Michail Jurevich Lermontov

Nació el 3 de octubre de 1814 en Moscú y murió en Piatigorsk el 15 de julio de 1841. Hijo de un oficial cuyos antepasados eran escoceses (cierto capitán Jorge Learmont había in­gresado al servicio de Rusia a principios del s. XVII), perdió a los tres años la madre, y, aun cuando muy amado por la abuela materna, dama ilustre de la sociedad mosco­vita, formóse en un ambiente perturbado por el desacuerdo entre ésta y el padre. Melancólico ya por naturaleza y llevado todavía niño al Cáucaso, experimentó a causa de ello una intensa impresión y posi­blemente advirtió entonces el primer im­pulso hacia la poesía. A los trece años com­ponía ya versos bajo la influencia de Byron, la cual se dejó sentir asimismo en sus acti­tudes ante el primer amor y las relacio­nes entre el padre y la abuela. En 1830 em­pezó a frecuentar la Universidad de Moscú, abandonada dos años después a causa de una sanción por desacato a las normas uni­versitarias.

A pesar de su corta edad había conocido ya los tormentos amorosos; y así, al dirigirse de Moscú a San Petersburgo, llevó consigo el recuerdo de dos muchachas amadas: Katerina Sushkova, que le rechazó, pero que reapareció más tarde en su vida, y Varvara Lopuchina, la cual, aun cuando correspondiera a su afecto, cedió a la vo­luntad de sus padres y contrajo matrimonio con otro. En San Petersburgo no reanudó sus estudios universitarios, sino que ingresó en la Escuela de los oficiales de la guardia; al principio hallóse en ella a disgusto, pero luego consiguió adaptarse al nuevo am­biente, una vez tomada la extraña decisión, también de influencia byroniana, de ahogar su idealismo romántico bajo una apariencia de cinismo al estilo de Don Juan. Ayudóle a mantener esta falsa actitud la educación militar, que le puso en contacto con una realidad más viva y le proporcionó un co­nocimiento más profundo de sí mismo. El mejor reflejo de este cambio fue el paso de su poesía de la imitación a la verdad de la experiencia. Aun cuando permaneciera dentro del romanticismo, este exasperado sentimiento de la realidad informó la evo­lución, no sólo de su actividad poética, sino también de la vida misma de Lermontov, cuya intemperancia sentimental le indujo incluso a acciones innobles, como la difusión de una falsa carta destinada a calumniar a Sushko­va, la joven que rechazara su amor. No obstante, y sea como fuere, halló su salva­ción en el arte.

La vida militar no le impidió la creación; luego de su nombramiento de corneta de la guardia de corps escribió, efectivamente, de 1834 a 1837, sus mejores obras de gran empeño: Mcyri (v.), La can­ción del zar Iván Vasilievich (v.) y las narraciones de Un héroe de nuestro tiempo (v.), así como el drama Mascarada (v.) y algunas de sus composiciones líricas más famosas, entre ellas la dedicada a la muerte de Pushkin, apasionado grito de ira y dolor contra la sociedad que la provocara. Este mismo tema inspiróle, además, las dolientes notas de Meditación, examen de conciencia del citado ambiente social desde otro punto de vista. Durante estos años, junto a obras líricas de carácter muy diverso, autobiográ­ficas y narrativas (entre estas últimas la célebre Borodino), había ido perfilándose el pequeño, poema El Demonio (v.), el más característico, si no logrado, de los de Lermontov; en él se funden admirablemente en la be­lleza, fluidez y melodía de los versos los ele­mentos narrativo y lírico. Detenido a causa de la indignación provocada en las altas esferas por sus poesías acerca de Pushkin y de la sociedad contemporánea, y llevado de la guardia imperial a un regimiento de infantería del Cáucaso, el poeta viose libre de más graves sanciones gracias a la inter­vención de su abuela, que incluso logró su reintegración a la guardia y su regreso a San Petersburgo en 1838.

Con todo, en tanto el Cáucaso había despertado nuevamente en Lermontov la más genuina inspiración poética, el retorno a la capital y la reanudación de la vida mundana amenazaron hundirle otra vez en el escándalo. Salvóle entonces, aun cuando por breve tiempo, la posibilidad de publicar sus poesías, antiguas y recientes, en una nueva revista, Los anales patrios. Por desgracia, un incidente con el hijo del em­bajador francés De Barante, que tuvo por consecuencia un duelo incruento, valióle otra detención y un segundo traslado al Cáucaso en 1840. El poeta participó en va­rias expediciones contra los montañeses rebeldes y dio notables pruebas de coraje y habilidad, pero ello no mejoró su situa­ción; esta vez la abuela no logró obtener su perdón, y sólo consiguió un permiso de varios meses, que Lermontov pasó en San Peters­burgo, donde conoció a Bodenstedt, su pri­mer traductor alemán y el primero que escribió acerca del poeta en el extranjero. Durante el viaje de regreso al Cáucaso detúvose en la estación termal de Piatigorsk, y allí encontró a varios conocidos de las dos capitales, entre ellos a su condiscípulo N. S. Martynov; con éste, según parece, a causa de una muchacha de la cual ambos andaban enamorados — siquiera Lermontov más bien por «spleen» y pose—, tuvo un intercambio de palabras burlonas, que, pronto ofensivas, llevaron a un duelo, en el que el joven poeta halló la muerte.

E. Lo Gatto