 1590 Montaigne escribe a Enrique IV una importante carta que aclara sus ideas políticas. Y el nuevo rey, que siempre mantuvo relaciones amistosas con él, ya que cuatro años antes había cenado en casa del escritor, le ofreció un puesto de consejero privado en su palacio, proposición que fue declinada. El 13 de septiembre de 1592 Montaigne moría durante una misa celebrada ante él. Fue enterrado en la iglesia de los Fuldenses en Burdeos. Su he­rencia fue evaluada en sesenta mil libras en tierras y treinta mil libras en créditos. En 1595 apareció una edición definitiva de los Ensayos, impresa por Langier y estable­cida por Mlle, de Gournay, que transcribió, con la ayuda de la viuda de Montaigne y Pierre de Brach, el ejemplar anotado por el autor. Desde entonces hasta 1629 se sucedieron las ediciones y las reediciones. Luego, bajo la influencia de Port-Royal y de Malebranche y a pesar de la favorable opinión de La Bruyère, Montaigne pasó de moda. A partir de 1724 fecha de la edición Coste, las reimpresiones se reanudaron. En 1774 fue publicado el Journal de voyage en Italie par la Suisse et l’Allemagne (v. Viaje a Italia) descu­bierto por el abate de Prunis en el castillo de Montaigne y editado con un prefacio y notas por Meusnier de Querlon.

En 1802 una edición de los Essais aparecida en la imprenta de Didot, gracias a Naigeon, modificaba, según el ejemplar autógrafo de Burdeos, el texto establecido por Mlle, de Gournay. Pero hasta 1906 no se inició la «edición municipal» acordada por la ciu­dad de Burdeos. El interés por Montaigne tuvo un reflorecimiento intenso en el siglo XIX gracias sobre todo a Sainte-Beuve. El jui­cio que ha merecido Montaigne varía naturalmente según las generaciones y los caracteres. Debería ser unánimemente favorable por cuanto cada cual puede hallar en los Ensa­yos páginas que abonan sus opiniones. Por ello Montaigne puede ser considerado como cre­yente e incrédulo, como racionalista o es­céptico, como estoico o epicúreo, como con­servador o revolucionario. Existen autores más utilizables que otros y Montaigne pertenece a los primeros. Sólo ha sido rechazado a priori por los que, como los jansenistas, no admiten que se puedan tener opiniones flo­tantes o que tomen la apariencia de la in­exactitud. Los demás han aprovechado a Montaigne y hay que decir que éste se presta a ello. Con todo, entre la abundancia de las ideas se pueden descubrir objetivamente las ten­dencias fundamentales del autor y bajo una actitud de universal complacencia su línea personal: su criterio es el de un escéptico, pero no necesariamente el de un incrédulo.

Por lo demás, Montaigne pertenece a una época en que la atmósfera religiosa es tal — como ha observado Lucien Febvre en su libro La Religión de Rabelais —, que todos los espíritus están impregnados de los dogmas cristianos, como en el siglo XVIII de reli­gión «natural», y en siglo XIX de la idea del progreso. Montaigne sigue a los escépticos de la Antigüedad que recomiendan adoptar las creencias y usos de la época en que uno vive; la incertidumbre de la razón humana sirve, en fin, de argumento en favor de la revelación hecha por Dios, como les sucede en la misma época a muchos escépticos (por ejemplo Henri Estienne y Gentiam Hervet, traductores de Sexto Empírico), mientras que más tarde los argumentos de los que dudan servirán contra la fe y en favor de la razón. Es por ello que Gide, que tanto se asemeja a Montaigne por el interés apasionado que siente por sí mismo, por el deseo de fundarlo todo únicamente sobre lo humano, lo demasiado humano, sólo da una idea aproximada del que sa­luda como su modelo, y convendría añadir al Essai sur Montaigne de Gide y el Entretien avec Montaigne de Saci sur Epictéte y Mon­taigne de Pascal, en el que éste habla de «la duda de sí mismo» y de «la ignorancia que se ignora».

Hay en Montaigne más que una aquiescencia sincera una suerte de consen­timiento espontáneo en el orden de la natu­raleza y en el de la fe, más allá de todo razonamiento. «Es una perfección absoluta y como divina, el saber gozar de su ser».

J. Grenier